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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Yiyo está en el orfanato (Cuento)

"...le encantaba sentir que le ayudaban por el puro gusto de ayudar..."
(hemebe)

Yiyo se sienta en una banquita a la sombra de un árbol viendo cómo llegan los papás y los tíos para llevarse a sus niños. Regados en las demás bancas y en los pasillos hay muchos niños más, todos muy limpios y arreglados para salir, hoy no se ve a ningún pequeño jugando ni corriendo, porque tienen miedo de ensuciarse. Es el fin de semana en que los papás o familiares pueden venir a ver a su niño y algunos de estos hasta pueden salir e irse a pasar unos días en casa para regresar el lunes todavía con su carita de ilusión a platicar, casi presumir, su aventura fuera del orfanato. Algunos otros no salen pero ven a su familia y pasan con ellos la tarde.

Yiyo mira el desfile de adultos que salen con un niño de la mano mientras la tarde se va y después él también se va pero hacia adentro pensando que no importa tanto, porque al cabo que siempre se queda algún otro niño y tienen todos los juegos para ellos solos. Esta vez se quedaron 3 niños, con él ya son 4 y más tarde, cuando se hayan apagado las luces, se juntarán en el dormitorio a platicar sus cosas en voz baja como cómplices que son, porque esa noche los cuatro son “quedados”.

Al siguiente lunes me platica cómo estuvo su fin de semana, como hace siempre, y lo que más me gusta es que siempre que me cuenta cómo estuvo su tarde del viernes esperando ver llegar a su tía, se le iluminan los ojitos y sonríe con mucha alegría diciendo “¡Esta vez casi llegó! De veras, algo le pasó y no pudo, pero casi llegó…”.

Yiyo tiene un álbum de fotos muy bien cuidado, de todas sus páginas, las primeras 4 lo muestran como bebé rodeado de otras caras sonrientes en una casa muy iluminada, “Ella es mi mamá y el de la camisa azul es mi papá” dice, “yo no los conocí, cuando mi mamá murió mi papá se fue a trabajar bien duro para mantenerme, que porque un hombre no puede criar solo a un niño. Y se fue”. En otra foto una chica lo tiene abrazado, “es mi tía, es hermana de mi mamá y con ella estuve hasta que cumplí 6 años… es muy buena y me trataba muy bien”.

Luego se acaba el recreo y regresamos al salón, a las clases. En el salón casi no platico con él, me junto con Juan y Francisco el “Gringo”, que le dicen así porque tiene los ojos azules. Nos conocemos desde hace mucho tiempo porque somos vecinos. Nosotros no vivimos aquí, solamente nos dejan venir a la escuela y cuando terminan las clases nos vamos a la casa a comer y a hacer otras cosas. Es lo normal. Salimos y nos vamos, caminamos media hora o más hasta que cada quién se queda en su casa. Yiyo siempre se queda en el orfanato porque ahí vive, esa es su casa.

Un día, cuando mi hermana me estaba ayudando a hacer la tarea, le conté que existía Yiyo y que vivía en el orfanato y también le dije que él siempre esperaba que su tía fuera a verlo y que hasta ahorita nunca había ido por él, ni siquiera a visitarlo. Mi hermana no me quería creer, pero cuando vio que era cierto me dio un paquetito de dulces de los que mi mamá vendía en su fonda y me encargó que se los diera a Yiyo. Al otro día, en el recreo le di sus dulces y Yiyo nada más se comió uno y guardó todos los demás, ¡ni siquiera me convidó uno!

Otro día Yiyo me preguntó por mi hermana y yo le pregunté que cuál hermana porque tengo tres. A Yiyo le dio mucho gusto saber que yo tenía más hermanas y me preguntó que si todas eran iguales a la que le dio los dulces. Después de pensarlo un rato no encontré mucha diferencia entre mis hermanas y le dije que sí, que eran iguales. Les mandó saludos a todas y me dijo que le gustaría conocerlas. Cuando le conté a mi hermana, ella me prestó un álbum de fotos que todavía no estaba lleno y me dijo que se lo mostrara pero con mucho cuidado de no perder ni una foto ¡y que no se diera cuenta mi mamá! Al siguiente día nos pasamos todo el recreo viendo el álbum. Mi familia es grande, en las fotos donde estamos todos los hermanos y hermanas parece que ahí está una pandilla completa y eso era algo que Yiyo no podía entender. Decía que yo debería ser muy feliz con tanta gente de mi propia familia alrededor. Y yo pensaba que “Pues sí, claro. ¿Por qué se le ocurren esas cosas?”

Una tarde Yiyo nos alcanzó cuando iba con mis amigos a la puerta de salida y me preguntó si lo podía llevar conmigo. No le vi mayor problema y le pedí que nos acompañara, pero él me recordó que era interno y no podía salir más que acompañado de un adulto de su familia y con autorización del director, “¿Y entonces? ¿Qué hacemos?”. Yiyo ya tenía un plan, le pidió a Juan y al Gringo que se llevaran mi mochila y que se esperaran en la esquina del orfanato pero en la banqueta de enfrente, y a mí me pidió que lo acompañara porque sabía cómo salir a escondidas pero le daba miedo ir solo, así que me fui con él. El orfanato era un lugar muy grande, con unos campos llenos de pasto y árboles que me gustaban mucho; en un extremo de ese pedazo de campo estaba la escuela, la iglesia, el auditorio y los juegos, al otro lado del campo estaba el edificio de los dormitorios, a donde nunca me metí porque según lo que decían, si entrabas ahí te tenías que quedar a vivir con los niños internados, ¡no manchen! Eso me asustaba. Total que alrededor de todo el orfanato había una reja de alambre, y casi en la esquina opuesta al camino que nos llevaba a casa, había un agujero grandísimo disimulado con unos arbustos. Pasamos como si fuera una puerta, nos aseguramos que las plantas cubrieran ese pasadizo y comenzamos a correr a donde estaban Juan y Gringo esperándonos.

La primera vez que llegó Yiyo a la casa fue como una fiesta. Mis hermanas estaban preparando lonches de jamón, de salchicha, de huevo y de frijoles para vender a la hora de la cena, y le dieron a Yiyo el más grande y sabroso de todos, con su refresco ¡a mí no me dejaban tomar refresco entre semana! Pero ese día sí tomamos todos, y a cada hermano que iba entrando yo le decía “mira, él es Yiyo” y lo saludaban como si ya lo conocieran acariciándole los cachetes o diciéndole algo chistoso. Estábamos felices. A las siete Yiyo se levantó asustado y dijo que ya se tenía que ir porque a las 8:00 pasaban lista antes de cenar y el orfanato estaba muy lejos, le dije que yo lo acompañaba y mi hermano mayor decidió ayudarnos llevándonos en su bicicleta “¡qué lujo!” pensó Yiyo. Y todavía más, mi hermana salió con un muñeco grandote de “Topo Yiyo” que tenía desde hacía mucho tiempo y se lo regaló a Yiyo diciéndole “se parece a ti, llévatelo”. En la bici no tardamos mucho en llegar, Yiyo se metió corriendo y nosotros regresamos a casa callados pero contentos.

Esa fue la primera, después hubo muchas veces más. 2 o 3 veces por semana Yiyo llegaba conmigo a la casa y aunque no siempre le daban su lonche sí comíamos algo y jugábamos, pero lo que más le gustaba era sentarse a hacer la tarea porque mi hermana se sentaba con nosotros a ayudarnos. A Yiyo le encantaba sentir que le ayudaban por el puro gusto de ayudar. Los días que Yiyo iba a la casa mi hermano nos esperaba afuera de la escuela en su bici. Era un campeón de la bicicleta: llegó a pasear a 5 niños al mismo tiempo sin que ninguno se cayera, y sin cansarse.

Nunca nos visitó durante un fin de semana, los lunes yo le platicaba lo que habíamos hecho en mi casa o con mi abuelita y Yiyo se emocionaba como si hubiera estado ahí. De repente, muy de vez en cuando, me platicaba que su tía no había ido por él.

Sería mayo o junio, ya casi para terminar el año, cuando mi papá nos dijo que nos íbamos a cambiar de casa a una colonia alejada de nuestros rumbos y que íbamos a estar mejor. La idea no me entusiasmó mucho, ¿para qué cambiarnos de casa? Yo aquí vivía muy a gusto, tenía mis amigos, salía a jugar, iba a la escuela… ¿Qué me hacía falta? ¡Nada!

El siguiente domingo mi hermano mayor me pidió que lo acompañara y salí con él. Esta vez no fuimos en su bici, tomamos un camión y nos fuimos sentados. Yo casi nunca me subía a un camión porque no tenía ningún lugar a dónde ir, así que iba contento y emocionado, era como una aventura ir solo con mi hermano viendo las casas, los parques, los carros, la gente ¡esas ventanas parecían una tele! Se veía de todo asomándose por ellas. Al final nos bajamos frente a un parque muy grande y lleno de plantas y árboles. Me gustó y seguí a mi hermano caminando por fuera de este parque, lo fuimos rodeando y de pronto se detuvo y yo junto a él. Me mostró una casa blanca con adornos rojos y ventanas muy grandes y me dijo con orgullo “aquí vamos a vivir”. ¡Qué hermosa casa! Nada que ver con el techo de lámina y la sala con un gran hueco en vez de ventana que había en la casa donde estábamos viviendo todavía… ¡esta sí era una casa! Y con ese parque tan grande enfrente ya no hubo duda: era urgente mudarnos a esta casa.

Regresando a mi casa comenté con mis hermanos más chicos de la casa imaginándomela como un palacio por dentro, ya que solamente conocí la fachada. Mis hermanos más chicos estaban igual de emocionados que yo y los mayores, un poco más tranquilos, también estaban contentos porque ese cambio de casa significaba cambiar nuestra forma de vernos a nosotros mismos, aunque en ese momento no lo entendíamos así, simplemente nos gustaba y punto.

En el recreo del lunes siguiente Yiyo y yo estuvimos platicando, le platiqué muy gustoso acerca de la nueva casa. Esta vez yo era el que tenía los ojitos brillantes y la sonrisa con esa esperanza que dice “¡ya casi!”, estaba tan feliz que no me di cuenta que Yiyo nada más me escuchaba sin hablar ni decirme nada. Y aunque me hubiera dado cuenta creo que hubiera seguido diciéndole lo emocionado que estaba con ese cambio. Cuando se acabó el recreo, antes de regresar al salón, Yiyo se animó a preguntarme “¿y está lejos tu nueva casa?” “¡Huy, sí! Ni siquiera sé cómo llegar, pero ya que sepa te digo, ¿va?”. Yiyo no dijo nada, seguramente pensó “¿Para qué? Si está lejos no voy a alcanzar a ir y venir en el rato que puedo salirme en la tarde”.

Las semanas que faltaban para que terminara el año fueron muy raras, a mí me parecía que el tiempo avanzaba muy, muy lento y Yiyo al revés, decía que se le estaban yendo muy rápido los días. Iba más seguido a la casa, casi todos los días, pero ya no jugaba tanto como antes. Prefería platicar con nosotros, a veces con todos y a veces de a uno por uno. Mi mamá siempre estaba en la cocina y él se sentaba junto a ella a preguntarle cosas secretas de sus comidas, de su familia y de sus recuerdos. Cundo se arriesgaba más se quedaba casi hasta las ocho para platicar un rato con mi papá, y mi papá siempre tenía una palabra cariñosa para él. Después lo llevábamos al orfanato y él ya no corría hacia el comedor como antes, se quedaba parado muy serio viéndonos hasta que llegábamos a la esquina o hasta que los carros que pasaban por la calle nos impedían vernos. Lo queríamos.

Se acabó la escuela y dejé de ir, el orfanato daba vacaciones a los niños que tenían la suerte de ser recogidos por sus familias y a los externos como yo. De vez en cuando íbamos a ver a Yiyo, a veces nada más mi hermano mayor y yo, a veces con alguien más. En cada visita programábamos la siguiente porque en aquellos días no había celulares para ponernos de acuerdo desde lejos. Él también se escapaba cuando podía y llegaba de sorpresa a la casa, se quedaba un buen rato y después lo llevábamos. Mi casa se veía distinta, muchas cosas ya no estaban a la vista porque las teníamos guardadas en cajas de cartón y en bolsas muy grandes. Así estuvimos hasta que un día le avisamos que el viernes de esa semana nos mudaríamos. Yiyo se echó a llorar y se sentó en la sala hecho bolita, no supimos qué hacer y ahí lo dejamos hasta que mi mamá llegó y le ayudó a levantarse para llevarlo a la cocina y darle de cenar. Platicaron, hablaron mucho rato no sé de qué, ninguno de los dos me contó.

La siguiente vez que fue con nosotros Yiyo llevaba su álbum de fotos con sus 4 páginas llenas, se las enseñó a mi mamá y a todos, nosotros le mostramos fotos nuestras, lo dejamos escoger las que quisiera y lo vimos acomodar con mucho cuidado sus fotos en las hojas vacías. Cuando se fue ya tenía más de la mitad de su álbum llena de imágenes. También llevaba fotos de nuestra gata y del perro.

Yiyo dijo que ya no lo íbamos a ver, que no quería vernos partir. El viernes se quedó en el orfanato haciendo sus quehaceres y mirando las fotos de su álbum. Toda la mañana estuvo imaginando cómo estaríamos guardando nuestras cosas y dejando vacía la casa, eso lo ponía muy triste y aunque trataba de distraerse no podía dejar de preguntarse si nos estaríamos acordando de él.

Prácticamente no había nada en la casa, a mí me agarró un poquito de nostalgia cuando vi los cuartos solos de muebles y gente, pero antes de ponerme triste escuché a mis hermanos gritando muy contentos y saludando a Yiyo, que siempre sí se animó a venir, cuando me asomé afuera, mi papá lo estaba abrazando y Yiyo levantaba en su mano derecha el juguete de Topo Yiyo que le había regalado mi hermana aquel primer día que se vieron, después vi que también traía su álbum de fotos. Se quedó a ayudarnos mientras cada uno le escribía algo en su álbum y en su muñeco. Antes de irnos mi hermano iba a bajar su bici para llevarlo pero Yiyo no quiso, quería estar ahí cuando el camión de la mudanza saliera y se llevara a su familia amiga. Nos despedimos muchas veces, no podíamos terminar hasta que mi papá dijo muy serio que ya era la hora, así que nos dimos un abrazo y nos prometimos que nos volveríamos a ver.

Mi última imagen de Yiyo es la de un niño llorando de pie frente a la casa vacía, con un Topo Yiyo de juguete en una mano y un librito de fotos en la otra, no lo vimos moverse de ahí y durante el viaje íbamos tristes, pensando cómo estaría él en su camino de regreso al orfanato. Pero al llegar a la nueva casa se nos olvidó.

Por las noches a veces me ponía muy triste acordándome de Yiyo. Lo peor es que en la nueva casa también hubo otros cambios, por ejemplo mi hermano empezó a trabajar y no tenía tiempo para llevarme al orfanato. Empezó el cuarto año y entré a una escuela cerca de mi casa, ahí no había internos, todos los niños salíamos y nos íbamos cada quien con su familia gritando y jugando. Y eso me hacía acordarme más de Yiyo. Apenas entonces empecé a entender lo solo que él estaba allá internado, y me daban muchas ganas de ir a verlo. Pero no fui.

Habrían pasado 10 años tal vez cuando me detuvo a la salida de mi trabajo un chavo que estaba parado junto a su bicicleta y al verme me gritó por mi nombre, yo me sorprendí porque no lo reconocía aunque me veía con su cara sonriente, con barba y unos brillantes ojos azules, entonces se presentó todavía riendo “soy el Gringo, ya vi que no te acuerdas de mí”. ¡El Gringo! Uf, ¡cuánto tiempo y cuántos recuerdos!, me platicó que Yiyo siguió escapándose del orfanato durante un tiempo y llegaba a la casa abandonada donde antes viví con mi familia, que a veces él y Juan salían y estaban un rato con él y que después los desalojaron y derribaron las casas para hacer un centro comercial. Según él, si yo voy a ese centro debo ubicar la sección frutas y verduras, porque ahí es donde estaban nuestras casas. A partir de ahí le perdió la pista al Yiyo, pero me contó que hace 3 años empezó a trabajar y que se hizo el propósito de regalar algo a los niños del orfanato cada fin de año, para la Navidad, y desde el primer año volvió a encontrar a Yiyo ahí adentro.


No debe haber internos de 18 años o más, pues se supone que los preparan para que salgan a hacer su vida, pero en una de sus escapadas a Yiyo lo atropelló un carro en la Av. Tepeyac y le fue muy mal. Estuvo mucho tiempo en un hospital sin que nadie lo buscara, en el orfanato pensaron que se había escapado y no se imaginaban que se hubiera accidentado. Pero llegó un día en que pudo hablar y fue así como pudo regresar al orfanato, nada más que no puede caminar. Gringo se calló un momento, yo estaba sollozando y creo que le pareció prudente dejarme sacar eso antes de seguir. Después me dijo muy serio “Tiene su muñeco de Topo Yiyo y sus fotos en su cuarto, pregunta por ti cada vez que lo vemos, porque han ido otros amigos de nuestra generación. ¿Quieres ir a verlo?”. ¡Por supuesto que quería ir a verlo! Ahora no tenía la excusa de que no tenía quién me llevara, el tiempo me había enseñado a moverme solo y ahí estaba Gringo sonriente y diciendo con tranquilidad “La verdad es que Yiyo no quería salir de ahí, estaba muy a gusto como interno. Cuando quieras vamos, o vas tú solo. Yiyo está en el orfanato”.

Hasta luego.

martes, 1 de noviembre de 2016

¡Se acaba el kinder! (Cuento)

"La gente se arregla todos los días el cabello. ¿Por qué no el corazón?"
(Proverbio chino)

No sé si es historia o cuento, pero hoy quiero compartir esto que acabo de escribir:

A mis 6 años cumplidos apenas hace 3 meses, me angustia saber que está por terminar el ciclo escolar ¡se va a terminar el kinder! Siendo un niño muy sentimental, estoy muy encariñado con mis amigos y mi maestra, también con la maestra del otro grupo, la conozco bien: muy seguido me quedo en su salón para jugar con mis vecinos, además su salón es más bonito que el mío porque es circular y está en medio del jardín; mi salón es cuadrado y está en un pasillo recto y aburrido. Pero siempre, después del recreo, llega mi maestra o alguien de mi grupo para sacarme de ese salón redondo y llevarme al cuadrado. También en mi salón tengo amigos, jugamos a los cochecitos, hacemos dibujos, cuando hay pelota jugamos pelota y a veces nada más platicamos. A todos nos gustan las caricaturas y todos estamos seguros de que vamos a hacer algo muy importante cuando seamos grandes. Mis amigos y yo la pasamos bien, somos buenos para correr y para armar rompecabezas, aunque creo que yo soy más bueno que ellos.



Hay días tristes, como éste en que tengo un poco de gripe y me quedo sentado junto a la pared llena de pasto, vacas, pollos, mariposas y un cielo azul, muy azul, tan azul que no me convence porque yo creo que el cielo no puede ser tan azul, por eso mejor miro hacia abajo donde está el pasto y los animales con sus colores de verdad. Pero sigo triste, tengo gripe y el kinder se va a acabar pronto, ya no voy a ver a mis amigos ni a la maestra ni a este salón cuadrado con sus ventanas altas y cuadradas también. Y lo que me tiene más triste es que ya no voy a ver a Bety, porque ella es la niña que yo más quiero, es el amor de mi vida y nunca voy a querer a nadie más que a ella, y ella dice que también soy el amor de su vida y que nunca va a querer a nadie más que a mí. Me lo dice casi a diario cuando nos quedamos solos en el patio, porque casi todos los días somos los últimos en salir y eso está bien para pasar más rato con ella. La maestra nos da refresco o jugo o galletas o algún dulce y nosotros nos vamos al jardín o a una banca o a caminar y no nos damos cuenta de que ya no hay más niños ni de nada, solo jugamos a ver a cuál de los dos recogerán primero. Mis hermanas aparecen casi siempre antes que sus papás, pero ha llegado a ocurrir que llegan ellos primero algunas ocasiones y por eso los conozco. La mamá de Bety también es bonita.

¡Se va a acabar el kinder! En mi casa también estoy triste pensando en eso y ya ni me acuerdo que tenía gripe pero no me siento bien. Mi papá es un señor de cuarenta años que me toma muy en serio y se da cuenta que no estoy bien. Me gusta mi papá porque me pregunta cosas mías cuando estoy solo, así le puedo platicar a gusto, sin preocuparme porque mis hermanos se vayan a reír de mí o vayan a opinar sin saber ni de qué hablo. Por eso cuando me pregunta que si estoy triste le digo que sí, y cuando me pregunta que qué me tiene triste le confieso que es porque el kinder se va a acabar y ya no voy a ver a Bety, que es el amor de mi vida y está acostumbrada a que todos los días platicamos y jugamos. Mi papá se queda callado un rato mirándome, después voltea hacia la sala, y más allá de la sala se ve el jardín con las plantas que mi mamá cuida a diario. Ahí están mis hermanos también, yo creo que han de estar jugando. Mi papá vuelve a mirarme y me pregunta con mucha seriedad quién es Bety. Yo pienso que si tuviera tiempo de ir a recogerme algún día a la salida de la escuela entendería por qué me siento triste de ya no poder verla cuando termine el kinder, pero él es un señor muy trabajador y no va a poder ir a recogerme, así que le pregunto con toda la seriedad que puedo si él cree que yo tengo novia o no. Él me dice que cree que no, y yo le confirmo con mucho orgullo que sí tengo y que es Bety. En realidad yo tampoco sabía que Bety y yo somos novios, pero justo en ese momento tomé la decisión de que es la mujer indicada y ya mañana se lo diré en el kinder.


Pájaros de colores juegan a ser flores correteando en el jardín, allá arriba nubes blancas son grandes buques navegando el cielo y su blancura se va derritiendo para hacer más claro el fondo azul, bolitas de colores lo cruzan aleteando traviesas, cuando volteo al jardín las flores ya volaron. Me acuerdo cuando veía la pared de mi salón y pensaba que el cielo no puede ser tan azul. 

Desde que salí del kinder casi todos los días me paro un rato aquí afuera de la escuela y la descubro con más color que antes, que todo el tiempo y todo el resto del mundo. Me gusta salir a la tienda y hacerle los mandados a mi mamá porque así puedo desviarme tantito para asomarme por la reja, nunca había notado que la escuela parece otra cuando no hay clases ¡está tan sola! Ya sé que no están mis amigos y que todos los que estábamos aquí iremos a distintas primarias, pero ¿y si a Bety se le ocurre venir y asomarse al kinder? Casi todos los días vengo a quedarme un rato junto a la reja, un ojo hacia dentro y el otro hacia la calle por si la veo venir, después me acuerdo del mandado para mi mamá o me alcanza alguno de mis hermanos para recordármelo y me voy, pero me llevo a Bety conmigo, no la quiero dejar. Cuando estábamos en el kinder nunca la dejaba y tampoco dejaba que se le acercaran otros niños, a cualquier niño que tratara de quedarse junto a Bety lo hacía que se quitara o de plano lo corría. Tal vez a Bety le hubiera caído bien tener otros amigos, no lo sé, pero entonces yo estaba seguro que si me tenía a mí debía ser suficiente.



Mi familia me habla mucho de la primaria, dicen que es una escuela muy bonita y que me va a gustar mucho, me insisten que ya soy niño grande y que voy a conocer a otros amigos y amigas. Creo que lo hacen de buena intención, los escucho y no me preocupa mucho eso de entrar a la primaria, es algo que de todos modos va a pasar. Mis vecinos me buscan para jugar y a veces me voy con ellos un buen rato, llegamos a pasarnos toda la tarde jugando, de repente. Ya perdí la cuenta de los días que han pasado, pero son muchísimos ¡más de diez! estas vacaciones parece que no se van a terminar. 

Esta tarde después de trabajar mi papá me invita a salir con él en la bici y de inmediato le digo que sí, me gusta mucho ir con él porque me escucha y me hace caso, además puedo correr con suerte y en una de esas me compra un dulce o algo. Mi papá pedalea lento y le gusta platicar mientras se mueve entre los carros y las calles, hablamos de muchas cosas que ni me acuerdo, siempre me acuerdo más de que me siento muy a gusto con él, aunque se me olvide lo que decimos. Pero nuestra charla de hoy sí la voy a recordar porque de pronto se encamina hacia el kinder y cuando ya estamos cerca me pregunta que si lo extraño. Primero le digo que sí sin pensarlo, casi por puro reflejo. Después me quedo callado y cuando tenemos a la vista el kinder, sus paredes altas, su reja y su jardín después de la reja le digo que no es cierto, que no lo extraño; no extraño este edificio porque lo veo a diario, pero sí extraño mucho a Bety, y cuando digo esto casi estoy llorando. No quiero que mi papá me vea llorar pero no lo puedo evitar. Mi papá pregunta que si Bety es mi novia, la que le había dicho el otro día y entonces me doy cuenta que nunca le dije a ella que éramos novios y me pongo más triste: Bety no lo supo. Mi papá detiene su bici y se baja, después me baja y me compra un helado de nuez que tiene una mancha amarilla de vainilla por un lado y sabe bien.

Sentado junto a la bici con mi papá a un lado estoy mejor, hasta creo que soy más grande y más seguro. Mi papá se termina su helado antes que yo, es que yo saboreo los granitos de nuez y él se lo come muy rápido, no sé si le alcanza a agarrar sabor. Mientras saboreo mi helado papá me mira y de pronto, con un tono de mucha confianza le pregunto que si me puede llevar a ver a Bety. Yo alcanzo a notar que el rostro de mi papá cambia por un momento, casi puedo asegurar que no se esperaba esa pregunta, pero luego vuelve a sonreirme como casi siempre lo hace y me dice que sí, claro, y que nada más necesita que yo le diga cómo llegar. Yo creo que ahora él ve la sorpresa en mi cara, porque me pregunta que si sé donde vive Bety y yo le digo que sí, que ya es hora de irnos. Y ahí vamos por las calles de Chapalita, entre casas bastante grandes y majestuosas adornadas con carros nuevos, limpios y brillantes en sus cocheras. La casa de Bety es amarilla, de 2 pisos, con una reja blanca y tiene plantas junto a la puerta de entrada. Yo nunca la he visto pero Bety me lo dijo, así que no va a ser difícil encontrarla.



Nunca había notado que hay tantas casas amarillas con reja blanca. Ya casi va a oscurecer y mi papá no ha dejado de dar vueltas por estas calles en la bici. Lo bueno es que le gusta mucho andar en bici, pero yo estoy empezando a creer que no voy a dar con la casa de Bety y para acabarla parece que va a llover, ya se siente un airecito húmedo que corre entre los árboles jugando a sacudir sus ramas para ver cuántas hojas se les caen, allá arriba las nubes se amontonan tanto que ya no dejan pasar la luz del sol y se ven negras como si fueran la noche, pero nada más son la sombra del día que se está yendo. Yo salí sin sueter ni impermeable ni paraguas, mi papá tampoco trae nada para protegernos de la lluvia y nuestras ropas son delgadas, ¡urge regresar a casa! Las gotas de agua comienzan a caer y a nosotros nos faltan unas cuadras todavía para llegar, mi papá decide que mejor nos detengamos y estaciona su bicicleta afuera de una tiendita, a la que apenas alcanzamos a entrar antes de que se suelte fuerte la lluvia, yo me río adentro de la tienda, viendo cómo cae el agua ahí afuera con toda la fuerza del verano, aquí estamos secos y calientitos. Papá pide dos refrescos y mientras me tomo el mío, observo la casa que está allá enfrente, cruzando la calle, es amarilla, de dos pisos, con reja blanca y un jardín chiquitito junto a la puerta de entrada. Después de mucho rato la lluvia se calma, la calle ya está oscura y llena de charcos y yo estoy aburrido de estar ahí nada más viendo hacia afuera, el señor de la tienda nos regala dos bolsas grandes de plástico grueso y mi papá improvisa un par de algo parecido a un impermeable, así que ya estamos listos para irnos, pero justo en ese instante llega un auto a la casa de enfrente: Un auto grande de color oscuro, como el de los papás de Bety, le digo a mi papá que ése es su carro y él me dice que observe con cuidado para ver si la reconozco, el auto entra a la cochera, está techada y ahí sus ocupantes pueden bajar sin prisas: primero sale un perro de pelo largo anaranjado, después sale un niño más grande que yo, luego una muchacha más grande que el niño y de la puerta de adelante se asoma una señora de cabello negro y algo gordita, debe ser la mamá. El señor que iba manejando ha de ser el papá, también tiene el cabello oscuro y parece ser más grande que mi papá. Esta tampoco es la casa de Bety.

En la casa, cenando con un chocolatito caliente que hizo mi mamá, me pregunta mi papá que cómo estoy y como es mi costumbre le respondo en automático y sin pensar lo primero que se me ocurre: "Bien". Después le tomo a mi chocolate y me sorprendo pensando que de verdad estoy bien, me siento mucho mejor que como estaba esta mañana, allá parado fuera del kinder, hasta me siento más ligerito y como que descansé, a pesar de que estuvimos toda la tarde fuera de la casa y nos agarró la lluvia en la calle. Eso sí, me queda una nostalgia muy grande aquí adentro porque no encontré a Bety y eso significa que tal vez perderé para siempre al amor de mi vida, pero al mismo tiempo me siento satisfecho porque hoy hice todo lo posible por verla. ¿Ya no la encontraré? Creo que mi vida va a ser muy triste sin amor.


"Las cartas de amor se escriben empezando sin saber lo que se va a decir, y se terminan sin saber lo que se ha dicho."
(Jean Jacques Rousseau)

Entré a la primaria tal como tenía que pasar y seguí estudiando. He sido un hombre afortunado porque concluí también la secundaria, la prepa, la universidad y hasta hice un postgrado. Además he aprendido un montón de cosas que la vida enseña fuera de cualquier escuela a quien le hace caso, y todavía me falta aprender mucho más. Ahora soy un señor como lo fue mi papá hace muchos años, tengo mis hijos y cuando veo al más pequeño pienso si yo sería capaz de hacer por él algo como lo que hizo mi padre en aquella ocasión. Éramos una familia muy humilde, no teníamos carro pero él se animó a llevarme en su bicicleta a buscar a la niña que yo quería, aunque vivía en una zona residencial con un nivel económico muy alto, casas grandes, espacios amplios, autos nuevos, y otras señales hacían ver que él y yo estábamos fuera de lugar. Todavía me pregunto qué hubiera pasado si yo hubiera identificado la casa de Bety, pero me voy a morir con la duda de saber si sus papás la hubieran dejado salir a saludarme, así como mi papá me dejó ir a buscarla. 



Cuando recuerdo todo esto entiendo que en aquella ocasión no perdí al amor de mi vida, más bien aprendí que el amor tiene muchas formas de manifestarse, y que toda la vida ha estado conmigo. También he aprendido otras cosas:


La gente que te ama te apoya, aunque no esté de acuerdo en todo lo que quieras hacer.

Por más segura que parezca una relación, tal vez pases por una etapa de alejamiento, y si pusiste atención a las señales que la misma relación va dando, sabrás cómo y dónde buscar el acercamiento otra vez.

Cualquier problema es importante para quien lo está viviendo, aunque pueda parecer cosa de risa.

Cuando escuchas a una persona que te quiere y confía en ti (no importa si tiene 6 años o 60), ambos encuentran más entendimiento en su interior.

Si tomas con seriedad lo que te dicen los niños, esos niños aprenden también a tomarse en serio y desarrollan su propia seguridad y confianza.

Sentirse dueño de alguien y acaparar a esa persona no es amor, es egoísmo.

Cuando hay amor en el interior de una persona, lo transmite a los demás y eso ayuda a que más gente encuentre su propio amor en su interior.

Y tal vez una de las cosas más valiosas que aprendí es que el amor, en cualquiera de sus presentaciones, es importante en la vida de todas las personas, porque con amor puedo sentirme aceptado, tranquilo, seguro y ser parte de algo más grande que yo. Eso sentí cuando mi papá me compartió su amor en la búsqueda de Bety aquel día de verano.



Hasta luego.

lunes, 9 de marzo de 2015

A los padres les toca formar a sus hijos

"Es más fácil quejarse que tolerar, amenazar al niño que persuadirlo."
(San Juan Bosco)

Hagamos caso de nuestros hijos atendiéndolos a tiempo y de acuerdo a su edad:

Los niños pequeños son divinos. Admiran a sus papás hagan lo que hagan y digan lo que digan, se ven tiernos y están siempre llenos de curiosidad. Si van a guardería o los cuidan los abuelos pueden llegar a sorprendernos de tan bien portados que son y entonces los papás pueden llegar a la feliz conclusión de que criar a un hijo no es tan difícil y que los niños son más inteligentes de lo que ellos pensaban, pues con un mínimo esfuerzo han aprendido buenos hábitos, buenos modales y hasta se dan el lujo de decirle a los papás algunos buenos consejos sobre su cuidado personal. Los eventos escolares son de lucimiento y gracia total.


Los niños no tan pequeños ya no son tan divinos. Dejan de ir a la guardería para entrar a la primaria y muchas veces en esta etapa ya no son tan adorados tampoco por los abuelos, que por cierto merecen un poco de descanso (aunque algunos papás egoístas digan que qué mala onda sus papás y los tachan de egoístas porque ya no quieren cuidar a sus nietos como antes). Total que ya no hay quien atienda a esos niños con los cuidados y atenciones permanentes y ante la falta de constancia en casa, la educación recibida en la escuela va dejando de ser suficiente y los papás empiezan a pensar que “sabe qué habrá pasado con este niño (o niña), ¡si antes se portaba tan bien!”. Y lo que pasa es que han dejado un ambiente de amor y comprensión para pasar a uno de exigencia y cerrazón. Tal vez las maestras de la guardería o el preescolar tenían algo de razón cuando insistían en que los papás deberían involucrarse más, y no dejar tan aislado a su hijo (o a su hija). Pero muchos papás ni siquiera se acordarán de eso, simplemente le cargarán toda la responsabilidad a su hijo y seguirán sin entender por qué antes era tan bien portado (o portada) y ahora se ha vuelto tan “malo” (o "mala").

Conozco casos extremos en que los papás llegan a decir “éste nos salió mal pero ya estamos pensando en tener otro hijo, a ver si ése sí nos sale bueno”.


¿Es tan difícil descubrir que son precisamente los papás quienes van formando la autoestima de sus hijos? Si esos niños o niñas se sentían acompañados, escuchados y comprendidos en la escuela, con los abuelitos o cuando los papás vivían juntos, obviamente no se convirtieron en “malos”, sino que siguen necesitando aquello que les sirvió en sus primeros años de vida: Amor y aceptación. Pero no se los dan en casa.

"Hay dos legados perdurables que podemos transmitir a nuestros hijos: Uno son raíces, el otro son alas."
(Hodding Carter)

Cuando los niños dejan de ser niños, definitivamente les queda muy poco de divinos. Se convierten en adolescentes, si asumimos que los papás o las personas con las que se se han criado les dieron señales de amor y no solo de disciplina, estos niños llegaron a una adolescencia más autoafirmados que si hubieran crecido con el estigma de “tan bonito que era de chiquito, y ahora ve nomás en qué se ha convertido”. Todavía le queda otro reto por superar a los nuevos adolescentes (no, aquí no voy a decir “y adolescentas”, eso es una aberración y un insulto al idioma), y es que habrá algunos papás que comiencen a tratar a sus hijos de esta edad (más o menos a partir de los 12 años) como si ya fueran gente grande. ¡Vamos! Es volver a repetir la historia, como si ahora que salen de la primaria ya hubieran aprendido todo lo que necesitan de la vida en la escuela y cómodamente se pudieran despreocupar de sus hijos porque ya adquirieron suficiente criterio.

Pero no es así. En la adolescencia se va afirmando el pensamiento más realista por encima del pensamiento más fantasioso e imaginativo de la infancia, pero los muchachos adolescentes aún son chicos, no han terminado de formar su criterio y suelen necesitar apoyo para tomar sus decisiones más importantes. Ellos mismos ya no quieren estar tan apegados a sus papás y por ende forman alianzas más profundas con sus amigos, en estas alianzas a veces hay rebeldía hacia lo que han vivido en casa y en otras ocasiones hay una confirmación de los valores y creencias adquiridos, pero esto no significa que a los papás ya se les acabó su responsabilidad. Los adolescentes necesitan afirmar su propia personalidad y encontrar un modelo de quién y cómo quieren ser, por eso es muy importante hacerles saber que no están solos y que cuentan con su familia igual que siempre. No importa si su familia nuclear es solamente de una persona o si son 10, para el adolescente (y para todas las personas) es de vital importancia saber que forma parte de ese grupo, que se le quiere, se le ama y se le reconoce lo que está haciendo por su cuenta, que es escuchado y también que les interesa hablar sobre lo que hace, dice y piensa. De esta forma podrán ir asumiendo responsabilidades apropiadas a su edad y enfocar su camino hacia la juventud de una manera más creativa y productiva.

Eso sí: Si su hijo o hija ya tiene 25 años o más y lo siguen viendo como algo divino que no debe hacer nada ni esforzarse, estamos ante una situación crítica que deben solucionar los propios padres: A esa edad ya no son niños ni adolescentes, son adultos hechos y derechos, y si los papás permiten que vivan sin hacer algo productivo los están perjudicando y también se están perjudicando ellos mismos.

"Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo que tener un piano no lo vuelve pianista."
(Michael Levine)

Pero volviendo al tema de la infancia y la adolescencia, quiero recalcar que con cada cambio los niños pierden algo; si cambian de escuela pierden amistades, maestros, lazos afectivos y a veces proyectos con personas que aprecian. Si cambian de casa igual pero en una escala mayor porque prácticamente cambia todo su mundo, sobre todo si convivían mucho con familiares que después no podrán visitar con la misma frecuencia. Si los papás se separan también cambia todo su mundo, y más cuando uno de ellos o ambos dejan de demostrarle amor por involucrarlo en los problemas de pareja (los hijos no se deben “divorciar” de los padres), o cuando uno o ambos padres tratan de usar a los hijos para enviarle mensajes directos o indirectos a la ex pareja. Si fallece un ser querido, si nace un nuevo hermano (o hermana, aquí sí lo digo, je, je), si llega o se va una mascota…


En todos los cambios, los niños y adolescentes viven la situación de una manera muy distinta a como lo vivimos los adultos, y si para los grandes es difícil entender y manejar los sentimientos que se vienen con estas situaciones, para ellos es todavía más complicado y les será de gran ayuda ser escuchados en sus dudas, sus reflexiones, sus miedos y sus conclusiones personales (tratarán de explicarse lo que ocurre, a su manera). SI no ocurre que haya esta comunicación con la gente adulta que los cuida, podrían quedarse con explicaciones fantasiosas o mágicas del mundo donde habitan, y esas creencias pueden quedarse por mucho tiempo, aún siendo adultos.

Los papás son los responsables de formar a los hijos, no las escuelas ni los parientes. Si en algún momento se sorprenden pensando “¿qué le habrá pasado a mi hijo (o hija), si antes era tan buena persona y ahora ya no?” ¡cuidado! Es una señal de alerta para detenerse a revisar qué estamos haciendo con la vida de nuestros hijos, qué les estamos inculcando y cómo lo estamos haciendo.

Hasta luego. 

domingo, 29 de junio de 2014

Héroes, villanos y bullying

"La violencia es el miedo a los ideales de los demás."
Mahatma Gandhi


Hace algún tiempo, años ya, escribí en este espacio mis impresiones acerca de la serie "Candy Candy", insistiendo en que todas las cualidades que tiene ese personaje (que son muchas, por cierto) se borran ante el terrible defecto de preferir sacrificarse para que otros sean felices, de pensar que la felicidad de otros vale más que la suya, y condenarse a vivir en relaciones codependientes con una baja autoestima... Caray, ahora que lo escribo así de resumido se escucha muy cruel, pero así es la historia de esa pequeña, y puede ser la historia de quienes quieran seguir su ejemplo... El estereotipo de mujer contradictoria, independiente pero necesitada de un príncipe azul o de cualquier color que la valore.

Bueno, eso ya quedó escrito, en esta ocasión retomo la parte final de aquellos comentarios para hablar acerca de los modelos que siguen los niños. La imagen de héroe o modelo a seguir para las nuevas generaciones ha cambiado a lo largo de las décadas, y es muy notoria la transformación de los valores aceptados en los últimos años, sobre todo en nuestro México lindo y querido. 


Van aquí 5 reflexiones sobre este tema:


"La violencia no es fuerza sino debilidad, nunca podrá crear cosa alguna, solamente la destruirá."
Benedetto Croce
1 - Súper poderosos.


Hace no mucho tiempo, los personajes que se ofrecían al público infantil eran de una sencillez envidiable, las historias eran prácticamente de "blanco o negro" y se podía identificar con claridad a los buenos y a los malos sin complicarse mucho: era muy fácil saber que todos estos tipos son buenas personas: Superman, Batman, He-Man, Hulk, los 4 Fantásticos, Capitán América, Linterna Verde, Aquaman, el Hombre Araña, y también las tipas buenas como la Mujer Maravilla, Batichica, Superchica, She-Ra y debe haber otras más que ahora no recuerdo (han de disculpar que aparezcan todos revuelto y sin respetar la casa de origen, llámese Marvel, DC Comics u otra). 

Todos ellos tienen algunas características en común, pues tienen superpoderes, luchan contra los villanos que amenazan con destruir el mundo y cuentan con permiso para hacer lo que sea con tal de derrotar a los malos. En sus aventuras es frecuente que causen igual cantidad de destrozos -o hasta más- que sus enemigos. El mensaje de fondo, que puede quedar muy bien grabado en las mentes esponjosas y absorbentes del público infantil, es parecido a éste:

"Si alguien tiene una buena intención, puede hacer lo que quiera", o a éste:

"Yo quiero ser bueno para poder hacer daño y destruir a los malos que también hacen daño pero merecen castigo... ¡Yo quiero ser así de bueno!"

En esta categoría entran también personajes como las Chicas Súperpoderosas, Ben10, Max Steel y cualquier otro capaz de destruir todo con tal de derrotar al malo de su programa.

Es más fácil y divertido destruir que construir, aún cuando esto último es lo que nos sirve y nos ayuda a todos, pero el estilo de justicia que se muestra en estas series no es constructivo ni preventivo, simplemente se trata de castigar al que hizo algo mal.

2 - Simpáticos, tímidos y suertudos.


Hay otra especie de "héroes" que también actúan en contra de los malos pero con algunas diferencias. ¿Se acuerdan de Scooby-Doo, Gasparín, Winnie Pooh, Mandibulín, el Capitán Cavernícola, Guilligan, los Picapiedra, los Súper sónicos, Dexter el del laboratorio, Pinky y Cerebro, Timmy Turner (aunque este niño tiene súper poderes prestados de sus padrinos mágicos)..? Todos ellos son tipos simpáticos y bonachones, aunque no son muy valientes siempre resuelven los problemas porque tienen suerte, están en el lugar correcto y en el momento correcto y casi por casualidad se les aparece la solución. 

Pero además comparten otra cualidad: A casi todos ellos les roban el mérito de sus éxitos y victorias, y aún así siguen siendo amigos de esas personas que disfrutan la fama y los premios por cosas que no hicieron. Estos "tipos buenos" en realidad se pasan de buenos y llegan a la frontera con el conformismo en el afán de complacer a los demás. Se parecen un poco a Candy y las princesas, pues son capaces de renunciar a lo que quieren con tal de no causar problemas a los demás, y generalmente son fáciles de manipular, pues sienten muco remordimiento cuando dejan de hacer lo que les piden sus seres "queridos". En realidad no creen ser tan buenos, así que normalmente terminan pensando que "ya casi", "por poquito", "no logré lo que quería, pero me fue bien al final". ¿Suena familiar? Si es así, seguramente éste es tu estilo de caricaturas favoritas, o lo fue anteriormente.

El mensaje de estos personajes es más sutil que en los primeros héroes que comenté, es algo más o menos así:

"Yo debo aguantar todo porque soy bueno, está bien que otros reciban el premio, porque son mis amigos". 

O también puede ser así: "Todo saldrá bien al final, y está bien que yo no me quede con todo el mérito, porque somos un equipo".

Para los héroes superpoderosos está permitido destruir con tal de vencer al villano. Para los héroes modestos, tímidos, "suertudos" y medio bobos está bien creer que todo pasó gracias a la suerte, así no se sienten comprometidos a hacerse responsables de sus actos, sean éxitos o fracasos. Tampoco van a buscar conflictos con sus amigos que abusan y se aprovechan de ellos, pues son felices simplemente haciendo como que son buenos. Es muy peligroso vivir siempre jugando a ser bueno, pero eso será tema de otro escrito.

3 - Cínicos, divertidos y flexibles.


Existe otra categoría de personajes no etiquetados como buenos o como malos, fueron creados nada más para divertir y se desenvuelven de acuerdo a la historia que se esté desarrollando, a veces malos, a veces buenos, a veces ingenuos e inocentes, a veces maliciosos y picarescos... En esta categoría caen Bugs Bunny, Porky, Piolín, la Pantera Rosa, el pato Donald, Mickey Mouse y hasta Bart Simpson, aún cuando es considerado como un "niño malo" por casi todos en su mundo de caricatura, casi siempre es capaz de actuar conforme a principios morales o valores universales.

De todos estos, el personaje que más me sorprende es Bugs Bunny, ¿habrá alguien capaz de chantajearlo, de manipularlo? Lo más admirable de estos personajes es su capacidad de adaptabilidad y el desapego de etiquetas, en algunas situaciones pasan por "buenos", en otras parecieran "malos" y la mayoría de las veces simplemente son, divertidos o entretenidos. El mensaje de estos monitos es un poco distinto, están inmersos en situaciones más cotidianas y en varias ocasiones deben reflexionar sobre lo que está ocurriendo para encontrar una solución, que puede ser desde tácticas de manipulación hasta comunicación asertiva con los demás, pasando por los consabidos golpes y sorpresas que divierten porque generalmente se salen con la suya o, en caso contrario, toman la decisión "correcta".

El mensaje de fondo pudiera querer decir algo como "La inteligencia puede más que la fuerza bruta", o "si pienso con calma en lo que está ocurriendo, tal vez encuentre una mejor salida al problema que enfrento". 

Y en el extremo de la desfachatez: "Con astucia puedo usar tácticas de manipulación y de chantaje para salir bien librado de una situación amenazante".

4 - Juzgadores y criticones


Desde hace unas pocas décadas se pusieron de moda otros héroes y heroínas en la televisión, que disfrazados de gente respetable y justiciera se metieron no solamente en la conciencia de los niños, sino también a la de muchos adultos. ¿Cómo lo hicieron? En principio, hablan con demasiada autoridad: pueden decir mil idioteces una tras otra y sin parar, pero lo hacen sin dudar y eso deja una impresión de seguridad que convence a muchas personas. En segundo lugar, ellos mismos se conceden la autoridad moral para exhibir públicamente a otras personas y decirles en qué están mal y por qué. Y después, también se sienten con la capacidad moral y ética de decidir qué castigo darle a los que "se portan mal", o sea que son una especie de súper héroes que aparentan ser razonables y querer arreglar las cosas, pero son capaces de destrozar a cualquier otra persona si simplemente deciden que es "mala".


Programas como el de la "señorita Laura", "Cristina", "Cosa juzgada" y otros por el estilo, de los cuales afortunadamente no conozco ni el nombre, han dedicado muchísimos esfuerzos para que su público deje de preocuparse por cosas relevantes y ocupe su tiempo en vigilar a sus semejantes, juzgándolos y criticándolos. También entran en esta categoría los "reality shows", los programas de comentarios y los noticieros tendenciosos. Las "soluciones" que ofrecen este tipo de personajes son por demás simplistas y no les interesa llegar al fondo de la cuestión ni al origen real de los problemas que hay en las relaciones de la gente que forma parte de estos shows, de manera voluntaria e involuntaria (hay mucha gente que estaría feliz de que una de estas "autoridades" mediáticas le resolviera la vida). 

Generalmente las soluciones consisten en castigar al que trató mal a alguien que lo quiere, puede ser el marido, el amante, el mal padre, el mal hijo, o cualquier otro cliché que de antemano es mal visto por el público. Después de que pasó el desgraciado y se le exhibió como un animal insensible, toda la gente tiene derecho a despreciarlo, humillarlo y ofenderlo, porque es lo que se espera de estas personas. Al mismo tiempo, se refuerza la percepción de que la otra parte, la persona que tuvo que aguantar a ese salvaje insensible, no tiene ninguna responsabilidad y es totalmente inocente, una pobre víctima. 

Estas mismas actitudes elevadas a nivel macro, hacen que una figura pública tenga la autoridad de decirnos quién es un peligro para México y quién es su salvación, es decir, nos regresan a los tiempos no tan viejos en que todo era blanco o negro, ¡como si fuera tan sencillo!

¿Bullying socialmente aceptado? ¡Pues sí! Y en este país con carencia de líderes morales, hay una parte importante de la población que toma sin reservas esta especie de lección que no es moraleja sino todo lo contrario: "Juzga a los demás, critícalos, si hacen algo "malo" exhíbelos y humíllalos, así tú serás mejor que ellos". 

¿Y cómo saber cuándo alguien hace algo malo? Según estos programas es muy fácil: Quien haga algo distinto a lo que hacen las mayorías, quien opine diferente o a quien le guste algo distinto, está mal. Dice un refrán popular "divide y vencerás", estos programas lo logran, y desafortunadamente son una influencia fuerte.


No hay un mensaje de fondo en estos programas, sino muchos, muchísimos y han dañado ya la deteriorada conciencia social de nuestra gente. En este ambiente de distorsión de valores, tanto los niños como los adultos recibimos señales contradictorias que dificultan la aplicación de un criterio sano, pareciera que es suficiente con que una persona nos caiga bien para creer que merece todo lo bueno, y por el contrario, si nos convencen de que una persona debe caernos mal, esa pobre gente merece los peores males, a veces simplemente por ser distinta a la mayoría o a la persona que lidera los juicios de los demás. Pero la justicia no debe medirse por simpatías o relaciones, sino por hechos reales. y por la aplicación de las leyes que ya existen y que no debemos pasar por alto (ni dejar que otros se las pasen).

"No necesito pensar ni analizar, hay programas con expertos que me dicen lo que me conviene y lo que me perjudica".

"Es más fácil juzgar los defectos de los otros, que reconocer y atender los propios". 

"Es mejor ver cómo viven los demás que atender mi propia vida".

En realidad no es así, por suerte cada persona tiene su propia vida y es la única que puede atender, esa es una actitud responsable y constructiva. La propuesta de estos programas es todo lo contrario.

5 - Cínicos, crueles y corruptos.


Afuera de la televisión y las historietas se ha desarrollado un modelo a seguir basado en la idea de que siempre debemos estar bien y nunca debemos sentir tristeza o dolor. Como esta idea resulta imposible, quien escoge este modelo puede frustrarse muy rápido, y ahí empieza la contradicción y los problemas, sobre todo para los demás. La filosofía que está atrás de estos personajes es simple: Debo tener éxito sin importar lo que cueste, aunque para tener éxito deba pasar por encima de los demás.

Los narcos, el crimen organizado en sus distintas presentaciones, los políticos y empresarios corruptos, las autoridades que dan impunidad a quienes han alcanzado su éxito personal a base de crímenes, robos, despojos, asesinatos, drogas y demás, son los personajes de esta serie de la vida real. Los valores se han alterado y hoy en día no es tan fácil saber quién es bueno y quién es malo, quién es "el héroe de la película" y quién o quiénes los villanos. El primer sitio entre los valores alterados lo tiene el dinero: Quien tenga más, será visto como el más "bueno" y los demás tratarán de quedar bien con él, sin importar cómo lo consiguió.


Así que con el dinero vienen las relaciones con gente importante, las influencias y el poder. No los súper poderes de los primeros héroes mencionados aquí, pero sí el poder de la impunidad y la corrupción, dos formas de dominar a todo el que se ponga enfrente. ¿Quiénes son los buenos? Todos los criminales organizados juran que son malos porque se están haciendo justicia por su propia mano y están enseñando a los demás "a respetar". Los políticos dicen que son buenos porque representan al pueblo, a nosotros supuestamente y, tal como hacían los héroes súper poderosos, pueden hacer todos los destrozos y barbaridades que hacen los "malos", pero sin recibir castigo ¡pues sí, por eso son "los buenos"!

¿Y el mensaje de fondo en este caso? Es igual de cínico que estos personajes: 

"No me importan los demás, no me importa la gente, solamente me importa triunfar y tener éxito yo". 

"La gente que es pobre, lo es por floja y por falta de iniciativa: si yo puedo tener éxito voy a tomar todo lo que pueda". 

"No le ayudes a los demás porque los estás perjudicando, mejor deja que cada quién aprenda a valerse por sí mismo en la vida".

Y sí, también es una forma de bullying, de violenta agresión a todo aquel que se deje, porque en eso se basa la corrupción y la impunidad.

"Imagina que no hay posesiones, 

Me pregunto si puedes, 
Ninguna necesidad de codicia o hambre, 
Una hermandad del hombre, 
Imagina a toda la gente 

Compartiendo todo el mundo... "
John Lennon
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Estas son 5 reflexiones acerca de las influencias sociales que están flotando en el ambiente, y que van desde las aparentemente inocentes caricaturas hasta las vergonzosas corruptelas de políticos, empresarios, delincuentes y figuras públicas (algunos les dicen "artistas"). Debe haber, y de hecho hay muchas más influencias y algunas de ellas tienen propuestas muy constructivas, orientadas a crear y a amar en lugar de a destruir y odia... confío en que tarde o temprano tendrá más difusión esa parte humanista que, por lo pronto, está oculta desde los niveles más altos de nuestras autoridades.


¿Por qué habrá tanta violencia en nuestros niños y jóvenes? ¿Qué los lleva a agredirse de maneras tan salvajes? ¿Qué tendencia autodestructiva se ha insertado en nuestra sociedad? Espero que encontremos a tiempo las respuestas a estas interrogantes para hacerle caso a la principal de todas: ¿Cómo detener esta ola de violencia y agresividad? 



Hay algunas respuestas obvias pero no sé qué tan difícil será llevarlas a cabo, ya que implican por un lado que los personajes de la reflexión 5 deciden dejar de buscar su éxito personal: Si las personas tienen un trabajo bien pagado se reduce muchísimo la angustia de conseguir más dinero porque simplemente no alcanza. Si las familias tienen ingresos dignos, los hijos pueden estudiar sin temor. Por otro lado, también implican que todas las personas decidiéramos seguir la influencia constructiva y enfocarnos a ser más constructivos. Sí, podría funcionar y dar un mejor resultado a la sociedad...



"La violencia, sea cual sea la forma en que se manifieste, es un fracaso."
Jean Paul Sartre

Por lo pronto, sugiero que estemos más conscientes de nuestras propias influencias y también más cerca de nuestros hijos o de los niños que tienen contacto con nosotros, para identificar cuáles son los personajes que más influencia tienen sobre ellos y ayudarles a ampliar sus opciones (de una manera respetuosa y no impositiva, claro está).



Hasta luego.

domingo, 13 de octubre de 2013

Respetar a los hijos

"Para educar a un niño por el camino correcto, transite usted por ese camino durante un rato".
Josh Billings


Busqué imágenes en el buscador de Google con las palabras "respetar a los hijos" y aparecieron muy pocas entradas sobre ese tema, casi todo lo que apareció se refería al respeto que los hijos deben hacia sus padres. Esto está bien, para los papás es un orgullo y una satisfacción saber que tienen hijos respetuosos. Pero el respeto pertenece a ese grupo de actitudes que no se pueden exigir simplemente como una obligación, sino que deben ganarse; en ese mismo grupo están el amor y la confianza, ¿y cómo se ganan?: El respeto se gana respetando, el amor se gana amando, la confianza se gana confiando. Cualquier otro intento de obtenerlos fracasará o producirá un sentimiento "similar" (que se acepta como si fuera el auténtico).

Tristemente, he conocido personas que tratan a sus hijos de una manera que hace sentir pena ajena, en esas ocasiones me quedo pensando en las huellas que eso dejará en la mente del niño, frágil a esa edad y absorbente como una esponja. Los niños viven en la paradoja de que la gente que más quieren y en la que más confían es al mismo tiempo la que les puede hacer dudar más de sí mismos y de su valía personal.

He llegado a creer que algunas madres y padres no ven a sus hijos como personas, sino como una curiosidad, algo "bonito y tierno" que después se convierte en otro algo que necesita atención, tiempo y dinero, y además se mueve por la casa. Algo, pero no una persona. En esta creencia, no alcanzo a entender a partir de qué momento se decide que esos entes raros llamados niños se convierten en personas, pareciera que esto ocurre por arte de magia y que de pronto un día ya pueden ser escuchados y tomados en cuenta. La historia anterior a ese momento se hace a un lado, como si no existiera (al cabo no eran más que niños).

¿Cómo descubrimos si de verdad consideramos como personas a nuestros hijos, o a los niños en general? Hay muchos indicadores, nuevamente aparece la cuestión de que estas problemáticas humanas no tienen una sola causa, pero creo que el principal factor es el respeto.

Al sentirse respetados, los niños aprenden que son valiosos.

Al sentirse respetados aprenden a tratar con respeto a los demás.

Al sentirse respetados saben que pueden hablar y ser escuchados, y que también pueden escuchar.

Al sentirse respetados crecen grabando en su memoria vivencias de crecimiento y no de prepotencia.

Al sentirse respetados aprenden cómo quieren tratarse a sí mismos, y de esto depende cómo los tratarán los demás. Esta es una de las mejores consecuencias, pues cuando uno mismo aprende a respetarse, también le está enseñando a los demás cómo quiere ser tratado.

Cuando un niño crece en un ambiente donde no impera el respeto, obviamente, ocurre lo contrario.

"Tú no me querías a mi. Tú solo querías un animal de compañía"
Anónimo.

¿Y cómo le demostramos respeto a un niño o a una niña? Dicho con otras palabras: ¿Cómo ns podemos ganar el respeto de un niño o de una niña? Exactamente igual que con cualquier otra persona, aquí anoto algunas acciones que se me vienen a la mente, seguramente ustedes tendrán presentes muchas más:

Tratarlos como queremos que nos traten, y no dejarlos que nos traten como nosotros no lo haríamos.

Utilizar un lenguaje entendible para ellos.

Darles tiempo para hablar cuando quieran decir algo importante para ellos.

Cumplir con sus horarios y espacios de juego, comida, estudio y entretenimiento.

Hacerles saber que los queremos y que nos importan (se vale hacerlo con palabras, abrazos, cariños, juegos, gestos o como tu imaginación lo permita).

Permitir que expresen sus sentimientos sin ser criticados, y mucho cuidadito con esto, porque también cuentan como crítica las bromitas "inocentes", tales como poner apodos de acuerdo a los sentimientos que más expresan.


Al actuar con respeto hacia los niños, y hacia cualquier persona cercana, estamos creando vínculos más nutritivos y constructivos. También estamos ejercitando nuestra capacidad de empatía y de reconocer tanto nuestro propio valor como el de la gente que convive con nosotros. Eso puede hacer que ganemos lo mismo de parte de los demás, aunque no hay garantías, pues habrá niños (y personas de cualquier edad) que no perciban el respeto que les damos, entonces habrá que seguirles dando hasta que aprendan a identificarlo.

Por el contrario, cuando no somos capaces de relacionarnos con respeto, también le estamos enseñando a los demás cómo queremos que nos traten (así es: sin respeto), perdemos valor ante las demás personas y ante nosotros mismos y lo más grave: Traicionamos nuestro propio respeto y confianza.

"Dile a los niños la verdad".
Bob Marley

Los niños son personas y merecen respeto. Los adultos también, y uno mismo, quien escribe estas líneas y quien las lee, también. Si aprendemos a tratarnos con respeto a nosotros mismos, podremos hacer lo mismo con los demás, y si logramos crear ese ambiente para que crezcan los pequeños, más natural y espontáneo será vivir el respeto para ellos. Si tienes hijos, recuerda que sus padres son las personas más importantes en este mundo, y que aprenden de ellos todo lo que ven, oyen, escuchan y sienten.

(Esta fue la respuesta que dio Jonh Lennon de niño, cuando le hicieron esa clásica pregunta).

Hasta luego.