Todos estamos expuestos a un bombardeo constante de mensajes que se van volviendo parte de nuestra nube cotidiana de pensamientos, ideas y creencias, chicos y grandes absorbemos como esponjas los anuncios que, como si fueran juglares, exhiben los mercadólogos, publicistas, comentadores, reporteros... hasta los maestros y sacerdotes le dedican un tiempo a su papel de merolicos, apoyando tal o cual producto o persona. Nosotros somos el recipiente del mensaje principal, ése que promete ser el secreto de la felicidad y que invariablemente apunta a algunos conceptos como estos: Individualismo: Sé libre, sé tú mismo. Juventud, ¡ojalá toda mi vida fuera joven! Miedo (y desprecio) por los adultos mayores, y ni pensar en que uno mismo pueda llegar a tener arrugas, canas y otras señales de envejecimiento. Éxito instantáneo... ¿Para qué esforzarse? ¿Qué sentido tiene estudiar muchos años, o durar años en un proyecto o trabajo? Más individualismo: Egoísmo, egocentrismo, todo se ...