domingo, 10 de enero de 2016

Cuento: Desde arriba

"El miedo era libre como un pájaro esa mañana clara e iluminada. Y ser libre era peligroso."

Breve cuento que escribí pensando en el centenario de la Revolución y los tiempos violentos que vivimos en estos días, espero les guste:

Antes la cosa era diferente, pero la gente siempre ha sido la gente, en eso nada ha cambiado. Cuando llegaba el montón de pelados gritando, disparando y mentando madres, todo el pueblo se escondía, los que estaban en sus casas ya no salían y los que andaban en la calle o en la plaza tenían que perderse antes de que los vieran para encontrar un lugar donde ponerse a salvo, de repente era mejor quedarse allá afuera del pueblo entre los árboles, pero a veces hasta allá te encontraban y pues te amolabas. La gente vivía con miedo, a la defensiva o a la ofensiva, según lo que te hubiera tocado.


Todos decían que eran los buenos, siempre llegaba cualquier pandilla de carniceros igual de bravos para gritar, disparar y sentirse dueños de todo y siempre decían que ellos eran los buenos y que debíamos apoyarlos, porque si no luego iban a ganar los malos y nos iban a fregar. Ya casi se habían acabado las cosechas, teníamos maíz, frijol, milo, garbanzo, calabazas, rastrojo y otras cosas para alimentar a los animales y a las familias, porque casi no se podía vender, pero casi todo se lo habían ido llevando, a veces de a poquito, a veces de un jalón, según como fueran los que pasaban por el pueblo, porque sí había unos más jijos que otros, pero al final todos se iban cargando lo que no era suyo. También teníamos vacas, caballos, unos puerquitos y una que otra oveja y cabra, pero ya casi no nos quedaban.

Lo que más teníamos era hambre y miedo, de eso había por todos lados. Y lo mejor es que nunca dejamos de creer en nosotros, los que vivíamos ahí, y nunca nos fallamos. Uno que otro pensó que le convenía irse con la bola y se fue nomás, sabe a esos cómo les habrá ido porque ya nunca los vimos. Yo creo que si les fue bien ya nunca pensaron en regresar, y si les fue mal los han de haber matado y entonces menos regresaban, el caso es que los que nos quedamos nos conocíamos bien y nos ayudábamos, estábamos listos para echarnos la mano cuando fuera necesario y cuando podíamos nos reuníamos en algún lugar a platicar de cómo iba la cosa. En el pueblo casi no se sabía nada de la refriega que había en todas partes, ni acabábamos de entender por qué pues tanta matanza de gentes. Nomás sabíamos que había mucha hambre y miedo.

Con luna y sin luna nos juntábamos en el patio de doña Inés porque era de los más grandes, estaba rodeado de árboles, al fondo daba con el arroyo y de ahí seguía el cerro, o sea que era muy fácil pelarse en caso necesario. Esas reuniones me gustaban mucho, eran días difíciles y de andar con cuidado, pero ahora pienso que a todos nos gustaba ese momento, empezábamos todavía con la luz del sol, casi siempre había uno o dos cantaritos de agua fresca por ahí y nos la íbamos tomando mientras se moría la tarde, luego empezábamos a tomar cafecito con piquete para estar bien despiertos, decían, y el aire se iba llenando de destellos luminosos conforme salían las luciérnagas y se acercaban al grupo. Casi siempre podía verse el cielo despejado y las estrellas destacaban con su claridad brillante sobre el fondo negro, muy negro. En ocasiones la plática nos llevaba muy lejos de ahí, nos íbamos a otro lugar y a otro año, como si eso de la guerra fuera una historia gastada que ya nos sabíamos, en esas ocasiones podíamos hablar de los sueños y planes de los parientes y vecinos, de lo que se había hecho y lo que se pensaba hacer, de lo que nos gustaba y lo que no, podíamos hasta acabar hablando de sustos y fantasmas, que siempre se meten a la plática en las noches oscuras. Pero otras noches no podíamos despegarnos del tema de las balas, la rapiña y el abuso de esa guerra absurda y sangrienta como cualquier otra guerra… nomás que esta nos estaba matando a todos nosotros. 

Unos juraban que nos defendían de los delincuentes y otros juraban que eran delincuentes justicieros. Al final, los que trabajábamos les dábamos de comer a todos esos, daba lo mismo si se decían buenos o malos.


El patio de doña Inés era un buen lugar para estar y yo me pasaba mucho tiempo en él con cualquier pretexto y hasta sin tener excusa, ahí veía todas las salidas de emergencia que se podía uno imaginar, pero me gustaba especialmente el riachuelo que corría al fondo. En varias noches esa agüita corriendo fue el sonido que más se escuchó cuando no había mucho qué decir, o no valía la pena hablar.

Nos acordábamos de muchas muchachas perdidas que se llevaron los de pistola, con uniforme y sin él. Recordábamos también a los niños entrados a adolescentes, esos que sienten que pueden comerse el mundo de una mordida y que fueron arreados como vacas por esos tipos para usarlos como carne de cañón en las siguientes batallas por la gloria de este país o nomás para sentirse más chingones que los demás, decían. Esos recuerdos desangraban el arroyo y aunque su canto seguía oyéndose, llevaba un murmullo distinto, de voces que ya no íbamos a escuchar.

Una noche, estando un montón de gentes en el patio de doña Inés, el arroyo empezó a gritarnos que corriéramos y de inmediato le hicimos caso, ni siquiera volteamos a ver de qué se trataba, corrimos tanto como pudimos y después trepamos hasta lo más alto de la arboleda que cubría el poniente del pueblo. Estando entre los árboles me detuve tantito a ver qué había pasado y a ver dónde estaban los demás. Doña Inés cayó como dormida en su patio, bajo sus árboles, junto a su arroyo, y su sangre se fue jugando con el agua que siempre habíamos visto pasar por ahí, algunas botas pisoteaban el riachuelo y un tipo que se decía soldado quiso patear a la señora, pero el arroyo le movió unas piedras y lo hizo caer, no iba a dejar que la avergonzaran en ese último momento. Había otros cuerpos tirados en distintos lugares, también en la calle. Se me revolvió el estómago y me dieron ganas de llorar.

Esta vez eran más, muchos hombres llegaron con sus uniformes de soldados y policías gritando que buscaban delincuentes escondidos en el pueblo, tenían que encontrar a alguien, a quien fuera, para justificarse con su jefe y seguir viviendo de las armas. Los jefes de la patria eran fáciles de contentar: les llevaban uno o dos culpables, lo anunciaban a todo el mundo y se quedaban contentos un rato, pero esta vez no habían mandado nada más por uno o dos. Algo había pasado. En mi pueblo todos los empistolados llegaban siempre por la calle principal, comían, de repente también dormían ahí y luego se iban, mi pueblo era chico. Esta vez llegaron por el cerro, se metieron al patio de doña Inés y a los patios de todas las casas que daban al arroyo, rompieron puertas y ventanas, esculcaron las sábanas, la ropa y las cazuelas, entraron a los corrales y revisaron hasta el lodo de los marranos. Hubo mártires entre los parientes, amigos, conocidos y mascotas, y yo me quedé escondido, temblando entre los árboles que fui trepando como pude.


La noche siguió avanzando, se fueron yendo los gritos y los disparos, también se fueron las blasfemias y mentadas pero se quedaron los soldados, dueños del tiempo y de las cosas que tomaban aquí y allá. Se creyeron dueños del pueblo, pero no era cierto, no lo sentían suyo y no sabían el por qué de cada casa, cada lugar y cada cosa. No sabían porqué existía este pueblo y no tenían la más remota idea de cuántas vidas habían pasado por ahí, con qué sacrificio se construyó. No era de ellos, solamente poseían la nada, pues hace falta tener la mente y el corazón conscientes para que una persona pueda ser dueña de su vida. Murió la noche. Murió el pueblo tal como lo habíamos conocido hasta entonces.

Después volvió el día, el frío de la madrugada calaba más que el de toda la noche y no había para dónde hacerse, estuve callado entre las ramas del árbol y pensaba seguir así, no me preocupaba el hambre ni las necesidades de orinar y defecar, esas eran minucias que se podían aguantar mucho rato cuando estaba de por medio la vida, y al escuchar a los soldados carcajeándose después de medio destruir mi pueblo no era el hambre lo que más me movía, pero el frío me hacía temblar y me daba miedo que el castañeteo de mis dientes se escuchara hasta la plaza. El miedo podía cruzar los árboles, el patio de doña Inés que seguía allí tendida, su casa y su calle. El miedo era libre como un pájaro esa mañana clara e iluminada. Y ser libre era peligroso. Entonces comenzaron los estragos por el frío.

-          ¡Achú!

-          ¡Salud! – Respondí automáticamente, aunque en voz muy baja para no atraer a los soldados que preparaban un sabroso desayuno con un puerquito sacrificado por su causa, hacía escasos minutos. Volteé mi cara a la izquierda y hasta entonces vi sentada en otra rama como a 2 metros, a Rosa la hija del “enano”, el dueño de la mejor tienda del pueblo, estaba agazapada como gato y sus ojos verdes también me hacían seguir pensando en un gato. Si no hubiera sido por la situación, me hubiera botado de risa en ese rato, su cara de susto y el ligero temblor de sus brazos y su cara me alegraron un poco.



-          ¡Qué chistoso te ves! – Me dijo. Dicen que la zorra no se ve su cola, y ahí estaba dándome cuenta de mi situación, idéntica a la de ella.

La vi con ganas de reírse, pero el murmullo de los asaltantes nos alcanzó otra vez y su cara se congeló, se puso amarilla y los ojos se le saltaron, se le heló la sonrisa que apenas iba a salir y se me quedó viendo mientras apretaba las ramas del árbol con sus manos, como queriendo fundirse con él. Un híbrido de Rosa asustada y sauce llorón…

A los cobardes les da por presumir de valientes cuando los ve la demás gente, se vuelven fanfarrones para que piensen que no tienen miedo de nada: Más miedo les da que los descubran, más alto gritan, y ahí estaban echando tamaños alaridos dizque de gusto porque ya habían ganado la guerra. Gritaron y echaron mentadas hasta que las doñas que quedaban en el pueblo les dieron el desayuno para que ocuparan sus bocas en algo más útil.

El sol ya estaba arriba, sus rayos colgaban impasibles soltando el calor del medio día. Aromas de frijoles y carnitas con salsas y tortillas treparon lentamente por los troncos de los árboles y nos encontraron con facilidad, pero nosotros mantuvimos nuestra resistencia y no caímos frente a esta terrible arma, que la verdad casi me hizo salir de mi escondite. También me alcanzaron de nuevo los ojotes de Rosa, que luchaba igual que yo por callar el rugido de sus tripas y soportaba heroicamente esta tortura.


Mi cara debe haberse visto peor, porque ahora sí le salió la sonrisa y me invitó a acercarme. Me recorrí algunos centímetros, me daba miedo que me vieran allá abajo, pero fue suficiente para escucharla con más claridad:

-          ¿Quién sería el traidor? ¿quién se animó a vender el pueblo? – Me quedé callado, sorprendido viendo su boca todavía abierta… Yo preocupado por el olor de la comida y no había reparado en que, ciertamente, alguien tenía que haberle dicho a los soldados y policías que este pueblo tenía escondites, guaridas y misterios.

-          No sé… Ni me había puesto a pensar en eso. Pero ahorita lo que me preocupa es saber dónde está toda la gente…

-          Pues voltea a los otros árboles, pero abre bien los ojos, ¿eh?



Ya había visto las copas de los otros árboles, pero no había visto más que algunos pájaros que se entretenían yendo de una rama a otra. Mirando con atención empecé a distinguir algunos bultos pegados en las ramas, donde había más follaje. Estos árboles tenían más gente que frutos, gente con caras serias, hoscas, que mostraban rápidamente una sonrisa cuando descubrían que otros ojos los miraban. Cada par de ojos se llevaba el espejo de otros rostros, nos decíamos mucho y nos entendíamos así, sin más.

Entre las ramas, como fantasmas cazadores, también había varios gatos acróbatas desplazándose, saltando o echados al sol nada más, valientes en las alturas dominadas por las aves. También había ardillas de rama en rama, casi volando e ignorando a los gatos y a las personas, hoy las copas de los árboles estaban bastante cargadas. Un nuevo ruido llegó de abajo y volví a asustarme, miré a Rosa y ella estaba más agazapada que antes. Los soldados ya habían comido y estaban tomando... ¡es más peligroso un borracho armado que el batallón mejor entrenado! Poco a poco fueron regresando los gritos y las alabanzas para ellos mismos, hablaban de nosotros como si fuéramos delincuentes, como si de verdad hubieran ido a una guerra y se hubieran enfrentado a un ejército rabioso.

Un soldado joven, gordito, tomó su rifle y disparó al cielo con gesto triunfal, y los demás buscaron sus armas para apretar el gatillo una, dos, tres veces y más… se acababa el parque y volvían a cargar para escupir más balas, el poder se les iba de las manos como a los niños se les va el dinero en una dulcería. Pero no parecían niños, sino animales rugiendo para demostrar quién es el más fuerte.

¡Nomás eso nos faltaba! Nos libramos del asalto, sobrevivimos toda la noche y el día aquí arriba, ¡y ahora nos pueden matar con un plomazo tirado a lo menso! Me arrepentí de pensar esto, aunque mis pensamientos no se escuchaban pero vi a Rosa temblando, acurrucada para no hacer bulto y cada vez más agazapada entre las ramas del árbol y supe que pensar de esa forma no ayudaba en nada.


Los árboles nos conocían bien y como podían trataban de cubrirnos a todos los que habíamos subido a escondernos, meneando sus ramas y sus hojas se esforzaban para que fuera más difícil vernos, pero algunas balas entraban a las partes más espesas de las copas y su zumbido nos erizaba la piel. Me arrastré por la rama hasta llegar con Rosa y nos abrazamos… Estaba calientita y temblaba mucho, me dijo que yo estaba temblando, me abrazó más fuerte y en ese momento nos sentimos más vivos que nunca.

Una rama tronó más abajo, en algún árbol cercano y nos asustamos, yo pensé que uno de nosotros iba a caer herido hasta el piso, pero no cayó nada, ni una rama, en ningún árbol. Sin embargo el ruido también alertó a los soldados y luego luego se inventaron otro jueguito: “¡Hay que tirarle a los pájaros!” Lo bueno fue que los pájaros también nos querían vivos, apenas vieron que los balazos eran para ellos se echaron a volar para todas partes, con una alharaca que silenció al griterío de los soldados.

Cayó la tarde otra vez. El hambre es canija y aunque yo estaba muy a gusto con Rosa, el estómago ya gritaba pidiendo ayuda, abajo se durmieron los salvajes, casi muertos de tan briagos, pero nadie se animaba a bajar.

Apenas empezaba a oscurecer cuando llegó otro puño de gente, serían unos 20 o 25, estos sí entraron por la calle principal y sin más, fueron a buscar al teniente que dirigía esa división. Nomás lo despertaron para que supiera quién lo mató, no vaya a ser que se fuera con la duda. Con ese primer balazo despertaron los demás soldados poniendo cara de espanto sin darse cuenta de lo que pasaba. No es cierto que con un susto se baja la borrachera, a lo mejor se le quita un poquito lo menso a la gente, pero el cuerpo tarda un buen rato en reaccionar, los recién llegados iban pasando a los soldados y policías medio crudos en grupitos de 4 al tejabán, a un lado del templo, y ahí se quedaban. Otros 4 hombres, disparos y ahí venían otra vez los fachosos por otros 4 más. Los últimos sí estaban sobrios, pelaban unos ojotes sin creer lo que les iba a pasar y encima preguntaban que “¿por qué?”. Los fachosos les agarraban la cabeza y los hacían voltear para todos lados, y en todos lados estaban sus huellas. Era lo más parecido a la justicia: Tú matas, yo te mato.


Cuando acabaron ya estaba oscuro. El arroyo se escuchaba de nuevo, un canto a la ausencia de doña Inés, todos los perdidos en la enramada de los árboles estábamos cansados, hambrientos y entumidos, muchos se habían dormido como pericos, agazapados entre el follaje, Rosa también. Se quedó dormida recargada en mi pecho y por eso yo no había podido pegar los ojos, me daba miedo que se cayera y la estuve deteniendo todo el tiempo. ¡Condenada Rosa! Estaba re bonita, no sé por qué nunca me había fijado en ella. Aparte de bonita era muy lista, porque cada vez que abría la boca era para algo bueno: o me decía algo cierto o me daba un beso.

-          Esos de allá arriba, ¡bájense a tragar! – Gritó el fachoso que parecía el jefe. Nadie se movió.

-          ¿Bajan o quieren que yo los baje, méndigos? – Dijo mientras sacaba su revólver y lo acariciaba con ternura mientras lo iba apuntando para arriba, hacia la copa de los árboles.

-          ¡No dispare, no dispare! ¡Ahí vamos pa’bajo! – Y ahora sí se nos quitó hasta lo entumido, nadie se acordó que llevábamos todo el día sin movernos, colgados como changos en las alturas más discretas de la arboleda. Yo sí me esperé, nunca había tenido cuidados con nadie, pero ahora que conocí mejor a Rosa ya sabía de sus 17 años, de las cosas que le gustaban y las que le caían gordas, de cómo ayudaba a su papá en la tienda y conocí además su sabor y su olor. No necesitaba más para dedicarme a ella. Por eso me tardé todo el tiempo que pude ayudándole a bajar, no quería que ese instante tan vivo se fuera.



Bajamos tomados de la mano, buscando con los ojos a los nuestros, ella a los suyos y yo a los míos: ¡Ahí estaban! Ese fue el segundo mejor momento de ese día, lo malo vino después, cuando el jefe se acercó a mi y me dio un coscorrón con su manota, ¡Jijos, sí me dolió!

-          ¡Ah, canijo mocoso! Este chamaco sí se puso vivo, no como ustedes que nomás se la pasaron temblando allá arriba. – Y mientras él hablaba todos se echaron a reír, como si dijera un chiste. Yo me estaba enojando y ya le iba a responder que no era un mocoso, que ya tenía 12 años y no era ningún escuincle, pero la mano de Rosa apretó la mía y con eso me calmé. Ella siempre sabía qué hacer.


"La felicidad es una pistola caliente."
(John Lennon)

Los fachosos juraban que ya habían ganado la guerra, nomás los oímos porque eso fue lo mismo que habían dicho los solados y los polis, se quedaron en el pueblo hasta el otro día y nos prepararon una buena comida para festejar la liberación del pueblo, decían. De todos modos entre ellos y los soldados ya nos habían matado 2 vacas y creo que 5 puerquitos… pues nos los comimos. Todo el tiempo decían que cuando su general fuera presidente iban a regresar al pueblo y lo iban a dejar bien arreglado, que hasta luz le iban a poner, decían, y se fueron. Después nos quedamos enterrando a los muertos propios y ajenos, levantando las bardas caídas y armando otra vez los corrales, ellos estaban muy contentos porque habían ganado, pero el tiempo pasó y yo nunca supe que su general hubiera sido presidente, y no ha de haber sido, porque nunca fue nadie a arreglar el pueblo.

Tardamos más de 10 años en volverlo a ver bien. Y algunos tardaron todavía más para poderlo ver sin que la tristeza les nublara la vista, o sin que el coraje les apretara la garganta casi hasta ahorcarlos, porque ningún pueblo es bonito si no está en él la gente que amas. Hubo conocidos que nunca se compusieron, se les notaba cuando hablabas con ellos y no te veían ni veían nada, sus ojos se quedaron allá arriba en el árbol, mirando el pueblo derruido abajo y a los salvajes carcajeándose encima de sus muertos. Esa gente se quedó a vivir en el pasado, nomás sus cuerpos andaban entre nosotros ahí, en aquel presente.


Yo no supe si la guerra se acabó, y si se acabó no supe quién ganó. Todavía hay pleito a balazos entre los que dicen que son buenos y los otros, que también dicen que son buenos. Pero igual todos roban y matan y presumen, porque les gusta presumir. Y luego ve uno que los mismos que salen peleados un día en una noticia, otro día aparecen diciendo que se llevan re bien y que siempre han sido amigos. Y los que se mueren por culpa de ellos no salen en ningún noticiero, o al menos no salen cuando todavía están vivos.

Pero bueno, después pasaron muchas cosas y mientras tanto yo crecí. Cuando ya estaba grande, como de 16 o 17, me casé con Rosa, nos quedamos con la tiendita y tuvimos muchos hijos, los vimos crecer y con el tiempo ahí estuvimos los dos recibiendo a los nietos. Desde hace años vemos a los bisnietos que ya andan trabajando y algunos hasta están estudiando, porque ahora se estudia. Tuvimos de todo, desde sirvientas hasta licenciados, pero hace un buen rato que no estamos con ellos: en su mundo vivimos juntos y juntos nos venimos a este otro mundo acá en lo alto, desde aquí seguimos al pendiente de nuestra gente como cuando estuvimos escondidos en el árbol, igual que aquel día sangriento, pero mucho más arriba y sin miedo, porque acá no hay hambre ni miedo, nomás estamos Rosa y yo esperando a nuestra gente.

Hasta luego.

jueves, 7 de enero de 2016

Perdonarse o justificarse

"La gente no busca razones para hacer lo que quiere hacer, busca excusas".
(William Somerset Maugham)



Acabamos de cerrar un ciclo más de vida, se acabó el año 2015 y estamos estrenando todavía el 2016 con todos los buenos propósitos e intenciones que resultan al hacer un repaso del año recién ido. 

Sinceramente, espero que al hacer tu recuento personal encuentres más cosas agradables que desafortunadas y que el camino recorrido haya estado sembrado de buenas sorpresas y retos; sin embargo algunas cosas tal vez no salieron como lo habías planeado y tuviste que rescatar pequeños éxitos y grandes aprendizajes de esas malas experiencias, o tal vez tus logros laborales, escolares y personales se vieron ensombrecidos por dificultades en las relaciones con la gente que tratas.

Generalmente ocurre que las demás personas no reaccionan como tú quisieras porque les parece mejor actuar de acuerdo a lo que ellas quieren o necesitan, y esa es la causa de muchos problemas en cualquier tipo de relación: de pareja, de trabajo, de amistad, entre vecinos, entre familiares y prácticamente en cualquier situación que implique contacto e interacción de dos o más personas. Lo que nos decepciona de la gente no es lo que hace, sino lo que esperamos que haga.

Si al hacer tu recorrido por tus vivencias del año 2015 descubres que tuviste diferencias con tres o más personas importantes para ti, y si además esas diferencias te han llevado a aislarte o a reducir la calidad de tu contacto con las personas que regularmente frecuentas, puede ser el momento de preguntarte cómo le has estado haciendo para enojarte o molestarte con la gente cercana a ti. 


Mucha atención en esto: Cuando descubras qué y cómo le has hecho a la gente cercana a ti para que se moleste contigo, también vas a encontrar muchas razones para explicarte por qué cometiste cada uno de esos actos, pero lo que debe motivarte no es simplemente entender por qué dejaste salir palabras hirientes, insultos, gestos, indirectas o maltratos, sino tratar de sustituir esos hechos con otras acciones más incluyentes.

Si te das cuenta que lastimas a otra persona con tus actos e inmediatamente encuentras razones para explicar esos actos, creerás que ya entendiste lo que pasó y que con eso se soluciona todo. Si justificas esas acciones las continuarás realizando hasta convencerte de que estás en lo correcto. Nos perdonamos cualquier acto con demasiada facilidad, así podemos seguir dañando a otros sin darnos la oportunidad de aprender nuevas formas de llevarnos con los demás y con uno mismo.


A lo largo de este año todavía nuevo, seguirás relacionándote con la gente que conoces y lo más probable es que además agregues nuevas caras y nombres a tus listas de contactos, ¡somos seres sociales y nunca estaremos solos! por eso te quiero compartir unos propósitos de año nuevo, sencillos, que tal vez te podrán ayudar a mejorar tu relación contigo y con los demás:

1.   Si te quedas con la sensación de que no te toman en cuenta o que sales perdiendo en tus relaciones, anímate a expresar lo que piensas, lo que crees y lo que sientes. Déjate conocer para que no tengan qué adivinarte.

2.   Está bien tener claro lo que quieres y pedir ayuda para lograrlo. También se vale interesarse por lo que quiere conseguir la gente que quieres y preguntar si puedes ayudar en algo. Escucha a la otra parte antes de justificarte.

3.   Quererte mucho. Es el mejor regalo que te puedes dar y también es un regalo para la gente que te rodea, porque solamente cuando te quieres puedes compartir amor con los demás.

4.   Con Dios (cualquiera que sea tu idea de él) hacemos lo mismo que con las personas: esperamos que haga lo que nosotros queremos y nos decepciona que haga lo que él considera mejor, así que el propósito es preguntarle cada mañana a Dios: "¿Qué puedo hacer por ti?"


¡Feliz Año Nuevo!

lunes, 14 de diciembre de 2015

Para actuar

"Si tu signo es jugar, juégalo todo:
tu camisa, tu patio, tu salud.
Si tu debes jugar de cualquier modo
juega bien, con virtud,
pero ay amor, ay amor,
no te juegues el corazón..."
(Silvio Rodríguez)

Es muy importante saber lo que necesitas en tu vida y hacerle caso a esa necesidad. Es el mejor camino para estar en contacto contigo y para tomar decisiones asertivas que atiendan a lo que necesitas y no a lo que deseas, que generalmente es algo distinto.


Si tienes hambre, come.

Si tienes sueño, duerme.

Si tienes tarea, hazla.

Si estás cansado, descansa.

Si vives con rencor, perdona.

Si extrañas tu pasado, aprende de él.

Si esperas mucho del futuro, comienza a construirlo.

Si tienes deudas, paga.

Si alguien te daña, aléjate.

Si tienes amigos, búscalos y déjate encontrar.

Si alguien te gusta, haz que lo sepa.

Si no te gusta tu vida, cámbiala.

No es excusa vivir aguantando tu vida y a las gentes que habitan en ella, en vez de tomar la decisión de aceptar o de cambiar lo que hay.

Tampoco es excusa rechazar a la gente por sus actos, en lugar de asumir la responsabilidad de lo que uno mismo hace o no hace.

Y tampoco es una solución culpar a otra persona para no asumir el camino, a veces muy difícil, de reconstruir tu propia vida y cubrir tus necesidades.



"Si tu signo es arder, arde con todo:
tu camisa, tu patio, tu salud.
Si tu debes arder de cualquier modo
arde bien, con virtud,
pero ay amor, ay amor,
no te quemes el corazón..."
(Silvio Rodríguez)

Si te aman, ama.

Si te desprecian, ve a donde te valoren.

Si estás confundido, decide.

La decisión que tomes enfocará tu vida hacia el camino que tú deseas: a tu integración o tu desintegración.

Y si la decisión que tomaste no resulta como esperabas, entonces será el momento de tomar otra decisión sin castigarte ni tener que resignarte a vivir aguantando... A veces se gana, a veces se pierde, una decisión puede llenar tu vida de luz u oscurecerla, y siempre será posible decidir de nuevo para mantener la llama encendida o para alejar la sombra cuando esta comienza a empañar la visión de tu propia vida.

Aquí he hablado de decisiones personales, tal vez también de pareja o familiares y aún en estos niveles llega a parecer difícil cambiar una decisión cuando la tomamos alejada de la realidad. Pero cuando una sociedad entera toma decisiones ajenas a sus necesidades, las consecuencias también requerirán del interés y la participación de mucha gente para volver a tomar una decisión que vaya de cuerdo con lo que sus vidas requieren. En distinta escala, estoy hablando de lo mismo, tal vez convenga ser más coherentes al actuar para no terminar cumpliendo caprichos momentáneos que después generarán mayores necesidades:


Hasta luego.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Aceptar la realidad con humildad

"Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable."
(Eduardo Galeano)


Aceptar la realidad es básico para poder modificarla o simplemente para moverse en ella, pero en ocasiones preferimos escaparnos a un mundo ideal y hacer como si ese fuera el real: Una pareja ideal, una familia ideal, un trabajo ideal, una situación económica ideal, un auto ideal, una casa ideal, una relación ideal… Pero si todo es ideal significa que solo está en el mundo de las ideas y que nadie más puede verlo, únicamente quien se lo imagina.

Si quitamos el mundo ideal y nos quedamos solamente con el real es probable que nos haga falta creatividad e imaginación para poder transformarlo, y si no podemos transformar nuestra realidad, terminaremos frustrados y le transmitiremos ese sentimiento a nuestros seres cercanos.

Así que necesitamos tener los pies bien puestos sobre la tierra y al mismo tiempo tener muy claro cuál es el ideal que perseguimos para enfocar hacia allá todas nuestras acciones y decisiones. Esto es muy distinto a escaparse a uno de estos mundos. Si la realidad que debes aceptar es que tu relación de pareja se está hundiendo y únicamente eres capaz de ver esto (lo que no quieres), entonces será muy útil visualizar cómo es tu relación ideal (lo que sí quieres) para encaminar tus palabras, tus actos y tus decisiones hacia esa meta.



Con mucha frecuencia ocurre, siguiendo el ejemplo anterior, que realmente la relación está muy dañada, a tu pareja le molesta cualquier cosa que tú propongas y no le interesa ni tantito saber cuál es tu ideal en cuanto a su relación. Lógico: Si la relación está dañada ambos están lastimados (eso es parte de la realidad que hay que aceptar) y antes que escuchar al otro, a ambos les importa más ser escuchados: Las dos partes de esta relación tienen su propio ideal de “lo que debería ser” y es importante que ambos sean escuchados con atención.

La humildad es el factor básico para que la relación vuelva a funcionar, para conocer el ideal y las metas de esa otra persona importante en tu vida. Si has llegado a esta etapa es muy importante que evites descalificar y acusar utilizando frases como “estás mal”, “es que tú no entiendes”, “a ti no te importa”, “grábate bien esto…”, "¿por qué siempre haces tal o cuál cosa?"... La humildad implica tener presente que estoy aceptando lo que hay en la relación, así que serán más útiles las frases incluyentes como “te escucho”, “no lo había visto así”, “déjame asimilar lo que dices", "esto no lo había pensado”.

Una relación dañada, o cualquier otro mundo real que estemos afrontando, tomará algo de tiempo para irse alineando con el mundo ideal que tienes visualizado. Y necesitas ser constante en la retroalimentación con tu pareja o con la persona con la que tengas un conflicto.


Cada relación dañada tiene su propia historia donde tal vez hubo groserías, insultos, malos entendidos, maltratos, enojos y tristezas. Mucho ojo: Al estar hablando puedes despertar en tu memoria alguno de esos momentos y si eso ocurre, tu cuerpo vuelve a tener exactamente la misma sensación que tenía cuando enfrentó un conflicto (miedo, enojo, tristeza, ganas de golpear o gritar…). 

Uno de los mayores retos al aplicar la aceptación, la humildad y la constancia, es el de responder a lo que está sucediendo aquí y ahora, y no a emociones y sensaciones del pasado que están guardadas en tu memoria personal. Este reto únicamente se puede vencer desde tu interior, recordando que estás aceptando tu realidad y lo que hay en tu vida porque es una decisión tuya, porque quieres y no porque “tienes que”.


"Todos los edificios, todos esos carros, una vez fueron solo un sueño en la cabeza de alguien"
(Peter Gabriel)

Hasta luego. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

Mateo despierta empatía

"Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque poca de ellas lo recuerdan"
(Antoine de Saint-Exupery)


Mateo es un niño de 2 años de edad, vive en Aguascalientes y convive prácticamente todo el tiempo con adultos que lo aman y lo valoran. Él ha pasado su corta vida rodeado de amor y de apoyo y en los últimos días ha comenzado a hablar. Habla poco, aunque todos saben que sí entiende mucho de lo que escucha y lo que espera su familia es que ahora que dice sus primeras frases se podrán comunicar más fácilmente.

Pero Mateo comienza a adoptar nuevas conductas: De repente y sin causa aparente comienza a golpear a las personas que le están hablando sin importar quiénes sean, y así dura un rato dando golpes hasta que se calma de nuevo.


Preocupados ante este cambio, y sobre todo decididos a no declarar a su hijo como un problema solamente por esos golpes ocasionales, sus papás deciden indagar un poco más y con un poco de ayuda notan que el pequeño solamente muestra esa conducta agresiva cuando está con adultos, pues al interactuar con otros niños no hay ningún problema.

Reconstruyendo los hechos, los papás de Mateo descubren que Mateo quiere hablar como adulto pero su lenguaje y su vocabulario aún están muy limitados y no puede expresar todo lo que quisiera. Una vez entendido esto, deciden hacer algunos cambios en su relación con Mateo, empezando por hablarle más despacio y también por darse el tiempo de escucharlo y atenderlo en las ocasiones que el niño quiere "platicar", así tanto ellos como él sabrán que los niños y los adultos pueden llegar a hablar igual si se apoyan mutuamente, ¡pero un bebé de 2 años no puede pensar como adulto! También están recibiendo apoyo para apoyar a su hijo en el desarrollo del lenguaje con ejercicios apropiados a su edad.

El otro cambio importante es que ahora Mateo asiste a una guardería a convivir con otros niños como él, y de esa manera deja de percibirse a sí mismo como una especie de "adulto chiquito" para sentirse tal como es: un niño.

"La única patria que tiene el hombre es su infancia"
(Rainer María Rilke)

Sus papás y otros adultos que quieren a Mateo decidieron ponerse en sus zapatitos y desde ahí se dieron cuenta de cómo ve el mundo. Esto es empatía, y gracias a eso se salvó de vivir con la etiqueta de ser grosero, peleonero, macriado y tantas otras que se le pueden colgar a un niño inquieto cuando no alcanzamos a conocer la razón de su inquietud. 

Los niños que viven con esas etiquetas y otras peores crecen convencidos de que son todo eso que les dicen, todo menos un niño.

Hasta luego.

martes, 8 de diciembre de 2015

Indispensable

"Con un poco de amor, trabajando por un poco más..."
(Silvio Rodríguez)


El amor por sí solo nunca es suficiente para mantener viva una relación... Pero sí es indispensable. 

Si tienes pareja y además te amas sinceramente, dale de tu amor, todo el que puedas. Esa es la semilla donde pueden crecer los demás ingredientes que necesita la relación.

Si te perdonas y te justificas demasiado rápido cada vez que lastimas a tu pareja... Hace falta amor.

Si pones más atención en lo que no te gusta que en lo que te agrada de tu pareja... Hace falta amor.

Si exhibes los secretos de tu pareja en las pláticas con otras personas "de toda tu confianza"... Hace falta amor.

Si pides que te quiera pero tú ignoras a tu pareja... Hace falta amor.




Si tienes amor compártelo porque así es como funciona, si no lo compartes lo vas a desperdiciar y hasta puedes llegar a creer que no lo tienes.

Hasta luego.

martes, 27 de octubre de 2015

Parejas controladoras

"Hay hombres que pueden vivir con una mujer controladora, aunque vivir así es estresante. Puede ser por meses o años, pero al final, por mucho que el hombre ame a su mujer, acabará rebelándose, pues donde no hay confianza real y efectiva, no se vive en paz".
(Tomado de la página www.todamujeresbella.com)





"Mejor yo lo hago, tú siempre lo haces mal".

Las parejas llegan a desarrollar estrategias muy extrañas en la lucha por el poder, una que resulta muy curiosa y dañina para la relación de pareja y para las demás personas a su alrededor (por ejemplo los hijos), es cuando una persona juega a victimizarse cargando con las obligaciones y responsabilidades de los dos, quejándose de tener que hacerlo todo y al mismo tiempo impidiendo que su pareja haga cosas. Si las hace, entonces la reacción será quejarse de lo mal que están hechas y de que tendrá que hacerlas de nuevo.
 

Es una forma dolorosa de controlar la relación, está basada en el autosacrificio y la denigración de cualquier intento que haga la pareja por actuar dentro de la relación. El resultado cuando los miembros de la pareja adoptan estos roles es como si uno de ellos aceptara cargar con la cruz de tener que controlar todo lo que se haga o diga y el otro acepta su condición de dependiente e incapaz de valerse por sí mismo. Curiosamente, ambos se sienten manipulados por el otro pero no sueltan su rol, pues al mismo tiempo encuentran una zona de confort desempeñando su papel.
"Aunque me canse más pero que quede bien, porque tú eres muy mal hecho".

La persona que agarra el rol de "Yo sí hago bien las cosas" se entrampa asumiendo cada vez más y más responsabilidades, trabajos domésticos, decisiones financieras, horarios y permisos, hasta sentir que de verdad no le queda tiempo para nada porque no tiene apoyo. No se da cuenta que si su pareja le ofrece apoyo, sistemáticamente lo rechaza o lo denigra. Se siente sola.
 

Y quien adopta el rol de sumisión, de creerse menos hábil que su pareja, corre el riesgo de en verdad convertirse en una persona sin decisión propia, con miedo a comprometerse con la vida y con otras gentes. Es una persona que se siente sola, pero mantiene su rol que le da cierta ilusión de seguridad porque es más cómodo seguir órdenes que asumir responsabilidades.
"Me desespera que no hagas las cosas como yo digo".

¿Recuerdan la película "Intensa mente"? Me acordé porque en ella aparecen 2 personajes que representan perfectamente lo que estoy comentando aquí: Alegría es una chica optimista y dinámica que siempre está dispuesta a verle lo bueno a la vida y además es tan motivadora que todos le hacen caso, así que se siente con el derecho de organizar a todos los demás. En algún momento entra en conflicto con Tristeza, que es más lenta y contemplativa, no es muy buena para eso de las relaciones interpersonales y por si fuera poco, siempre le encuentra algún aspecto negativo hasta a los mejores proyectos. 

Obviamente Alegría está segura de que la actitud de Tristeza está mal y que lo que ella haga estará equivocado y causará problemas, así que se encarga de tratar de limitarla e impedir que actúe. En algún punto de la película, Alegría está tan convencida de que solo ella puede hacer lo correcto, que termina cargando a una Tristeza que decidió dejarla hacer lo que sea, incluso llevarla arrastrando por los caminos de la vida, ¿quién manipula a quién?
"Me enoja que sea tan negativo: siempre le encuentra "peros" a todo lo que le digo".

En la película, Alegría entiende a Tristeza y se da cuenta que esa forma de ver las cosas considerando también los riesgos posibles también resulta útil, por lo que termina aceptando a esa persona con todas sus diferencias. También tristeza acepta las diferencias de Alegría y hasta aparece más activa hacia la parte final de la película, y eso no va en contra de su naturaleza: Si nos peleamos con nuestra tristeza la hacemos crecer hasta convertirse en depresión, pero si la aceptamos nos permite actuar y no solamente contemplar la vida.
En la relación de pareja ocurre que al estar peleando y tratando de controlar o de mantener el estilo sumiso para "no molestar" a quien controla, ambas partes se estancan en su desarrollo personal. Quien se dedica a controlar a otros no los deja crecer: ¡si crecen se vuelven responsables de su propia vida! Y una persona responsable puede irse y construir su propia historia, pero la persona controladora se sentiría muy sola, así que no puede permitir eso. Con esta mentalidad, prefiere seguir atada a la quejumbrosa "necesidad" de hacerse cargo de su pareja, aunque el precio sea que tampoco podrá crecer, ya que no se puede atender para no descuidar a esa otra persona.
"Tú no decidas, para eso estoy yo".

lunes, 12 de octubre de 2015

Enemigo imaginario

"La realidad es para aquellos que no pueden soportar la fantasía"
(Tomado de un meme de las redes sociales)


¿Y si esa amenaza que te hace vivir con ansiedad todos tus días no fuera real? ¿Y si solo te la estás imaginando? 


Pues resulta que el efecto es el mismo que si la amenaza fuera de verdad: te tendrá con el estrés al tope y con esa terrible sensación de que en cualquier momento va a ocurrir algo terrible aunque no tengas palabras para describir lo que va a pasar.

Es muy importante hablar y escuchar a la gente de tu confianza. 

Cierto que a veces minimizan lo que te ocurre y parece que no te entienden, pero en otras veces -que también pueden ser muchas-, tal vez seas tú quien se esfuerce en cargar con una amenaza imaginaria sin darte cuenta que tú eres el autor de ese enemigo que enfrentas a diario. 

En todo caso, abrirte al diálogo con otra persona generalmente trae más consecuencias favorables que perjudiciales, y hasta puede alejar al enemigo imaginario que boicotea tus iniciativas.

"Ni tu peor enemigo te puede hacer tanto daño como tus propios pensamientos"
(Frase atribuida a Buda)


El miedo a no poder, la vergüenza de mostrarte ante los demás, el temor al ridículo, la creencia de que no vas a poder, la sensación de que te rechaza esa persona que tanto te gusta, el compararte con otros en condiciones desfavorables, ... Todas estas y otras más son las caras del enemigo imaginario que a veces dejamos andar junto a nosotros, acompañándonos por la vida.


Hasta luego.

viernes, 2 de octubre de 2015

Cuento: Dos ranitas (No hay garantías)

"Solo aquellos que se arriesgan a ir demasiado lejos pueden descubrir hasta dónde se puede llegar".
(T.S. Eliot)


En el centro del bosque hay un estanque grande y antiguo, los animales saben que siempre ha estado ahí y los mamíferos llegan a sus orillas día tras día para tomar agua y refrescarse, las aves multicolores bajan de las nubes y las copas de los árboles para beber y remojan sus plumas en sus aguas. A todos les gusta venir al estanque porque siempre lo encuentran lleno de vida y adornado con flores, plantas de vivos colores, lirios, mariposas y muchos insectos juguetones revoloteando sobre él. Las ardillas dicen que siempre está contento, pero el estanque nunca ríe, ni se enoja, simplemente está ahí y disfruta la compañía de todos esos seres que llama “los suyos”.


Dentro del estanque viven unos animales verdes que por las mañanas se enojan cuando llegan los demás, porque el ruido que hacen al chapotear en la superficie del agua los despierta muy temprano: son las ranas y las tortugas. En realidad las ranas son más enojonas que las tortugas, y también son más ruidosas. Por las noches gritan y gritan croac-croac para desquitarse de los otros animales y no dejarlos dormir, o al menos eso creen ellas, porque la mayoría de los animales se arrullan con su rítmico croar. Las únicas que no duermen son las lechuzas, y eso no les conviene mucho a las ranas.

Este día, mientras se asolean tranquilamente sobre un lirio a mitad del agua, dos ranitas se ponen a platicar y llegan a la conclusión de que el estanque debe ser de ellas, las ranas, porque ellas siempre han vivido ahí. Así, juntaron a las demás ranas y les contaron su descubrimiento, provocando con ello una discusión muy fuerte, pues había ranas que estaban de acuerdo y otras que pensaban que esa era una idea muy egoísta. El estanque solamente escuchaba, como era su costumbre.

La discusión se agravó cuando las tortugas asomaron su cabeza fuera del caparazón para aclarar que ellas también vivían en el mismo estanque y tal vez desde mucho antes que las ranas. Después dijeron lo mismo las plantas y flores de las orillas, las mariposas y los demás insectos. Todos reclamaban el derecho de haber vivido durante más tiempo en ese estanque, que seguía escuchando, silencioso e impasible.

Esa noche, por primera vez, las ranas no cantaron, en un extremo del estanque se amontonaron las que decían ser dueñas del lugar y en el otro las que pensaban que el estanque era y debía seguir siendo de todos. Las lechuzas que bajaron esa noche a beber agua encontraron un ambiente muy hostil, pero sabias como eran, no quisieron participar en la discusión: ellas bajan por agua y nada más.


Al siguiente día el sol llegó al estanque y encontró muy despiertas y sentadas junto al estanque a las ranas y las tortugas más viejas de la comunidad. Entre los animales siempre se respeta a los más ancianos, porque son los que han vivido más cosas y eso les da mucha sabiduría (esa es la teoría, aunque también sabemos que al que no quiere aprender lo único que le llega con los años es la vejez, pero esa es otra historia). Entre todos ellos se imponía con su sola presencia una venerable tortuga tan viejita que tenía arrugado hasta el caparazón. Todos creían que llevaba más de cien años viviendo en el estanque y ella fue la que habló a las dos ranitas que empezaron a correr el rumor de que el estanque tenía dueño, y les dijo así:

- Los pájaros no son dueños de las nubes aunque vuelan entre ellas. Las ardillas no son dueñas de los árboles aunque en ellos se aniden. Los peces que viven en el mar tampoco dicen que éste les pertenece. Ustedes quieren decir que tienen este estanque, que es suyo, y yo lo que veo es que solo tienen avaricia, envidia y orgullo. Nosotras, las ancianas, no queremos vivir otra noche de rencor como la que acabamos de pasar. Por favor, acepten que todos podemos vivir aquí o venir a disfrutar de estas aguas como hasta ahora.

Pero las dos ranitas se sintieron ofendidas y se enojaron, así que respondieron con coraje:

- Pues si lo que dices es que no están a gusto con nosotras, nos iremos. ¡Seguro que encontraremos un estanque mejor que éste!

Las ranas y tortugas ancianas se entristecieron y trataron de detenerlas, de convencerlas de que este estanque es su hogar y el de todos:

- ¡No se vayan, por favor! Aquí hemos vivido siempre, nunca hemos salido de aquí porque no existe otro estanque en el bosque… ¿A dónde van a ir?

- A cualquier lugar, ¡Será mejor que aquí! – Reprocharon las dos ranitas.

- No se vayan, se van a arrepentir y lo más seguro es que no puedan sobrevivir más de un día fuera de aquí. – Insistió todavía la tortuga mayor, pero ya no la escucharon. Las dos ranitas iban brincando rumbo a los árboles del bosque con la energía y la ilusión de los jóvenes tras la aventura. Por primera vez en mucho tiempo, el estanque se sintió triste pero nadie las siguió: el único lugar seguro en este bosque es el estanque.

Las primeras horas fueron muy tranquilas, los alrededores del estanque eran frondosos, húmedos y llenos de vida, así que las dos ranitas marchaban felices brincando y croando con gran entusiasmo.


Pasado el mediodía, con el calor del sol cada vez más fuerte sobre sus espaldas, se terminó la cordialidad y comenzaron a discutir entre ellas. Viendo que difícilmente podrían ponerse de acuerdo, hicieron un pacto: Cada una avanzaría por su lado en direcciones opuestas y en tres días más se volverían a encontrar en ese mismo sitio para platicarse acerca del mejor lugar que encontraron para vivir, después ambas se irían al lugar que les gustara más. Así fue. Una marchó por los claros del bosque, alejándose del centro y la otra se fue hacia el lado contrario, internándose más en la vegetación.

El camino fue difícil para las dos. Los pájaros y gatos salvajes trataron de atraparlas más de una vez, con frecuencia encontraban cerrados los caminos y tenían que hacer grandes rodeos para avanzar, pasaron hambres en lugares donde escaseaban los insectos o donde éstos eran tan agresivos que las atacaban a ellas primero… En fin, cada una por su lado llegó a pensar que estaba equivocada y que las viejitas sabias tenían razón. Claro que las dos, cada una por su cuenta, retomó su camino con más ganas después de recordar a las viejitas. Al fin y al cabo lo único que llevaban era su orgullo y eso las hacía avanzar.

Sucedió que al amanecer del tercer día la ranita que se había ido alejando del centro llegó al final del bosque y se encontró cara a cara con el desierto árido donde solamente había cactus, huizaches y espinas por todas partes. Por más que forzaba la vista no se veía agua, solamente rocas y los rayos del sol no calentaban rico, más bien caían convertidos en un calor que quemaba. La ranita volvió a pensar que podía haberse equivocado y que aún podría regresar al estanque y disculparse con las viejitas sabias, pero con este simple pensamiento su corazón se llenó de enojo y nuevamente dejó le brotara el orgullo: “¡Seguiré adelante!”, pensó y comenzó a brincar sobre la tierra seca, cuidando que no la viera ningún pájaro, pues no había árboles ni plantas que la cubrieran.

Al poco tiempo, cansada y casi deshidratada por tanto sol, se detuvo a descansar a la sombra de un gran huizache, espiando al cielo todo el tiempo para asegurarse que no se la llevara un ave. Pero en una tierra distinta a la suya también los enemigos son diferentes, así que cuando se dio cuenta ya había sido atrapada por una víbora hambrienta. En sus últimos momentos se dio cuenta de lo terca que había sido y dejando a un lado su orgullo, sintió vergüenza… 

“¡Ah, si le hubiera hecho caso a las viejitas!” “¿Cómo le habrá ido a mi amiga?”


La tarde de ese mismo día, la otra ranita se detuvo asustada ante un gran muro de rocas y musgo. Donde ella estaba el ambiente se sentía cargado de humedad y todo el día había estado brincando de un lado para otro esquivando pájaros y gatos salvajes, pues aquí los hay por montones, ya ni siquiera intenta contarlos de tantos que son. Y ahora esto. No puede avanzar, pues si sube a esa muralla de roca la verán los pájaros y se la comerían, pero tampoco puede regresar ni quedarse ahí parada, pues los gatos acechan y se van acercando entre la espesa vegetación. Tiene que tomar una decisión. En ese momento se acuerda de las viejitas sabias y piensa que hubiera sido mejor quedarse en el estanque, tal vez hasta podría, si escapa con vida, regresar y disculparse… Pero no… Ese solo pensamiento es suficiente para que se le revuelva el estómago y de inmediato se arrepiente de haber pensado en volver… “¡Seguiré adelante!”

De pronto las hierbas se agitan violentamente y la ranita escucha el ronquido de dos gatos que se lanzan contra ella. No es tiempo de pensar y sin dudarlo brinca al muro y sigue brincando, escalando entre el musgo resbaloso que no deja subir a los gatos. Pero el verde llamativo de su espalda es un imán para los ojos de los pájaros que revolotean en los árboles cercanos y se dejan caer sobre ella, que ahora rebota entre las piedras como pelota de goma. Es muy ágil y ligera, tiene buenos reflejos, pero sabe que se va a cansar rápido, y entonces… pero resulta que todavía no es su última hora, casi por azar cae en un hueco entre las piedras y se desliza por él. Allá afuera se queda el ruido pavoroso de las alas golpeteando y los gruñidos de los gatos, pero la ranita ya no se detiene. Continúa internándose en esa cueva, asustada y nerviosa, los latidos de su corazón se oyen con gran fuerza y le da más miedo que aparezca otro animal en esa cueva, atraído por el ruido de sus latidos y su respiración agitada.

Pronto descubre que no está en una cueva, sino en un túnel, allá abajo se ve una luz que le muestra la salida y se acerca a ella, pero no se atreve a salir. Antes de llegar se detiene y pone atención a los olores y sonidos que llegan del exterior, no quiere más sustos. Y en efecto, se oyen cosas raras, hay un suave rugido que no se calla ni un solo instante, le recuerda al agua del viejo estanque, pero aquella no hacía ruido. Después puso atención a los olores frescos, vivos. En un momento le cayó encima todo el cansancio de estos días de fatiga y decidió lanzarse afuera. Entonces encontró el río y avanzó hacia él, como hipnotizada.

¡Era tan bonito! Nunca había visto que el agua se moviera, solamente en los días lluviosos, pero esto era diferente, aquí el agua jugaba con las ranas, los peces, las tortugas, los insectos… Recorrió el lugar, calmó su hambre con algunos mosquitos descuidados y respiró muy hondo, satisfecha. Una voz en su oído izquierdo la saludó:


- ¡Hola! Tú no eres de por aquí, ¿verdad?

Sorprendida, la ranita volteó y se encontró con varias ranas como ella que la observaban con curiosidad. Sin saber qué hacer, solamente respondió:

- No, no soy de aquí, vengo del estanque que está en el centro del bosque… Pero me gustaría quedarme aquí, ¿con quién puedo hablar para pedirle permiso?

Todas las ranas rieron divertidas con la ocurrencia de la ranita recién llegada.

- ¿Te imaginas si tuviéramos que pedir permiso para vivir? ¡Qué cosa más loca! ¡Como si el río fuera de alguien!

Todavía asombrada, la ranita recién llegada miraba suplicante a todas las demás y solo se atrevió a preguntar:

- ¿Entonces...?

- ¡Bienvenida, déjate de cosas! ¿Qué, así son todas las ranas en tu estanque?

- No. Allá también son como ustedes… ¡Ojalá pudieran venir a conocer este lugar tan bonito!

El sol comienza a esconderse y con él se va yendo este día agitado, nuestra amiga ranita se queda sentada entre el río y una gran roca redonda, haciendo un repaso de su sueño de ser la dueña del estanque, de su viaje tan arriesgado, de su amiga a la que ya no podrá encontrar porque no se atrevería a viajar de nuevo por ese bosque lleno de animales come-ranas y finalmente sus recuerdos se detienen en las viejitas sabias. Ya no tiene coraje, ni orgullo. Por un momento sintió vergüenza de su egoísmo, pero ahora solamente siente paz.

Pudo hacerlo. Encontró un hogar, tiene una nueva familia y lo único que lamenta es haber dejado a todos sus amigos por pura soberbia. Le costó muy caro encontrar un lugar para vivir.

Mirando el reflejo de la luna en las aguas siempre inquietas del río se le escapa un suspiro y dedica dos últimos pensamientos a su estanque:

“¡Ah, si le hubiera hecho caso a las viejitas!” “¿Cómo le habrá ido a mi amiga?”

Después brinca sobre una rama que roza la superficie del agua y se une al coro de ranas croadoras en el río que alimenta al bosque.

En el estanque, dos ranas lloran la partida de sus hijas, están de luto y saben que nunca regresarán porque así lo han dicho las viejitas sabias: No existe otro lugar para las ranas fuera de ese estanque, y esa es la moraleja de esta historia. O al menos eso creen las viejitas sabias.

El estanque sonríe con la ingenuidad de las ancianas, sabe que todas las historias tienen más de una moraleja, depende de cuál personaje sea el que la diga. Pero el estanque no dice nada, se queda quieto y disfruta la candorosa compañía de sus ranitas, sus tortugas, sus mariposas y todos los demás.

F I N

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"Aquellos que no se arriesgan no sufrirán derrotas, sin embargo, nunca tendrán victorias"
(Richard Nixon)



Muchas veces escuchamos que este mundo es de los audaces y que siempre debemos arriesgarnos por nuestros sueños. Otras veces nos dicen que cada quién habla según como le va en la feria, y eso quiere decir que cada uno puede vivir de manera diferente una misma experiencia. De hecho lo que para unos es muy arriesgado y difícil, para otros puede ser una actividad cotidiana. Y para una misma persona, una misma experiencia tiene significado diferente en distintos momentos de su vida.

El caso es que no hay garantías. Sí hay que hacerle caso al corazón y a nuestros deseos para tratar de alcanzarlos, si no, alguien terminará pagándonos por ponernos a hacer realidad sus sueños o los de otra gente. 

Luchar por tus sueños funcionará mejor si te das la oportunidad de medir el riesgo que se va a tomar para reducirlo en la medida de lo posible. 

También ayuda mucho hacerlo por ti y no por impresionar o por demostrarle algo a otros.

Además, sirve bastante ser flexibles para conseguir nuestro objetivo: si nos aferramos eternamente a la primera opción que tuvimos sin hacer caso a las señales que la vida nos va dando, podemos dejar pasar muchas oportunidades.

Una última recomendación: Lucha por tus sueños con humildad, dejando la soberbia guardada para poder dar y pedir ayuda cada vez que sea necesario. 

Aún así no hay garantías, pero sí hay más probabilidades de aprender y de que nuestra visión del mundo se haga más amplia que cuando decidimos no arriesgarnos a hacer lo que nos gusta hacer.

Hasta luego.

En el presente

  Si buscamos la felicidad en el pasado el presente pierde sentido y el futuro asusta, la vida está en el presente. Es gratificante haber ...