domingo, 7 de febrero de 2021

Del otro lado del miedo (recomendación y cuento)

 "Soy amiga del monstruo que está bajo mi cama,

se lleva bien con las voces dentro de mi cabeza"

(Eminem y Rihanna)


"Del otro lado del miedo" es un libro que me gustó mucho y que resulta muy útil para saber lo que es el miedo, entender todos los disfraces que usa para que no podamos reconocerlo, qué efectos tiene en nuestra vida y qué podemos hacer con él, si a fin de cuentas va a seguir estando con nosotros todo el tiempo. Lo mejor de este libro es que el autor, Mario Guerra, se tomó el cuidado de redactarlo en un lenguaje sencillo y entendible, como si se tratara de un maestro de verdad interesado en que sus alumnos aprendan, y el resultado es una lectura interesante que a ratos parece una charla enriquecedora con un amigo que sabe explicar muy bien.

¿Para quién es éste libro? Para cualquiera que desee conocer y enfrentar sus propios miedos, o que desee ayudar a alguien más que tiene problemas para superar un miedo, o simplemente para quien quiera mejorar sus relaciones interpersonales... 


De este libro tomé el cuento que reproduzco a continuación, y que me parece una excelente metáfora, espero les guste:


"Alguna vez alguien me contó la historia de una princesa oriental que era conocida por su valor y su destreza en el manejo de las armas. Lo que recuerdo de esta historia es que aquella princesa una mañana se sintió abatida y con pesar. Es verdad que su valentía era grande, pero por más que lo había intentado una y otra vez, había un enemigo al que no había podido vencer y que en cada batalla la derrotaba. Muy frustrada fue a ver a su maestro, al que le contó todo lo que ella sentía.

-       ¿Quién es ese formidable contrincante que en cada ocasión te derrota? - preguntó el maestro.

-       Es el miedo. -respondió la princesa agachando la mirada.

El maestro guardó silencio por un momento mientras tomaba un poco de té y luego le dijo a la princesa:

-       No puedo ayudarte porque yo mismo no he encontrado la manera de derrotar a ese oponente, pero sé quién sí puede decirte el secreto para vencerlo.

-       Hable ya, se lo suplico, maestro – dijo la princesa.

-       ¿Recuerdas que alguna vez te hablé de la montaña maldita donde habita un ser terrorífico? Bueno, pues es ahí a donde debes ir si quieres saber el secreto, pero para que eso suceda debes ir sin espada y sin escudo, solo portando tu túnica, tus sandalias y una pequeña alforja donde lleves agua y comida porque el viaje es largo.

-       Pero, maestro – se quejó la princesa -. Usted mismo me ha contado historias de aquella montaña y el ser que la habita, me ha dicho que es muy peligroso y agresivo, y ¿ahora me dice que vaya allá sin arma alguna, escale la montaña y llame a la puerta de esa bestia?

-       Al parecer no estás tan motivada después de todo para obtener ese secreto. Olvida lo que te he dicho y sigue practicando, quizá, algún día, logres derrotar a tu oponente – concluyó el maestro mientras calmadamente se servía otra taza de té.

La princesa, que le tenía gran cariño y lealtad a su maestro, y pese a su propia resistencia, confió en su sabiduría y empezó el viaje tal como se lo ordenó, sin arma alguna. Caminó durante muchas noches hasta que al medio día de un día de esos, llegó a las faldas de la montaña maldita. Era imponente, y muy alta, en la cima había una fortaleza donde habitaba aquella criatura infernal. Suspiró y un poco contra su voluntad empezó el ascenso recordando las palabras de su maestro. El atardecer se estaba terminando cuando llegó al portón de la fortaleza. Era enorme, y con razón si la habitaba un gigante. Como pudo llamó a la puerta, de inmediato se arrepintió y pensó en huir, pero ya era tarde. La puerta se abrió con un crujido sepulcral y ahí, frente a ella, estaba aquel enorme personaje que resultó no ser otro que el miedo mismo en persona.

-              ¿Qué macabra broma es esta? – pensó la princesa-. ¿Cómo me envía mi maestro a enfrentar a mi más fuerte enemigo totalmente indefensa y sin aviso?

El miedo, que ese día usaba su armadura de la impaciencia, miró a aquella diminuta y “flacucha” princesa quedar congelada, absorta en sus pensamientos mientras sus ojos se hacían cada vez más grandes. Impaciente le gritó:

-            ¿Qué demonios haces aquí y qué rayos quieres?

La princesa estaba aterrada, no solo llegó desarmada hasta las puertas de la morada del miedo, sino que, para colmo, ya lo había hecho enojar. “Y eso que todavía no le digo a qué vengo”, pensó ella.

El miedo ya se había desesperado y estaba por cerrar la puerta de un portazo cuando la princesa le gritó:

-          Miedo, vengo con gran humildad y reverencia a que me permitas hablar contigo. No he traído armas ni escudo como prueba de mi buena voluntad.

El miedo la miró y confirmó que ciertamente no iba armada.

-            ¡Vaya, debes ser muy valiente o muy torpe para presentarte así ante mí! Pero es verdad que lo has hecho con respeto, así que di lo que tienes que decir y después márchate, que estoy muy ocupado – gritó el miedo.

La princesa aspiró profundo y respondió:

-          Vengo a que me digas cómo puedo derrotarte.

El miedo no podría creer lo que escuchaba.

-            ¿Qué vienes a qué cosa? – le preguntó asombrado -. Ahora confirmo mi sospecha de que estás loca de remate al venirme a preguntar eso a mí.

Miró fijamente a la princesa a los ojos y de pronto supo que en su corazón había un gran deseo que ni él mismo iba a lograr contener si pasaba más tiempo.

-            Está bien, no sé por qué voy a decirte esto, pero sólo lo voy a decir una vez, así que escucha bien porque después volveré a mi fortaleza y cerraré la puerta, ¿estás lista?

-            Sí – respondió la princesa emocionada.

-            ¿Sabes por qué te derroto en cada batalla? – le preguntó el miedo -. Te derroto porque hablo muy fuerte, con voz terrorífica y lo hago muy cerca de tu cara y eso sin duda te asusta, pero el verdadero secreto de mi victoria está en que te ordeno lo que tienes que hacer y tú haces lo que te digo. Así que escucha bien. Muy pronto nos volveremos a enfrentar en combate una vez más, así que volveré a hablar muy fuerte, con voz terrorífica y lo haré muy cerca de tu cara, después te voy a decir lo que tienes que hacer y ahí estará tu oportunidad; si tú no haces lo que te digo, entonces yo no tendré ningún poder sobre de ti y podrás por fin vencerme. Ahora, ya lo sabes. ¡Lárgate y déjame en paz! – vociferó el miedo con voz muy fuerte y terrorífica.

Cuenta la historia que en ese momento la princesa en vez de salir huyendo se quedó de pie frente al miedo feroz y su fortaleza y estos empezaron a desvanecerse lentamente. Al final la princesa pudo verlos por fin como lo que eran: una gran montaña y el feroz rugido del viento."


Hasta luego.

domingo, 31 de enero de 2021

El cuerpo físico

Soy yo, más no todo yo.

El cuerpo físico es lo más parecido a la persona que crees ser, es la máquina del tiempo que te lleva del placer al achaque, el vehículo para recorrer la vida y en algunos tramos del camino es tu única compañía. Además, es la parte más visible para ti y para los demás, y la única que algunas personas van a reconocer.

Tu cuerpo cambiante y demandante requiere mantenimiento frecuente de todas sus partes que son muchas, pero bien cuidado todas caben en él.

Al recibir tu cuerpo aceptas trabajar para él durante toda tu vida, asearlo, alimentarlo, curarlo, disfrutarlo, ejercitarlo y cuidarlo, a cambio él cargará todas tus partes: las que se ven, las que no se ven porque las cubre tu piel y las otras que no se ven pero se sienten por ti y por los demás.

El cuerpo físico es tu dueño y también es lo más tuyo.



Hasta luego.

miércoles, 27 de enero de 2021

Cuento: La nueva tierra, parte 1

 Todo cambia.


La nueva Tierra, parte 1



Me gusta mi casa, me gusta el lugar donde vivo y me gusta mucho salir a jugar con mis vecinos. En mi mente infantil siempre hay acción y gente como cuando estoy con mis amigos en la calle, sin saber ni querer enterarme que las calles están así de vivas nada más cuando salimos todos los niños a jugar, porque cuando estamos metidos en la escuela o en nuestras casas, en la calle solo hay algunos animales como gallinas y perros aflojerados, también hay tierra, piedras y polvo, mucho polvo que se mete en las casas y después ya no se quiere salir. Algunos adultos van de un lado a otro, pero esos no son interesantes en este pueblito aislado donde yo y todos los niños nos sentimos tan bien, lejos de todo. Mi pueblo es tranquilo y verde, sus habitantes crían animales y cada mañana los sueltan para que anden libres, confiados porque saben que regresarán a sus corrales y chiqueros antes del anochecer, cuando el hambre los llama de vuelta a casa. Son pocas las calles que cruzan este caserío, no es un pueblo grande y por eso es fácil recorrerlo completo, salir a caminar bajo los grandes árboles que lo adornan, ver los caballos amarrados a las puertas hechizas de las casas y algunos perros tumbados en cualquier sombra, testigos indiferentes de estas tranquilas rutas de tierra y sol.

La ciudad es una emocionante aventura aunque no pase nada, igual que aquí pero diferente porque allá en el centro todos los días hay ruido, olor a humo y mucha gente yendo rápidamente de un lado a otro, como que nadie se conoce pero todos saben a dónde van y tienen que llegar rápido… yo siempre me pregunto si en la ciudad la gente tiene prohibido estar dentro de sus casas porque siempre la veo afuera caminando, manejando sus carros o subidos en el camión. Y a mediodía, de repente las calles se llenan de niños uniformados con sus mochilas en la espalda, casi todos haciendo lo mismo que los adultos: de prisa, siempre de prisa sin ver a nadie, pero algunos niños avanzan despacio, riéndose entre ellos y jugando o deteniéndose a mirar cualquier cosa que les llame la atención, ¡menos mal! En la aventura de la ciudad lo que menos me gusta es esa impresión de que nadie se conoce y no debe hablar con los demás.

Cada tarde, por el viejo camino de terracería que baja del cerro se escucha el sonoro rugir del camión que viene de Chapala botando entre los baches y las piedras, de vez en cuando, el motor de alguna troca también suena con mucha fuerza tratando de romper la silenciosa barrera de la soledad, y tan solo en pasar por el pueblo se tardan mucho tiempo, las piedras y los hoyos parecen tener como única misión la de hacer que los camiones bajen su velocidad, sobre todo cuando es temporada de lluvias. A veces los hombres del pueblo van, tapan los hoyos del camino y también quitan las piedras, pero siempre el camino vuelve a quedar igual. Cuando esos ruidosos motores atraviesan las horas quietas y aflojeradas de nuestras tardes, todo el pueblo siente la soledad que cae como los rayos del sol o las gotas de lluvia y se queda flotando en el aire y envolviéndonos. Mi mente recibe todo esto con agrado, supongo que así se forman los recuerdos.

Cada vez que puedo me voy a las parcelas para trabajar en lo que sea, porque yo sé hacer muchas cosas: sembrar, deshierbar la milpa, cargar el rastrojo, lazar ganado, llevarle forraje y un montón de cosas más. Desde muy chico he trabajado en esto, cada año vengo con los grandes y los acompaño desde que hacen los surcos en la tierra hasta que muelen las milpas secas, y el momento más bonito de todos es cuando las plantas ya están tan altas que cubren a cualquiera que se meta al maizal, y si te asomas por cualquier surco puedes ver muy ordenadas a todas las milpas, como soldados de color verde oscuro y brillante, algunas con sus adornos dorados, las “muñecas” que les salen anunciando que pronto habrá elotes. No hay un momento más bonito y más esperanzador que ése. De la nada, en pocos días la vida nace, crece y se regala, donde había pura tierra y polvo todo se llena de frescura y verdor, yo quisiera que siempre se quedara así el campo, quisiera que no tuviéramos que venir el próximo año a remover la tierra seca pero fértil para pedirle que haga vida otra vez, sino que estas milpas no murieran nunca, pero eso no es posible y hasta un niño como yo lo sabe, aunque no lo entiende.

Todo cambia muy rápido: he sido testigo de esta historia muchas veces, tantas que casi no me di cuenta que mi cuerpo también cambia y ya casi estoy del tamaño de las milpas. Ahora soy un joven viviendo en el mismo pueblo que ya no es el mismo desde hace unos pocos años porque la civilización se lo está comiendo. Hay un nuevo fraccionamiento abajo, ahí no vive nadie, las casas están muy bonitas pero solas y nada más los fines de semana se llenan de gente, de familias que salen de la ciudad y se vienen dizque a descansar, pero todo el día se la pasan rondando en sus motos y sus camionetas por las calles del pueblo, donde por cierto ya no hay caballos, puercos ni gallinas porque nos prohibieron tener a los animales sueltos, así que ya todos viven encerrados en sus corrales y jaulas, como escondidos.

Antes, para ir a las parcelas bastaba con salir del pueblo y caminar hacia el cerro, todos los caminos llevaban hacia allá. Ahora no, porque a alguien del gobierno se le ocurrió que los campesinos ya iban a ser dueños de la tierra y en vez de ser terrenos de propiedad común administrados por el propio gobierno, empezaron a poner cada ejido a nombre de alguien. Bueno, hubo un tiempo en que toda la gente del pueblo tenía su propio terreno, sus propias parcelas, pero eso duró poquito, cuando fueron necesitando dinero comenzaron a vender su tierras a quien las pudiera pagar, por eso hoy unos pocos del pueblo tienen muchas tierras y en ellas trabajan los que ya no tienen, pero muchos terrenos los compraron personas que no les interesa sembrar y que no saben nada del campo, ellos construyeron casas, bodegas, fraccionamientos, fábricas, centros comerciales, restaurantes, moteles y otras cosas donde antes había tierra para sembrar.

Ya no puedes tomar cualquier camino para ir al cerro porque topas con la barda de un fraccionamiento, o de una bodega, o con una malla de alambre que te detiene avisando que el terreno es propiedad privada y no se debe pasar. Detrás de todo eso, más arriba en el cerro, quedaron las tierras de cultivo en las laderas y en algunos lugares complicados por estar llenos de piedra, de arena o de huecos. Ya no es tan buen negocio sembrar ni criar animales, a estos es difícil traerlos a pastar.

Y además resulta que la ciudad ya no está tan lejos. Antes estaba a 3 horas o más, pero ahora está como a treinta minutos, según el tráfico. Cuando íbamos a la ciudad teníamos que madrugar para bañarnos y nos arreglábamos como si fuéramos a una fiesta de esas grandes, aunque cuando llegábamos no había fiesta, nomás puras prisas. Se nos iba todo el día y a veces más de un día en dar una vuelta para ver al doctor, para visitar a algún familiar o para comprar alguna cosa que no teníamos en el pueblo, y de verdad nos faltaban muchas cosas. Pero a mí me gustaba ir, no le hace que nos asoleáramos mucho caminando de aquí para allá, o que no comiéramos bien por falta de tiempo y de dinero. Me gustaba caminar entre la gente y pensar cómo se sentirían ellos viviendo ahí, si se asombrarían también con tantas cosas o si ya nada les sorprende y viven aburridos.

Hoy en mi pueblo las calles ya están empedradas, las casas tienen electricidad y agua entubada, la mayoría ya tienen su propio baño y hasta ahí la civilización, todavía no hay doctores ni hospitales y yo creo que ni va a haber, con eso de que ahora está más cerca la ciudad, pero yo creo que para la ciudad nosotros estamos igual de lejos o hasta más que antes, las personas que pasan en sus autos no han de creer que en los pueblos y rancherías viven otras personas iguales a ellas.

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Todo cambia muy rápido, cuando me di cuenta de eso decidí coleccionar momentos y por eso guardo en mi memoria muchas escenas que me han impactado y otras que cuando ocurren no las alcanzo a asimilar. También en mi casa las cosas cambian, empezando por mis 2 hermanos mayores que de plano un día dijeron que aquí ya no se podía vivir y se fueron al norte para ver si encontraban algo mejor, hace varios meses que partieron y todavía no sabemos dónde están, ni cómo están, mi mamá reza todos los días y también en las noches por ellos, cada vez que los recuerda vuelve a rezar y a veces se le escurre una lágrima que baja despacito recorriendo los surcos de su cara y a nosotros nos dice que no lloremos, que es como pensar que ya les fue mal; entonces seca su rostro con su pañoleta y vuelve a rezar para que estén bien. Luego sonríe, se levanta y se mete a la cocina donde ella es la reina, al poco rato se asoma y nos ofrece alguno de sus guisos.

Hoy mi mamá amaneció enferma, así nada más, de repente. Desde temprano ha estado acostada sufriendo y delirando, en su delirio llama a mis hermanos y regaña a mi papá porque no los puede encontrar, yo me acerco a ella para consolarla y aprovecho para asomarme a sus ojos para que me vea y porque quiero reconocerla, pero solo veo que se le están apagando, así sigo mucho rato hasta que ya no la encuentro en esa mirada. Le hablo, la acaricio, le doy la medicina que nos dijeron que le hace bien y no reacciona. Al anochecer del tercer día ella vuelve, abre sus ojos y medio se sienta mirándome fijamente, entonces comienza a preguntar por cada uno de sus hijos, por mi papá, por sus hermanos y hermanas, por sus papás aunque ellos hace mucho que fallecieron y hasta por los vecinos; mi hermana Lily y yo, que estamos junto a ella, le contestamos a cada pregunta que “él está bien” o que “ella está bien” para tranquilizarla. Cuando termina de repasar a todos sus queridos ausentes nos pregunta a nosotros que cómo estamos y le respondemos igual:

-     - Estamos bien.

Entonces hace una curva con su boca, dibujando en su rostro la sonrisa más hermosa que he podido ver, nos mira un rato, suficiente para alcanzar a reconocer en sus ojos brillantes que ella está ahí adentro, después se acomoda sonriente en la cama y nos dice con su voz bajita y tranquila:

-     - Entonces puedo descansar.

-     - Claro que sí, -le decimos y todavía le ofrecemos algo de comer y de beber, pero no quiere nada, nos comenta que está muy contenta porque toda su gente está bien y que se siente cansada, que quiere dormir.

Cariñosamente la cubrimos con una sábana para que no la alcance el viento fresco que se asoma desde el patio, ella cierra sus ojos y nos quedamos a su lado escuchando su respiración. Mi mamá murió al amanecer, el cuarto día después de que enfermó y nos dejó muchas cosas buenas, pero también se llevó con ella una parte de nosotros

En cada hogar, el padre es la cabeza y la madre es el corazón, mi casa sigue en pie con mi hermana, mi papá y yo pero en todas partes se siente descorazonada: en el patio de la entrada, en la sala y el comedor, en los cuartos, en todas las paredes pero sobre todo en la cocina, ahí ni queremos entrar. Por si fuera poco, mi papá ha empezado a perder la razón, entregado como está al vino se le va olvidando lo que es importante para vivir, al principio creímos que era normal porque todos nos sentimos tristes y derrotados ante la muerte de mi mamá, pero cada día él se va consumiendo más en el alcohol y mi casa se está quedando sin cabeza también.

Es la primera vez que siento miedo de verdad. Ya estoy grande, casi termino la secundaria, pero aun así me da mucho miedo sentirme abandonado y no se me quita con nada… bueno, a ratos escondo mis miedos cuando veo a Lily, entonces me hago el valiente y platicamos de cuando estaban nuestros hermanos, y mi mamá, y de cuando mi papá también estaba entre los vivos y no en ese estado como vegetal que le provoca el alcohol, hablamos mucho de cuándo éramos felices. Comemos juntos, arreglamos la casa juntos y visitamos a los tíos juntos para hacerles cualquier chambita y juntar algo de dinero, yo ya no me animo a irme a pizcar ni a hacer nada allá en las parcelas, me da más miedo estar lejos y dejar a mi hermana sola porque mi papá no está con ella, aunque su cuerpo ocupa la mesa del comedor casi todo el día y la noche. Lily es mayor, es una mujer valiente y decidida pero yo sé que por dentro es una niña y que extraña a mi mamá más que yo.

Y reconozco que mis tíos son generosos, no ha habido un solo día en que nos quedemos sin comer, siempre alguno de ellos nos trae alimento y se preocupa por venir al menos una vez para saber si ya comimos y para preguntarnos con ese tono tristón e incómodo siempre lo mismo:

-     - ¿Ya comieron?

-     - ¿Están bien?

-     - ¿Cómo está su papá?

-     - ¿Y ahora qué van a hacer, muchachos?

Después nos platican un poquito acerca de su familia y sus quehaceres y luego nos dicen, igual todos los días:

-     - A ver si les gusta, su tía Fulanita preparó tal cosa y estuvo todo el tiempo pensando en que ojalá les fuera a gustar.

-     - Cuiden a su padre, el pobre no puede con su tristeza.

-     - Cualquier cosa nos avisan, ahí vamos a estar en la casa.

Y nosotros siempre escuchamos en silencio hasta la despedida, entonces decimos a coro un “gracias” muy sonoro, pero totalmente falto de entusiasmo. Han pasado como 3 meses desde que mi mamá se nos fue y desde que vivimos esta rutina.

Hoy fue un día igual a todos los demás hasta que acabamos de cenar, entonces Lily me pide que salgamos al patio a ver la noche, una noche tan fresca y con un cielo tan claro que se pueden ver las estrellas como antes, cuando no había luz eléctrica en las calles. Yo salgo con una taza de café en la mano, me siento en una piedra grande junto al huamúchil que tenemos a mitad del patio y la espero, ella apaga la luz de la casa y viene a donde estoy, durante un buen rato contemplamos en silencio a la luna colgada allá arriba en la tela de la noche oscura, tan vieja que su negrura está rasgada por miles de pequeños agujeros por donde se cuela el brillo de las estrellas tintilantes que viven más allá de nuestras noches. Me lleno por completo de este hermoso momento y por supuesto lo agrego a mi colección, después me vuelvo a mirar a Lily y le enseño mi taza vacía de café con cara de “ya hay que meternos”, pero ella solo sonríe y no dice nada, ni con su voz ni con sus gestos. Bajo mi taza y pongo cara de tonto, entonces ella, sonriendo, empieza a hablar:

Me dice que Toño, su novio, se va con su familia a Nuevo León y quieren llevarla con ellos, la familia de él la invita, siempre la han tratado muy bien y dicen que allá habrá trabajo para todos. Mi hermana quiere de verdad a Toño, y yo creo que él también a ella, además, ¿qué podemos hacer en esta casa? Yo nunca he sido cariñoso, pero esta noche le doy un abrazo muy apretado a Lily y le deseo que le vaya muy bien, que se cuide y que no deje que la traten mal. Ella dice que no me preocupe, que siempre va a tener presente todo lo bueno que le aprendió a mi mamá, que me quiere, que me va a extrañar mucho y jura que cuando esté bien y gane su dinerito me va a llevar con ella. Lloramos juntos el resto de la noche. De nuevo platicamos de cuando éramos felices y ya muy tarde, o muy temprano, según como se vea, ella entra a la casa prometiéndome que va a construir su vida poniéndole muchos ratitos de felicidad. Yo todavía me quedo un rato ahí, contento por ella y triste por mí. Y otra vez siento miedo.

Todo cambia muy rápido, no sé qué pasó con mi vida de hace un año, ni de hace seis meses… ¿La soñé o fue real? Tal vez sólo soy un producto de mi imaginación, y sí es así, debo imaginarme mi vida de una mejor manera. Lo bueno es que la ciudad está más cerca, nada más a media hora de aquí.

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En la ciudad todo es cemento o ladrillo: las calles, las banquetas, las paredes, yo salgo todos los días a caminar y me gusta llenarme de sol y viento mientras observo todo. A veces el aire trae cosas de muy lejos, como esas semillas que corren y brincotean por la banqueta, empujándose unas a otras por culpa del viento que las arrastra. Alguna que otra semilla se atora en las grietas del concreto y de repente una logra germinar, dejando crecer un tallo que se abre camino entre la piedra para convertirse en planta y recibir la luz del sol. No sé si es alegre o triste ver el éxito de esa planta que logra erguirse solitaria en el cemento, rodeada de pies que avanzan de prisa, rozándola al pasar.

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Hasta luego.

Ver parte 2


sábado, 23 de enero de 2021

El cuerpo: 3 niveles

Tu cuerpo es la casa que habitas.
También es el habitante de esa casa y también es
todo lo que siente, cree y piensa ese habitante.
Y además, es todas sus relaciones con otras casas.

El cuerpo humano es una maravilla de perfección y funcionalidad. No tenemos un cuerpo, en realidad somos un cuerpo formado al menos por tres niveles o estados diferentes que identifico como “cuerpo físico”, “cuerpo emocional-racional”, y “cuerpo social-espiritual”. Hay otras representaciones de estos tres niveles del cuerpo con distintos nombres, por ejemplo en la escuela nos enseñan que tenemos un cuerpo “biológico, psicológico y social”, no en vano el 3 es un número cabalístico: en la religión católica, la imagen de Dios se presenta en 3 divinidades o cuerpos.

En fin, retomo esta idea para hacer un reconocimiento a nuestro cuerpo, nuestra compañía durante toda la vida, el vehículo en que nos movemos, la máquina del tiempo donde avanzamos hasta recorrer todas las edades. Nuestro cuerpo, la Unidad, el Todo que funciona en más niveles de los que alcanzamos a ver.

Por lo general, se representan los 3 niveles como si fueran 3 cuerpos colocados uno sobre otro, tengo presente la imagen del cuerpo físico al centro, cubierto con una silueta de ese mismo cuerpo de tamaño más grande y ésta a su vez está dentro de otra silueta del mismo cuerpo, pero de tamaño aún mayor. Generalmente el cuerpo más pequeño, situado al interior y con un detalle más fino, representa al físico, dando a entender que es el más básico y está rodeado de cuerpos de luz o energía, que de acuerdo a la imagen representan niveles superiores al físico. Esta representación me recuerda a esas muñecas rusas que al abrirlas tienen otra muñeca en su interior.

Hay una relación constante entre los elementos que conforman cada nivel del cuerpo y por lo mismo, lo que le pasa a uno afecta a los demás, a veces de maneras tan drásticas que provocan cambios importantes en la vida del dueño o la dueña de ese cuerpo, de manera que en el nivel físico también se encuentra el nivel espiritual y el psicológico. Lo que sentimos más nuestro o más privado encuentra su lugar y se manifiesta en el cuerpo físico, como los sentimientos, las emociones, los pensamientos, las creencias o la actitud. Ignorar la relación que hay entre los tres niveles del cuerpo y pensar que cada uno funciona aislado de los demás, o que uno está por arriba de otro, nos enferma.

Los síntomas de nuestro cuerpo físico, los problemas en nuestras relaciones, las dudas acerca de nuestros principios y valores, son todas ellas enfermedades, mensajes que se pueden y se deben atender en cualquiera de los 3 niveles del cuerpo para que la totalidad funcione bien, puesto que están entrelazados. No atender el síntoma o la señal a tiempo equivale a querer “divorciar” nuestros niveles corporales, y la consecuencia será que aparecerán nuevos síntomas más fuertes, hasta que dejemos de ser indiferentes.

Hay mucha bibliografía acerca de las repercusiones que tiene el cuerpo emocional o el espiritual sobre el cuerpo físico, y viceversa, sin embargo le seguimos dando más importancia al cuerpo tangible, al que podemos ver y sentir. Esto es completamente normal, de hecho es más común que los síntomas, sensaciones e impulsos de cada parte de nuestro cuerpo físico los que nos digan lo qué está ocurriendo con los otros planos corporales (porque le hacemos más caso al cuerpo físico).

Conocer nuestras emociones y pensamientos, así como nuestra espiritualidad y forma de relacionarnos, no implica que debamos ser maestros de la meditación ni que tengamos que realizar complicados rituales místicos para llegar a entender nuestros tres niveles. Ya que los 3 cuerpos están interconectados y son interdependientes entre sí, al poner atención en el cuerpo físico y hacer caso de lo que necesita, también estamos haciendo caso de los otros dos niveles corporales.

Cuando hay malestar o incomodidad, generalmente se debe a que se está forzando al cuerpo a hacer algo que en realidad no desea hacer en ese momento. Esto se debe a que en alguno de los otros niveles corporales hay otra necesidad que debe atenderse antes para que el cuerpo físico cumpla su función de manera correcta. Éste es el principio básico de todas las enfermedades, desde el cáncer hasta la gripe, la dislexia, la impotencia o cualquier otra (excepto cuando hay un daño orgánico causado por algún accidente o lesión).

Lo mismo ocurre cuando descuidamos nuestro cuerpo material causando daños a nuestra dentadura por falta de higiene, a nuestros ojos por no atenderlos adecuadamente, a nuestro cerebro y músculos por no ejercitarlos o a nuestro organismo en general por abusar de alguna sustancia como el alcohol, el tabaco, la grasa, el azúcar u otras. Cada parte de nuestro cuerpo físico que se daña o que funciona mal, afecta de igual manera a una parte de nuestros otros niveles corporales.



Hacer caso a las señales del cuerpo no significa que viviremos “sanos” desde el nacimiento hasta la muerte, sin embargo, es la clave para afrontar asertivamente las situaciones que la vida nos presenta, identificar los problemas y dificultades en cuanto aparecen y mantener relaciones nutritivas con uno mismo y con los demás. También es indispensable para tener una autoestima sana, esa que permite sacar de la vida íntima lo que ya no le sirve al organismo.

En los tres planos corporales consumimos “cosas” (comida, bebida, creencias, actitudes, relaciones…) que en un momento de nuestra historia son nutritivas y con el paso del tiempo, si abusamos de ellas pueden volverse tóxicas, pero también tenemos la opción de desecharlas. Desecharlas no significa rechazarlas, a veces desechar la comida chatarra significa reducir su consumo para darle lugar a alimentos más sanos, de la misma forma que desechar una relación tóxica implica evolucionar y tratar de manera distinta a uno mismo y a los demás. Esto aplica para cualquier nivel corporal.
  

Aspiro a despertar la curiosidad y el respeto

necesarios para conocer un poco más de nosotros mismos

y tratar mucho mejor a todos nuestros niveles corporales.

 El cuerpo físico es el nivel en el que podemos identificar

más fácilmente lo que ocurre y lo que hacemos con nuestro ser.


Sigue tu propia rutina diaria, acostumbra a tu cuerpo a la disciplina de mantener una serie de acciones o rituales diarios, como despertar a la misma hora, vestirte aunque no haya que salir al trabajo o a la escuela, hablar con alguien, regar las plantas, practicar lo que te gusta hacer, pasear a tu mascota o lo que decidas hacer en tu día. Esto te ayuda a mantener control sobre tu persona, un paso básico para que puedas confiar en ti.

Consume alimentos nutritivos. Para el cuerpo físico, para el emocional y para el espiritual, si te descubres abusando de la chatarra como frituras, golosinas, o sustancias adictivas, descubrirás que en los otros niveles harás lo mismo, abusando de los equivalentes como la codependencia, la ansiedad, la intolerancia o las quejas constantes. Ten presente que el amor propio y la gratitud siempre son buenos nutrientes.

En resumen: hacer caso a las señales del cuerpo y considerar sus 3 niveles nos permite aprender de la vida, desarrollar habilidades para resolver las situaciones que la vida nos presenta y aceptarnos tal como somos, en vez de vivir peleándonos con nosotros mismos.

jueves, 9 de mayo de 2019

Cuento: Saber dar y recibir

Toda relación sana es un continuo dar y recibir.
El dar lleva la semilla del recibir.
El recibir lleva la semilla del dar.
Romper este flujo rompe también la relación.



Aquel día llegué a la oficina del director tan confiado como siempre, antes le tenía algo de miedo por sus arranques excéntricos y a veces berrinchudos, lo había visto regañar y poner en ridículo a varios compañeros de la empresa, pero por alguna extraña razón entre él y yo había una relación de respeto con algo de bromas y albures para no llegar a ser aburridos. En fin, le pedí a Lety, su asistente, que me anunciara y entré tranquilo pero con la duda de cuál sería el motivo de que el director me hubiera pedido venir a su oficina: yo casi nunca venía a este lugar, solamente cuando había una situación del trabajo que ameritara su atención o en reuniones para tratar asuntos con otras áreas. Ahí estaba el mero jefe, sentado al otro lado de su gigantesco escritorio color arena que parecía un desierto con dos o tres hojas y algunas cosas de papelería regadas junto al teléfono que él casi siempre tenía pegado a su oreja, como ahorita. Me sonrió mientras hablaba de cosas que yo no entendía ni quería saber, porque dicen el que sabe se involucra, además aquella plática no tenía nada que ver conmigo ni con lo que yo hacía. 

Me senté frente a él siguiendo un gesto imperativo de su rostro y estuve observando el globo terráqueo que resaltaba en primer plano al mirar sus grandes libreros llenos de tomos bellamente acomodados, después me pasee por ese lugar con mi vista, una pequeña mesa de reuniones que estaba acomodada cerca de la puerta, en el piso una bonita alfombra color mostaza y aquel mueble bajito atrás del director, acomodado antes del amplio ventanal desde el que se veían las hojas de las plantas más altas del jardín, la frondosa copa de un fresno que estaba en pleno verdor primaveral y allá, al otro lado de la calle, el parque lleno de árboles y sol. Mucho sol entraba por esa ventana dando una agradable sensación de calidez.


El director colgó el teléfono y me miró con seriedad un rato, callado. Después me dijo con una voz demasiado cortante
-       Ya supe que te vas a casar. Me dijo tu jefa. Y no me invitaste a la boda.
¡Esa no me la esperaba! Me puse rojo y creo que hasta empecé a sudar, de verdad nunca se me había ocurrido invitarlo y es que simplemente no pensaba hacer fiesta, solo una pequeña reunión con la familia y los amigos más cercanos, los míos y los de mi pareja. Sentí mucha vergüenza, como si fuera un niño descubierto mientras planeaba una travesura y creo que así me percibió el director porque comenzó a reir conteniéndose para no soltar la carcajada y volvió a hablar:
-       No te preocupes, estoy bromeándote, la verdad es que me dio mucho gusto saber que te vas a casar, me gustaría mucho conocer a tu novia pero no hay problema si me invitas o no.
Descansé en mi silla, le dije que sería un gusto que asistiera a la boda, que ahí podría conocer a mi novia y pensé que ahora sí entraríamos al tema que motivó esa reunión. Pero ya estábamos en el tema.
-       Me da tanto gusto que no sé cómo demostrártelo, lo único que se me ocurrió fue hacerte un regalo y no quiero regarla dándote algo que ya tengas, por eso te llamé: prefiero que tú mismo me digas qué necesitas.

Eso tampoco me lo esperaba, ¿por qué no escogió cualquier cosa y me la dio envuelta en un bonito papel brillante, como le hacen todos? No, claro: tenía que ponerme a escoger un regalo...


Mi novia y yo habíamos estado preparando nuestra boda con mucha anticipación y ya teníamos lo básico para arrancar sin problemas, teníamos un departamento pequeño en una buena zona que habíamos escogido juntos; lo habíamos amueblado poco a poco y ya teníamos varias comodidades: sala, comedor, estufa, cocina, refrigerador, recámara, lavadora, una tele grandota y un buen estéreo porque siempre he sido un adicto a la música y ya había arrastrado a mi novia a ese vicio... Yo estaba muy orgulloso y presumía con todo el que me escuchara que no habíamos necesitado nada de nadie, que todo lo que teníamos era porque nosotros lo habíamos conseguido y ahora que el director me proponía regalarme algo que necesitara, ¿qué creen que le dije? obvio: ¡que no necesitaba nada!

Ahí estuvo ese buen señor indagando que si una tele más grande, que si una sala más cómoda, que si una cama king size, que si el refrigerador más moderno o un micro de buen tamaño y yo muy sonriente diciendo que no a todo... hasta me ofreció pagar el enganche de un departamento o una casa y también le dije orgulloso que ya habíamos comprado un depa. La verdad es que mi pareja y yo veníamos de familias humildes, haber comprado todo eso nos costó bastante tiempo, ahorro y dedicación y el director lo sabía, yo trabajaba en la fábrica desde hacía más de 10 años y él conocía mi sueldo.
Se recargó en su silla mirándome en silencio por largo rato, después se inclinó hacia adelante y me dijo
-       Quiero regalarte algo y a todo le pones un pero. Me estás privando el gusto de compartir tu felicidad dándote algo que te acompañe en tu vida de casado. Pero quiero darte algo, así que dime tú qué te puedo dar.
Vi que sus palabras eran sinceras y que se sentía mal al ver que yo no aceptaba nada de lo que él me ofrecía… estuve tentado a aceptar cualquier cosa, entonces me di cuenta que un falso orgullo me impedía hablar, un falso orgullo que ocultaba la verdad que yo no había visto: ¡me daba miedo pedir! Sentía un miedo infantil y pensaba que al aceptar cualquier cosa que él me había ofrecido se iba a reir diciendo que era una broma y que eso era mucho para mi. Pero veía en la expresión de su cara que sí estaba interesado en que yo recibiera algo de su parte. Se me ocurrió entonces pedirle algo que no me podría dar para que él mismo diera marcha atrás. Le platiqué que mi auto ya estaba viejito, tenía más de 10 años de uso y la verdad estaba en muy buenas condiciones, pero yo seguía mi plan disfuncional y rematé diciéndole que lo único que me hacía falta era un mejor carro. El director no se inmutó, continuó mirándome fijamente, me imagino que estaba haciendo cuentas en silencio y con una voz baja pero muy segura me dijo:
-       De acuerdo. No te puedo dar un auto del año aunque me gustaría hacerlo, pero te propongo que este sábado nos veamos aquí afuera para ir a las agencias de autos seminuevos a que escojas el que te guste más. Yo lo voy a pagar.

Ahora fui yo el que se puso serio y callado, no creí que fuera a aceptar mi propuesta y comencé a balbucear algunos pretextos para no ir el sábado...


El director guardó silencio y me estuvo escuchando durante un buen rato, de repente se puso de pie, golpeó con la mano derecha su escritorio y esta vez sí habló con una voz fuerte y clara:
-       Soy el director de esta empresa, he invertido mucho tiempo rogándole a un empleado que me acepte un regalo y mi empleado quiere que le ruegue todavía más. ¡Se acabó!, perdiste tu oportunidad y yo tengo que hacer otras cosas, así que sal de mi oficina y vete a trabajar.
Me puse de pie confundido y algo asustado, nunca lo había visto así de enojado, y menos conmigo. Me puse de pie, ni siquiera me despedí y me fui rápidamente hacia la puerta.
-       Una cosa más, y piensa bien en lo que te voy a decir: "El que poco pide, poco se merece". Que te vaya bien.
Ese fue mi regalo. Guardo muy bien esa frase y a veces la uso: Si la vida me da la oportunidad de escoger, trato de tomar la mejor opción sin esperar a que se me acabe el tiempo, así aprendí que la vida no me dejará tomar algo que yo no le podría devolver.


Toda relación sana es un continuo dar y recibir.
Si das todo el tiempo, humillas a quien solo recibe.
Si siempre recibes, no le correspondes a quien te da.
Compartir es el flujo que alimenta el cariño y el amor. 

¿Qué piensas de esto, tú que me lees?

Hasta luego.

martes, 7 de mayo de 2019

Los 3 órdenes del amor

El amor no es suficiente.

Bert Hellinger partió de esta premisa que sustenta la teoría y práctica de las constelaciones familiares y que tiene gran aplicación en la terapia sistémica, familiar y de pareja: El amor puede perderse si no se enmarca en un orden claro y firme, pero a la vez flexible en cada etapa de la vida de pareja. 

En fin, aunque me parece que es un tema muy conocido, comento enseguida los 3 órdenes del amor:




Primer orden del amor: Derecho a pertenencia.

Todo el que tiene derecho a pertenecer, pertenece y no se le puede negar ese derecho, si se hace habrá consecuencias para ese sistema.

Mentir acerca del origen familiar, o de la descendencia para ocultar alguna persona o algún hecho a los ojos de los demás (por la razón que sea), creará una deuda emocional que en algún momento se hará presente con uno o más miembros de la familia. Esto no implica únicamente a los papás e hijos de un hogar, sino a la familia en su concepto más amplio, que comprende también a abuelos, nietos, tíos, primos, novios, ex esposos, amantes y a toda aquella persona que ha formado parte de los lazos afectivos de uno o más miembros de la relación (hombres y mujeres). Todas estas personas pertenecen a la relación y forman parte de su historia.
Excluir a un miembro de la familia ignorándolo, negándole oportunidades, cuestionando o criticando constantemente lo que hace o aplicando cualquier otra forma de discriminación, causará un daño permanente al sistema, que se manifestará en las relaciones que forjen sus miembros.

La actitud esencial para vivir el primer orden del amor es la aceptación.

Segundo orden del amor: Jerarquía.

Existe una jerarquía natural que depende del orden de entrada en la vida.

En el lenguaje legal también tiene su lógica: "Primero en tiempo, primero en derecho".  Es por ello que los hijos no pueden ser iguales a los padres: primero llegó la pareja y se ganó un lugar, gracias a ello llegaron después los hijos y en el ínter pudieron haber entrado otras personas a la relación (más allá de la pareja, que siempre debe ser solamente de dos): familiares y amistades de ambos. A veces ocurre que uno de los miembros de la pareja ya tiene uno o más hijos, es decir que estos llegaron antes que la nueva pareja y aquí aplica también el segundo orden del amor: la pareja recién llegada nunca va a poder desplazar a los hijos previos, ya que estos llegaron primero a la vida de la persona que recibe a su nueva pareja.

Un hombre o mujer que acepta como pareja a alguien que ya ha hecho su vida y quiere volver a comenzar, enfrentará el hecho de que las personas que se ganaron un lugar en sus relaciones seguirán formando parte de su historia y no deben ser negadas, sean hijos, ex esposos, hermanos, madres o cualquier otro tipo de relación cercana. De acuerdo al primer orden del amor, pertenecen al mundo de quien vivió esa relación. Negar a alguien que formó parte de la propia historia, o pedirle a la pareja que niegue a quien llegó antes a su vida, es condenar la relación al fracaso.

La actitud esencial para vivir el segundo orden del amor es el respeto.



Tercer orden del amor: Equilibrio entre el dar y tomar.

Debe existir entre iguales un equilibrio entre lo que se da y lo que se recibe. En las relaciones entre desiguales como por ejemplo padres e hijos, no existe esa reciprocidad, los hijos devuelven lo recibido a su vez a los hijos o a la vida.

En este punto aplica aquella frase de que "Amor no es sacrificio": aunque para mucha gente la generosidad es el mayor valor que se puede demostrar, no es sano dar a la pareja o al ser querido más de lo que podrá corresponder: quien recibe más de lo que puede dar termina huyendo de la relación, pues vive con una deuda que jamás podrá pagar y eso le coloca en desventaja ante una persona que le ama pero no se pone en una situación de igualdad. Por el contrario, también hay quien no acepta recibir y por este hecho puede terminar mal una relación, ya que dar simboliza una forma de entregarse a la relación, pero si una parte quiere dar y la otra se niega a recibir, evidentemente no se cierra el ciclo del amor que consiste básicamente en compartirnos, como personas y en nuestras posesiones.

La relación no es mercantilista, no se trata de una cuestión meramente material. Se trata de dar con gusto y sin dudas todo lo que implica amar a una persona y recibir algo equivalente. Eso podría llamarse "un trato justo" en el cual ambos miembros de la pareja se sentirán satisfechos porque el amor no es solo dar, sino también recibir. Las parejas más funcionales son aquellas en las que ambos miembros saben que pueden amar y también ser amados.

Las personalidades depresivas e introspectivas (sentimientos que "se compactan") tienden a negarse a recibir y prefieren dar, adoptando una actitud de dignidad o de desvalidez. Las personalidades más sociables y extrovertidas (sentimientos que se "expanden") tienden a recibir con facilidad y prefieren no dar, sino comprometer a otros a dar. Las personalidades más asertivas (¡claro que sí, sí las hay!) tienden a aplicar aquella frase de "yo tomo de la vida todo lo que le puedo devolver", es decir, saben dar y recibir. Sin culpa ni ostentación.

La actitud esencial para vivir el tercer orden del amor es la gratitud.


Hasta luego.

En el presente

  Si buscamos la felicidad en el pasado el presente pierde sentido y el futuro asusta, la vida está en el presente. Es gratificante haber ...