viernes, 6 de febrero de 2026

El silencio

"Tierra, agua, nubes, sol, niños, jóvenes, mujeres y hombres de todas las edades aparecemos cada día haciendo diferentes cosas, unos serios, otros tristes, enojados, alegres o concentrados, actuando nuestro papel en el escenario de la vida y aportando una minúscula parte a este gigantesco ser llamado humanidad, un ser tan grande que necesitamos alejarnos mucho para poder verlo completo, sin embargo nunca podremos verlo en toda su extensión: si nos alejamos demasiado solamente se aprecia el planeta Tierra flotando en el espacio, silencioso y aparentemente inmóvil.


Cada vez que nace un niño se vuelve a inventar el mundo con un nuevo enfoque y otra visión, por eso siempre decimos que “cada cabeza es un mundo”. Los niños crecen y mientras lo hacen conocen a la gente con quien les tocó vivir; lo mejor es que al mismo tiempo comparan lo que aprenden con todo lo que ya saben en su interior. Los adultos conocen primero el llanto del niño y después su voz; los niños conocen antes las caricias y los mimos de sus padres, y hasta que pasa un buen tiempo conocen en realidad su voz. Sin embargo, todos empiezan conociendo el silencio, aunque después la mayoría lo olvida.

Al principio siempre es el silencio y de ahí viene todo lo humano... Del silencio nace la palabra y el murmullo y la música; del silencio nacen los sueños, el gusto por ver y sentir y las ganas de hablar con alguien; del silencio nace la verdadera comunicación, el diálogo interior y el intento por conocer la vida sin hablar de ella, sin siquiera verla sino simplemente estando en ella.

El silencio es el espacio y el momento para que cada humano esté acompañado por su propia persona. Desde antes de nacer estamos todos así; después cada uno va descubriendo ruidos, audios, nombres, sonidos y con ellos encuentra las palabras para inventar un mundo que en toda una vida no acabamos de descubrir.

Además, el silencio es la oportunidad de asomarnos al vacío sin miedo, de no tener necesidad de hacer nada más que darnos cuenta de que algo falta por hacer o por decir, solo cuando entramos y salimos del silencio podemos descubrir ese algo y colocar, en el hueco justo, la palabra o el hecho recién nacidos de esa nada, de ese vacío propio. No importa si alguien más ha hecho o dicho lo mismo antes, lo importante es haberlo descubierto de nuevo y saber que está creado al modo propio.

Esa es nuestra verdad, así la creamos, así va naciendo. Algunas veces la verdad se trabaja, se pule, se cultiva y sobrevive durante toda una existencia y más allá, en esos casos las verdades se convierten en cimientos para que otros humanos sigan inventando el mundo; otras veces las verdades se guardan como si fueran sagradas y ya no se trabajan, esas se van oxidando hasta que ya no sirven y, si les va bien, se vuelven mitos. Las verdades se vuelven falsas si no las actualizamos cada cierto tiempo.

Los humanos le hacemos caso al silencio y sentimos cuándo es hora de regresar a nuestro interior para recrear nuestras verdades antiguas y otras más recientes, puede ser que las más nuevas no parezcan tan creíbles pero les damos el beneficio de la duda, así deben ser las verdades verdaderas.

Cuando los humanos entran a su silencio no importan mucho las verdades de otros ni las propias, lo único real es el quieto mensaje silente que siempre acompaña a cada uno, y que tiene la extraña cualidad de no decir algo, simplemente nos ayuda a escuchar nuestro propio yo. Encontrarnos a nosotros mismos. Buscar nuestra voz interior. Estas búsquedas son una aventura que le da sentido a la vida, el motor que impulsa al mundo hacia adelante, y si ponemos suficiente atención no encontramos una voz sino dos, tres y muchas más.

En cada ser humano hay también, por lo menos, un ángel y un demonio que nos acompaña desde que nacemos y durante todo el camino de la vida. Son testigos fieles de nuestros miedos y valores, de nuestros éxitos y fracasos, conocen mejor que nadie nuestra forma de ser en el mundo que nosotros mismos inventamos, también conocen el mundo que cada uno quisiera tener y saben, sobre todo, los mundos que cada persona quiere evitar porque duelen.

Sabemos que algunos dolores se quitan al tocar su fuente y que otros duelen más al hacer lo mismo, siempre se viven y no sirve de nada razonarlos si no se sienten. Pero hay quien inventa su mundo con base en el dolor creyendo que el sufrimiento forja a los grandes hombres; también hay quien dedica su vida a ocultarse de las sensaciones dolorosas y cuando muere dice que al fin inventó la felicidad, al final todos los humanos coincidimos en querer ser felices al menos por un momento en la vida.

Lo realmente importante es que tanto el ángel como el demonio que nos acompañan saben que mientras un niño crece puede conocer de todo, incluido el dolor, pues él es simplemente una vía para apreciar el bienestar, según lo invente cada quien. Cuando los niños crecen van conociendo, viviendo e inventando más cosas. Sienten la superficie de los objetos que forman el mundo y el contacto y el trato con la gente va despertando sus emociones, sus sensaciones y su pasión. Con todo eso también inventan sus verdades. Esta es una opción. También hay humanos que deciden vivir en la mentira.

Para inventar una verdad hay que reconocer muchas mentiras. Hacer una cosa es dejar de hacer todas las demás. Escoger a alguien o a algo es desechar a todas las demás personas o cosas que pudieran estar ahí, a nuestro alcance. Por eso es tan importante para cada humano saber inventar bien la vida que quiere vivir. Por eso nuestros ángeles y demonios luchan desde lo más profundo de nuestro interior por ser escuchados.

Aquellos que no aprenden a inventar su mundo terminan creyendo que el mundo los inventó a ellos y pasan toda una vida tratando de adaptarse a la gente, a las situaciones y a la vida porque viven pensando que “así les tocó vivir”, sin llegar a enterarse de que todo lo que forma su existencia no es más que su invención. Se puede vivir inventando la tristeza y el conformismo sin siquiera darse cuenta.

También puede ser que el niño no aprenda a inventar. Esto es más triste y más grave. Los humanos que no aprenden a crear se dedican a destruir todo lo que pueden en un mundo que no alcanzan a comprender, que sienten ajeno y, por lo tanto, se lo quieren adueñar para sentirse parte de él. Son muchos los humanos que viven a la defensiva y en tensión simplemente por no saber que se inventaron un mundo lleno de enemigos.

La muerte, el sufrimiento, la desolación, la destrucción en todas sus formas, siempre están presentes en aquellos que no saben crear. Es en verdad terrible lo que puede nacer de este tipo de personas que, como ya sabemos, son bastantes en este planeta.

No saber, o no creer que uno mismo puede inventar una buena vida es el mayor peligro que enfrenta nuestro planeta. La persona que no sabe crear debe aprender a hacer algo, porque si no sólo podrá destruir los sueños, los actos, las palabras, las vocaciones y el silencio de los demás. Las personas que no saben inventar su vida le tienen miedo al silencio, a estar de verdad con ellos mismos o con alguien más, tal vez por eso nunca se alcanzan a conocer.

Pero los humanos tenemos un recurso renovable que nos acompaña siempre: se llama amor. Al nacer, el bebé es recibido por un cuerpo cálido y comienza a recibir cariño, caricias y muchas esperanzas, y automáticamente empieza a descubrir el amor.

El amor es el mejor recurso de nuestra especie. Cada vez que alguien reinventa el amor en un callejón, un edificio, una casucha, un auto, una escuela, una casa, un parque o donde sea, el mundo se vuelve a mover. Cada vez que alguien comparte su amor con otro alguien que también lo ha reinventado, la vida se multiplica. El amor es uno de los pocos recursos que el humano puede reinventar y regalar durante toda su vida, con la seguridad de que siempre va a tener más para dar. Lo mejor de todo es que el amor no resulta de la casualidad, el amor es una decisión.

Para nosotros todo viene del silencio, de la nada, del simple hecho de estar con uno mismo y dejar entrar y salir a nuestros propios ángeles y demonios. Más profundo entran al interior y más silencio tenemos, así encontramos más vacío y tenemos más oportunidad para crear. Hay quienes vencen su propio temor y llegan todavía más adentro, el vacío se vuelve enorme y el silencio puede ser total. Sus cuerpos se vuelven entonces el mejor refugio para estar, la mejor capilla para meditar. En ese momento aceptar el silencio, la nada, el vacío, hará que nazcan las mejores creaciones del mundo, porque no hay nada que obstruya los mensajes de su interior.

Así es como inventamos la paz. Así es como inventamos la unión con los demás. Así también es como inventamos el amor. Todo lo bueno de la vida está dentro de cada ser; quienes lo saben, entran en ellos mismos para sacarlo, para inventarlo y reinventarlo. Lo único que nadie inventa es el silencio, porque desde el principio estaba ahí.

Hasta luego.

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