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jueves, 7 de julio de 2016

Los árboles y la vida

Mi mamá amó la vida, mi papá también la ama.


¿Qué le puedo regalar a la vida?
Me gustaría tumbarme en el pasto
al cobijo de un buen árbol y tratar de dibujar
la luz que pasa entre sus hojas
jugando a deshacer sombras.

Espero pintar una ventana con sus cortinas
corridas desde donde se ve un gran árbol
o tal vez una noche oscura con su negrura estrellada
y una gorda luna que baña de luz a un árbol
o un camino ancho largo y un poco sinuoso
lleno de huellas cuidadas por árboles
y si no tal vez un bosque muy cercano
para poder distinguir sus árboles 
o una moderna ciudad minimalista que rompe
sus líneas rectas con la forma de sus árboles
o el detalle minucioso complejo y abstracto
de la corteza de cualquier árbol.

¿Qué le puedo regalar a la vida?
Yo disfruto ver los árboles
sentirme cerca de ellos
y vivir su diferencia indiferente ante los cambios
que los hombres hacemos queriendo y sin querer.

Nobles criaturas inmensas y silenciosas
los mejores amigos del hombre y de todo ser vivo
por eso mi padre ama las plantas
especialmente a los árboles y él mismo da frutos
igual que ellos y muchas veces reverdece.

Hasta luego.

viernes, 4 de marzo de 2016

Padres ausentes, hijos que quieren estar presentes

"Lo que se graba en la ausencia:

Siempre ocupados
Siempre de prisa
Siempre de malas
Siempre al pendiente
de alguien o algo más
Siempre con algo
más importante que hacer
Sin detenerse a responder
las dudas e inquietudes
de ese pequeño ser
Hijo o hija ¡qué infantil!
Siempre ocupados
Siempre de prisa
Siempre de malas
Siempre al pendiente
de alguien o algo más
Siempre con algo
más importante que hacer."
(hemebe)


Si los padres sobreprotectores son aquellos que todo el tiempo quieren estar sobre sus hijos, el lado opuesto son los padres ausentes, ya sea física o emocionalmente... o de ambas formas. El papá o la mamá pueden no estar presentes para el hijo o la hija (aún viviendo en la misma casa), y esta situación provoca reacciones como rebeldía, conflictos con la autoridad, inseguridad personal y una fuerte necesidad de afirmarse y hacerse valer ante los demás.

Varias conductas violentas, destructivas y hasta autodestructivas en los jóvenes y adultos tienen su origen en un padre o madre ausente. Los niños que vivieron esta situación serán adultos que prefieren borrar varias escenas de su infancia y literalmente pueden olvidar episodios completos de su historia, al grado de ver como ajenas algunas vivencias de sus primeros años de vida.



Este mecanismo de defensa puede producir la tendencia a escapar de las experiencias desagradables en otros momentos de su vida, incluyendo la vida en pareja o la vida laboral, y precisamente por seguir evadiendo las situaciones dolorosas preferirá marcharse en vez de enfrentar los conflictos, repitiendo con sus hijos la misma historia que vivió en su infancia. El miedo al compromiso nace de la sensación de poder perderlo todo en cualquier momento... y como la mayoría de los miedos, los convertimos en realidad si enfocamos en ellos nuestra atención.


El miedo más grande que tenemos cuando somos niños es al abandono, al rechazo, a no contar con alguien que nos cuide y nos haga sentir queridos y valiosos: es el miedo a perder a quien más nos quiere. Cuando los padres no están porque fallecieron o se fueron de casa este temor se vuelve realidad. Y también se vuelve realidad cuando los padres tienen una adición y por esa razón no atienden a sus hijos, o cuando se dedican toda la atención entre ellos sin hacer caso de los hijos, ya sea para pelearse constantemente o para halagarse. 



Los padres con la permanente actitud de crítica destructiva y anuladora al estilo de "Madre Gothel" también están ausentes. Parece que están ahí apoyando, pero son incapaces de reconocer y valorar objetivamente los logros de sus hijos por estar demasiado sumidos en sus propios intereses, y en este mundito egoísta los hijos solamente caben si los pueden usar a su favor. En este contexto los hijos crecerán tratando de hacer cualquier cosa para ser reconocidos.

Las adicciones nacen como un sustituto ante la ausencia del padre o de la madre, produciendo sensaciones placenteras y la ilusión de ser más de lo que en realidad somos. Papá y mamá pueden ser muy egoístas y justificarse pensando en la gran cantidad de problemas que tienen que enfrentar, sin embargo esto no justifica olvidar el compromiso que se tiene hacia los hijos, e ignorar que al ausentarse los están lastimando de por vida. Es como decirles "mis problemas personales son más importantes que tú". 

"Gobierna tu casa y sabrás cuánto cuesta la leña y el arroz; cría a tus hijos, y sabrás cuánto debes a tus padres."

(Proverbio oriental)


¿Durante tu infancia viviste alguna situación donde sentiste que no podías contar con tu padre o tu madre? ¿Has olvidado momentos de tu niñez, como si tuvieras lagunas mentales? Y si tienes hijos, ¿Les regalas cosas o dinero para "matar" la culpa de no estar con ellos?, ¿Los conoces?, ¿Sabes qué les gusta y qué les desagrada? ¿Cuentan contigo?


Si creciste con padres ausentes, es posible reconciliarte con la vida y contigo. Si estás actuando como padre o madre ausente, también es posible cambiar y volverte un padre o madre con conductas más constructivas. Para ello necesitarás trabajar en tu propia persona con constancia y sin esperar que alguien "arregle" a tus hijos, pues ellos son un espejo de lo que tú eres y haces. El primer paso para recibir ayuda es aceptar que la necesitamos.

¿Y cómo se le habla a los hijos cuando uno de sus padres está ausente, por la razón que sea? En la página "guiainfantil" encontré un artículo breve y muy interesante, donde proponen algunas frases que pueden ayudar bastante a manejar esta situación manteniendo la buena autoestima de los hijos.

Aunque este mensaje lleva implícita una amenaza o un chantaje, tiene mucho de realista:

Hasta luego.

domingo, 28 de febrero de 2016

Sobreproteger

"A lo largo de los años los padres se sienten aterrados de pensar o considerar su vida sin sus hijos en casa."
(Margarita Guerra P.)



La mayoría de los papás y mamás no lo sabemos, y si lo sabemos preferimos hacer como que no nos damos cuenta, pero al sobreproteger a nuestros hijos en realidad estamos tratando de protegernos a nosotros mismos para no hacer caso de nuestros miedos y sobre todo para no quedarnos solos al final de nuestros días. Hay quien dice que quiere tener un hijo solamente para tener a alguien que le cuide cuando llegue a la vejez... ¿Ésa es suficiente razón para traer una nueva vida a este mundo?

Algunas muestras de sobreprotección:

Así que detrás de la preocupación exagerada por los hijos, está el terror a la soledad. Y como nadie da lo que no tiene, al final ese terror se traslada a los mismos hijos que decimos proteger y cuidar, y para acabarla de completar. haciéndoles creer que son ellos los que están mal por medio de dobles mensajes, donde al final parece que los papás les dan toda la libertad y confianza y no entienden por qué los hijos no se animan a hacer lo que quieren (claro: el mensaje es doble porque también se le está diciendo lo contrario: no podemos confiar en ustedes, por lo tanto no pueden ser libres).

Causas de la sobreprotección en los papás y mamás:


Cuando se da un doble mensaje en este entorno sobreprotector, la idea directa que se manda es que el bienestar del niño o la niña es primero. Pero el mensaje de fondo, cargado de emoción y de un tono lastimero, es "no puedes irte y dejarme sin apoyo". De ahí que se vuelva frecuente encontrar familias con "adolescentes tardíos", de esos hijos que a los 30 años o más aún están pensando qué quieren estudiar o qué van a ser "de grandes", porque en realidad les da miedo enfrentar un mundo que no han podido explorar por estar pegados a las necesidades de mamá, de papá, o de ambos. Son los herederos del miedo y la comodidad de los padres.

Consecuencias de la sobreprotección en los hijos:


Papás y mamás: Si su hijo o hija se pasa de bien portado y prefiere estar en casa aún siendo adulto, habría que revisar fríamente cómo está llevando sus relaciones hacia el exterior, con sus iguales de edad, de escuela o hasta de trabajo, pues no es raro que los niños que fueron sobreprotegidos sean jóvenes y adultos acostumbrados a mandar y esperar ser obedecidos o por lo menos tomados en cuenta siempre que hablan (el doble mensaje de los papás sobreprotectores hace que ellos crezcan creyendo que son los que mandan en ese mini imperio que es el hogar). Al no encontrar la misma respuesta en otros ambientes, prefieren aislarse en casa antes que enfrentar la frustración... Y claro ¡en casa siempre encontrarán la idea de que no hay nadie que los quiera tanto como mamá o papá, y que ahí "sí mandan"!

Un hijo sobreprotegido cree que él siempre manda:

A cualquier edad es posible confiar realmente en los hijos, soltarlos (que no significa abandonarlos ni dejarlos de querer) y dejarles ver que los padres también están bien sin ellos. ¿Difícil? SI piensas esto, tal vez sea el momento de buscar ayuda para cambiar tu estilo de relación con tus hijos y enfrentar tus propios miedos como padre o madre.

El papá y la mamá sobreprotectores no confían en sus hijos:

¿Y cómo saber si eres una madre o un padre sobreprotector? Bueno, en este video puedes ver a una jovencita que dice haber sido hija sobreprotegida y que gracias a esa experiencia nos puede ayudar a identificar las frases que dicen los padres sobreprotectores, así que vale la pena arriesgar un ojo o hasta los dos viendo su video:

(Para verlo en YouTube da clic aquí)


Hasta luego.

martes, 19 de mayo de 2015

Cuento: ¿Dónde están mis monedas?

"Con un poco de amor tanto me enriquecí 
que gastaba y siempre quedaba 
mi poco de amor "
(Silvio Rodríguez)

Estoy tomando un curso de habilidades para resolver conflictos en las relaciones interpersonales y es una chulada, lo imparte Armando Castillo, quien estudió la maestría en terapia guestalt y un doctorado en psicoterapias humanistas, así que el mayor encanto de este evento reside en ser un repaso o recordatorio de muchas situaciones vistas en la maestría, de una manera muy amena, didáctica y dinámica. Entre todo el bagaje de conocimientos que soltó hoy, me llamó la atención este cuento, muy parecido a una historia que Sergio Vázquez nos relató a modo de anécdota cuando estábamos en INTEGRO.

Con permiso del Dr. Armando, aquí reproduzco mi versión de su cuento:


En algún lugar del mundo, una persona está dormida y mientras lo hace sueña con unas monedas, no se sabe si son muchas o pocas, pero sueña con monedas y cuando se despierta se queda solamente con el sabor de su sueño y el número de monedas le sigue dando vueltas en la cabeza. Pensando en sus monedas decide ir a casa de sus padres, cuando llega toca a su puerta y al verlos salir les dice con un tono de enojo en su voz que está muy molesto con ellos y además decepcionado... ¡No es posible que lo único que le hayan dado sean solamente esas monedas! ¡Si todos saben que se merece muchas más! Y si ahora no puede realizar sus sueños y ser feliz en su vida, será por culpa de ellos y su absurda decisión de haberle dado tan pocas monedas. "¿Dónde están mis monedas?"

Cuando los papás escuchan estas palabras se llenan de tristeza y les duele el corazón, pues ellos dieron lo que estuvo a su alcance e hicieron o mejor que pudieron para que esa personita, cuando era pequeña, se llevara lo mejor y pudiera hacer su vida. Quisieron decirle algo, pero no tuvieron oportunidad. Esa persona casi se olvidó de que hablaba con sus padres y les volvió a reclamar, amenazando además con que iba a conseguir muchas más monedas delas que ellos habían visto en toda su vida, y no las compartiría ni con ellos ni con nadie... "¿Dónde están mis monedas?"


Así pues, regresó a su casa jurando nunca más volver a ver a sus padres, ¡qué gentes tan egoístas resultaron ser! Comenzó a trabajar y hacer negocios con toda la frialdad empresarial que se requiere para obtener muchas ganancias rápidamente, se llenó de lujos y propiedades, tenía mucha gente a su servicio y, naturalmente, muchas monedas en el banco y en su casa... Pero no eran esas las monedas que quería, pues seguía sintiendo un gran vacío en su interior ¡seguramente era por culpa de toda esa gente que nada más trabaja para ganar dinero!... "¿Dónde están mis monedas?"

Entonces pensó que tal vez esas monedas no eran exactamente monedas, sino alguna otra cosa de gran valor que sus padres no le habían dado, y decidió buscar con sus amistades y en los placeres de la vida fácil. Fiestas, drogas, sexo y excesos de todo tipo le acompañaron en esta etapa de su búsqueda, pero no encontró sus monedas y antes al contrario, sintió que ahora valía mucho menos que antes y cuando decidió dejar ese estilo de vida se dio cuenta con asombro que sus amigos se alejaban y los pocos que quedaban le exigían también que les diera unas monedas, porque ya se las había prometido ¡seguramente toda esa gente que se decía su amiga tenía la culpa de que no fuera feliz!... "¿Dónde están mis monedas?"


Con el paso del tiempo fue sintiendo en su interior, además de la ausencia de monedas, una inmensa soledad y entonces se le ocurrió que tal vez si lograba desaparecer esa sensación encontraría por fin esas monedas que tanto ansiaba, así que escogió a alguien para enamorarse, vivió un corto romance y le propuso a esa otra persona que unieran sus vidas para llegar a ser algo más pero, claro, primero le hizo la aclaración de que necesitaba saber si le iba a dar sus monedas, porque al ser la persona de su vida definitivamente le tendría que dar esas monedas que le harían feliz... Si me amas me tienes que hacer feliz, ¿no es así? "¿Dónde están mis monedas?"

Y esta persona tuvo hijos a los que exigió constantemente que le dieran sus monedas para poder ser feliz y de este modo les enseñó a vivir siempre exigiendo que los demás les dieran lo que les daría felicidad, pues al creer que no tenía monedas se convenció de que no tenía nada para dar ni a sus propios hijos ni a la persona que ama, ni a sus amistades ni a la gente con la que trabaja ni a su familia y mucho menos a sus padres. Lo más triste de este caso es que esta persona se puede llegar a morir sin llegar a descubrir el valor de las monedas que algún día recibió, y que no sé si son pocas o muchas, pero que ahora ya olvidó y siuge buscando a quién culpar por ello... "¿Dónde están mis monedas?"


En aquellos días, en otra parte del mundo, una persona duerme y mientras lo hace sueña con monedas, no se sabe si eran pocas o muchas, pero sueña con monedas y al despertar se queda con el sabor de su sueño y el recuerdo de las monedas que en su letargo pudo contar. Esa cantidad de monedas le sigue dando vueltas en la cabeza. Pensando en ellas decide ir a casa de sus padres, cuando llega toca a su puerta y al verlos salir les dice con un tono de cariño y respeto en su voz que ha estado pensando en las monedas que le dieron cuando salió de casa y no encuentra la manera de demostrarles su agradecimiento, porque gracias a ellas ha podido empezar su vida independiente y aunque le ha costado un poco de trabajo, ya está en el camino de la vida por sus propios medios... Sus padres se sienten halagados y satisfechos, le invitan a pasar y le dicen que esas monedas no se tienen que pagar, son suyas y puede hacer con ellas lo que quiera sin sentirse culpable ni en deuda con ellos.

¿Dónde estaban las monedas? Esta persona las llevó siempre consigo, las sigue teniendo ahí a la mano y las ha ido multiplicando sin darse cuenta, compartiéndolas con la gente valiosa que ha aparecido en su vida.

Hasta luego.

lunes, 9 de marzo de 2015

A los padres les toca formar a sus hijos

"Es más fácil quejarse que tolerar, amenazar al niño que persuadirlo."
(San Juan Bosco)

Hagamos caso de nuestros hijos atendiéndolos a tiempo y de acuerdo a su edad:

Los niños pequeños son divinos. Admiran a sus papás hagan lo que hagan y digan lo que digan, se ven tiernos y están siempre llenos de curiosidad. Si van a guardería o los cuidan los abuelos pueden llegar a sorprendernos de tan bien portados que son y entonces los papás pueden llegar a la feliz conclusión de que criar a un hijo no es tan difícil y que los niños son más inteligentes de lo que ellos pensaban, pues con un mínimo esfuerzo han aprendido buenos hábitos, buenos modales y hasta se dan el lujo de decirle a los papás algunos buenos consejos sobre su cuidado personal. Los eventos escolares son de lucimiento y gracia total.


Los niños no tan pequeños ya no son tan divinos. Dejan de ir a la guardería para entrar a la primaria y muchas veces en esta etapa ya no son tan adorados tampoco por los abuelos, que por cierto merecen un poco de descanso (aunque algunos papás egoístas digan que qué mala onda sus papás y los tachan de egoístas porque ya no quieren cuidar a sus nietos como antes). Total que ya no hay quien atienda a esos niños con los cuidados y atenciones permanentes y ante la falta de constancia en casa, la educación recibida en la escuela va dejando de ser suficiente y los papás empiezan a pensar que “sabe qué habrá pasado con este niño (o niña), ¡si antes se portaba tan bien!”. Y lo que pasa es que han dejado un ambiente de amor y comprensión para pasar a uno de exigencia y cerrazón. Tal vez las maestras de la guardería o el preescolar tenían algo de razón cuando insistían en que los papás deberían involucrarse más, y no dejar tan aislado a su hijo (o a su hija). Pero muchos papás ni siquiera se acordarán de eso, simplemente le cargarán toda la responsabilidad a su hijo y seguirán sin entender por qué antes era tan bien portado (o portada) y ahora se ha vuelto tan “malo” (o "mala").

Conozco casos extremos en que los papás llegan a decir “éste nos salió mal pero ya estamos pensando en tener otro hijo, a ver si ése sí nos sale bueno”.


¿Es tan difícil descubrir que son precisamente los papás quienes van formando la autoestima de sus hijos? Si esos niños o niñas se sentían acompañados, escuchados y comprendidos en la escuela, con los abuelitos o cuando los papás vivían juntos, obviamente no se convirtieron en “malos”, sino que siguen necesitando aquello que les sirvió en sus primeros años de vida: Amor y aceptación. Pero no se los dan en casa.

"Hay dos legados perdurables que podemos transmitir a nuestros hijos: Uno son raíces, el otro son alas."
(Hodding Carter)

Cuando los niños dejan de ser niños, definitivamente les queda muy poco de divinos. Se convierten en adolescentes, si asumimos que los papás o las personas con las que se se han criado les dieron señales de amor y no solo de disciplina, estos niños llegaron a una adolescencia más autoafirmados que si hubieran crecido con el estigma de “tan bonito que era de chiquito, y ahora ve nomás en qué se ha convertido”. Todavía le queda otro reto por superar a los nuevos adolescentes (no, aquí no voy a decir “y adolescentas”, eso es una aberración y un insulto al idioma), y es que habrá algunos papás que comiencen a tratar a sus hijos de esta edad (más o menos a partir de los 12 años) como si ya fueran gente grande. ¡Vamos! Es volver a repetir la historia, como si ahora que salen de la primaria ya hubieran aprendido todo lo que necesitan de la vida en la escuela y cómodamente se pudieran despreocupar de sus hijos porque ya adquirieron suficiente criterio.

Pero no es así. En la adolescencia se va afirmando el pensamiento más realista por encima del pensamiento más fantasioso e imaginativo de la infancia, pero los muchachos adolescentes aún son chicos, no han terminado de formar su criterio y suelen necesitar apoyo para tomar sus decisiones más importantes. Ellos mismos ya no quieren estar tan apegados a sus papás y por ende forman alianzas más profundas con sus amigos, en estas alianzas a veces hay rebeldía hacia lo que han vivido en casa y en otras ocasiones hay una confirmación de los valores y creencias adquiridos, pero esto no significa que a los papás ya se les acabó su responsabilidad. Los adolescentes necesitan afirmar su propia personalidad y encontrar un modelo de quién y cómo quieren ser, por eso es muy importante hacerles saber que no están solos y que cuentan con su familia igual que siempre. No importa si su familia nuclear es solamente de una persona o si son 10, para el adolescente (y para todas las personas) es de vital importancia saber que forma parte de ese grupo, que se le quiere, se le ama y se le reconoce lo que está haciendo por su cuenta, que es escuchado y también que les interesa hablar sobre lo que hace, dice y piensa. De esta forma podrán ir asumiendo responsabilidades apropiadas a su edad y enfocar su camino hacia la juventud de una manera más creativa y productiva.

Eso sí: Si su hijo o hija ya tiene 25 años o más y lo siguen viendo como algo divino que no debe hacer nada ni esforzarse, estamos ante una situación crítica que deben solucionar los propios padres: A esa edad ya no son niños ni adolescentes, son adultos hechos y derechos, y si los papás permiten que vivan sin hacer algo productivo los están perjudicando y también se están perjudicando ellos mismos.

"Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo que tener un piano no lo vuelve pianista."
(Michael Levine)

Pero volviendo al tema de la infancia y la adolescencia, quiero recalcar que con cada cambio los niños pierden algo; si cambian de escuela pierden amistades, maestros, lazos afectivos y a veces proyectos con personas que aprecian. Si cambian de casa igual pero en una escala mayor porque prácticamente cambia todo su mundo, sobre todo si convivían mucho con familiares que después no podrán visitar con la misma frecuencia. Si los papás se separan también cambia todo su mundo, y más cuando uno de ellos o ambos dejan de demostrarle amor por involucrarlo en los problemas de pareja (los hijos no se deben “divorciar” de los padres), o cuando uno o ambos padres tratan de usar a los hijos para enviarle mensajes directos o indirectos a la ex pareja. Si fallece un ser querido, si nace un nuevo hermano (o hermana, aquí sí lo digo, je, je), si llega o se va una mascota…


En todos los cambios, los niños y adolescentes viven la situación de una manera muy distinta a como lo vivimos los adultos, y si para los grandes es difícil entender y manejar los sentimientos que se vienen con estas situaciones, para ellos es todavía más complicado y les será de gran ayuda ser escuchados en sus dudas, sus reflexiones, sus miedos y sus conclusiones personales (tratarán de explicarse lo que ocurre, a su manera). SI no ocurre que haya esta comunicación con la gente adulta que los cuida, podrían quedarse con explicaciones fantasiosas o mágicas del mundo donde habitan, y esas creencias pueden quedarse por mucho tiempo, aún siendo adultos.

Los papás son los responsables de formar a los hijos, no las escuelas ni los parientes. Si en algún momento se sorprenden pensando “¿qué le habrá pasado a mi hijo (o hija), si antes era tan buena persona y ahora ya no?” ¡cuidado! Es una señal de alerta para detenerse a revisar qué estamos haciendo con la vida de nuestros hijos, qué les estamos inculcando y cómo lo estamos haciendo.

Hasta luego. 

martes, 11 de marzo de 2014

Adultos regañones

"Regañar a los niños solo es un desahogo de los adultos"
Margarita Guerra Paredes.


Con esta frase de mi amiga Manguis todo está dicho, pero vale la pena ser un poco redundante, pues la creencia de que es normal regañar a los niños se va generalizando, es más, hay personas que piensan que es obligatorio regañar a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes y a todo aquel que se deje.


A veces no hay una razón válida para regañar a los hijos y sin embargo les llegamos a gritar, a insultar o a "hablarles golpeado" y luego les volvemos a gritar, a veces con tanta rabia como nunca le llegaremos a hablar a nuestros amigos o familiares que no son nuestros hijos. Y es que de eso se trata, de sacar toda la rabia, la tensión, el coraje y la ansiedad que acumulamos durante el día (y si apenas son las 7:00 de la mañana no importa, si nos esforzamos ya acumulamos bastante rabia y resentimiento con la vida a esa hora, ¡arriba los madrugadores!). Y lo más encantador vendrá después:

En primer lugar, la otra creencia de que los hijos deben aguantar todo, porque "le deben respeto a sus padres". Es verdad. Pero el respeto no se debe exigir, nos lo debemos ganar, y junto con él también nos podríamos ganar la confianza y el cariño de esos seres que reciben nuestros gritos e improperios sin otra alternativa... mientras están chicos.

En segundo lugar, por encima de las creencias está la realidad: Los hijos crecerán aprendiendo del ejemplo y encontrarán que es padrísimo poderse desahogar a gritos, entonces comprenderán a sus padres ¡qué sabios eran! Y como en esta vida no hay nada mejor que corresponder, esos mismos papás serán tratados a regaños, berrinches y empujones, y seguramente se preguntarán "qué hicieron para merecer unos hijos tan malos".


Regañar no arregla nada, si bien permite que el adulto se desahogue, después debe volver a comenzar la labor de convencimiento, pues el regaño provoca rebeldía en los niños y jóvenes. Entre más agresivo y ofensivo sea el regaño, más rebeldía obtendremos en respuesta. Y si se nos ocurre hacer de ese regaño un espectáculo público, es decir, exhibir al pequeño o joven delante de sus amigos, también le estaremos reduciendo su autoestima.

Además, cuando los hijos y las demás personas se acostumbran a vernos y escucharnos regañando a diestra y siniestra, todo el tiempo y en todo lugar, los regaños pierden todo su efecto y lo único que conseguiremos es una fama de enojones bien merecida, así que conviene más bajarle al volumen y tratar de recuperar la capacidad de diálogo (primero debemos ser capaces de escucharnos a nosotros mismos, y después podremos escuchar a los demás).

Aceptar, escuchar y preguntar es una vieja fórmula que funciona mejor que los regaños, y aplicándola podemos aprender que no necesitamos vivir desahogándonos todo el tiempo con los niños, los jóvenes ni ninguna otra persona. 


¿Queremos que nuestros hijos nos respeten? Hay que tratarlos con respeto. ¿Queremos que nos tengan confianza? Confiemos en ellos. ¿Queremos su cariño? Démosles el nuestro.

Pero si queremos que nos tengan miedo y nos guarden rencor, no hay que escucharlos, nada más hay que regañarlos y desahogarnos. Cuando no creemos en nuestra propia autoridad, gritamos, y entre más fuerte lo hacemos, menos autoridad tenemos.

Hasta luego.

lunes, 19 de agosto de 2013

Crecer en la ayuda

"Si no quieres correr riesgos en la vida, ya has decidido que no deseas crecer"
Shirley Hufstedler



Si usted quiere ayudar de verdad a sus hijos, aquí tiene seis consejos que le pueden servir para ayudarles a superar exitosamente la crisis de comunicación y de relaciones que nos toca vivir en esta época… 

Seguramente ellos vivirán otras situaciones muy distintas a las que nos han tocado a nosotros, o las vivirán en otra dimensión, como el bullying, ser hijos de padres separados o divorciados, sufrir la pérdida de seres queridos, testificar o protagonizar la violencia social presente en robos, secuestros o asesinatos y también vivir la discriminación, por mencionar algunos temas que en mi infancia yo no asumí como normales o cotidianos. Aún así, estamos en buen momento para darles algunas herramientas a los hijos, niños y jóvenes, desde nuestra propia actitud:


Escúchelos. Aunque le parezca que esas cosas de niños no son importantes, lo que sí importa es el ejemplo de atención y respeto a sus palabras, ya que con el paso del tiempo esa actitud también será aprendida por sus hijos y serán buenos escuchas en el futuro. ¿Quiere que sus hijos sean pacientes y atentos? Deje que se sientan escuchados.

Platíqueles. Si le parece que sus niños no dicen nada interesante, usted dígaselos, se dará cuenta que comprenden y se interesan mucho más de lo que se imagina, siempre y cuando tenga la paciencia de bajar hasta su nivel de lenguaje, y con un poco de suerte, hasta sentirá menos soledad y vacío en su existencia. ¿Quiere que sus hijos sean personas con facilidad de palabra? Entonces también deles a ellos la oportunidad de platicar y expresarse.

Acompáñelos. No tiene que estar junto a ellos las 24 horas del día ¡sería una carga pesadísima para ellos y para usted! Lo que sí puede hacer es dedicarles un tiempo especial, en la medida que sus rutinas y ocupaciones se lo permitan; en mi caso yo aprovecho 2 momentos al día, uno es el camino hacia la escuela por las mañanas y el otro es en los momentos previos a dormir, por las noches. Me gusta repasar con ellos lo que les gusta y no les gusta de su día al empezar y al terminar. ¿Quiere que sus hijos sepan que sí los quiere? Dedíqueles 5 minutos exclusivos, por separado o juntos, haciéndoles saber que ése es su tiempo. Después retomará sus quehaceres y su tiempo, hasta con más entusiasmo.

Conozca sus modelos. No importa qué edad tengan: niños, adolescentes o jóvenes, los hijos sanos siempre tienen un modelo, y si pueden hablar de él sin sentirse juzgados ni criticados por usted, llegará a conocer mucho más acerca de las aspiraciones y deseos de sus hijos de lo que ellos mismos quisieran platicarle. ¿Quiere que sus hijos estén seguros de lo que quieren? Respete a los personajes que admiran, anímelos a presentárselos sin hacer burla o sarcasmo de aquello que les gusta, y podrá descubrir sus sueños más profundos.

Sea constante. Sea firme con amor para despertar en ellos el hábito de la disciplina sin culpas ni remordimientos, recuerde que los padres constantes usan al mismo tiempo los dos ingredientes, pues tanto la firmeza como el amor, por sí solos, resultan insuficientes: Una provoca miedo y resentimiento y el otro propicia la falta de disciplina y de respeto.

Exprese lo que siente. Abrace, bese, ría, grite, llore… ¿Quiere que sus hijos sean honestos con ellos mismos? Póngales el ejemplo.

"Al amado no se le alecciona, se le observa, no se le transforma, se le ve crecer y no se le conduce, se le acompaña."
Valerie Tasso



¿Cree que estas actitudes le servirán para hacer crecer en ayuda la relación con sus hijos? 

Si responde que sí, le propongo llevar estos mismos consejos y aplicar estas mismas actitudes con sus amigos y familiares más queridos. Se dará cuenta que el nivel de sus relaciones subirá como la espuma y la honestidad irá ganando lugar de una manera respetuosa y constante. 

Confíe en usted, no importa que no haya crecido en la ayuda... Y por cierto: Tenga presente también este último consejo, de otra manera nunca podrá ser 100% ayuda para el crecimiento de otros:


Hasta luego.

domingo, 21 de julio de 2013

Los órdenes de la ayuda (3 de 5)

"Cuando yo tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años."
Mark Twain


Y es muy frecuente descubrir gente buscando alianzas para hablar de otras personas o hacer berrinche porque los demás no hicieron lo que uno quería. También se repite la historia de jugar al desvalido para echarle la culpa de nuestros errores a otros y, no como cosa rara, encontramos niños heridos de 40 o 50 años de edad que todavía lloran y hacen berrinche desconsolados porque no recibieron de sus padres todo lo que esperaban recibir.


Si en verdad queremos ayudar a estas personas, lo primero que debemos evitar es hacer esas alianzas de crítica destructiva y los apapachos exagerados o demasiado frecuentes, para encontrar detrás de las quejas y los berrinches al adulto responsable y preguntarle directamente si desea cambiar su forma de afrontar a la autoridad y si necesita mayor contacto físico. Romper el esquema de comunicación por berrinche o de la víctima permanente cuesta mucho cuando no se asume desde la postura de adulto a adulto.

Aquí está el tercer orden de la ayuda, tomado íntegramente en palabras de Bert Hellinger:
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Muchas personas que ayudan, por ejemplo psicoterapeutas y trabajadores sociales, piensan que deben ayudar como padres a sus hijos pequeños. También aquellos que solicitan ayuda, esperan recibir la ayuda como de padres a sus hijos, y asimismo recibir posteriormente de sus terapeutas lo que aún esperan y exigen de sus padres.

¿Pero qué sucede cuando los “ayudadores“ responden a estos deseos?

Ellos comienzan una larga relación con sus clientes, y se encontrarán en la misma situación que los padres: paso a paso le tienen que poner límites al cliente.

Muchos “ayudadores“ quedan atrapados en la transferencia y contra transferencia del hijo a los padres y de esta manera obstaculizan la despedida de los padres, así como la de ellos mismos. Solamente en situaciones donde el “ayudador“ lleva a cabo un movimiento interrumpido puede ponerse en el lugar de uno de los padres.

El tercer orden de la ayuda sería entonces que un “ayudador“ se enfrente a una persona adulta, que busca ayuda de manera adulta, y que rechace ubicarse en la posición de sus padres.


El desorden aquí sería permitirle a un adulto pedir ayuda como un niño, tratarlo como un niño y decidir algo por lo que él mismo debe tomar la responsabilidad y encarar las consecuencias.
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Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve pianista. Michael Levine

Mucha atención a la etapa que está viviendo cada persona, no vayamos a cometer el error de querer que un adolescente o un infante nos responda de la misma manera que el adulto. El lenguaje y el esquema de pensamiento en los menores de edad es distinto y a los adultos nos corresponde buscar la adaptación.

Hasta luego.