domingo, 28 de febrero de 2021

Boca

Boca


La boca es maestra versátil en muchas artes, lo suyo es la expresión y aunque esté cerrada dice algo si sus labios se curvan hacia arriba, hacia abajo, se estiran con sorpresa o se quedan inmóviles.

 Habla de amor cuando envías besos o los entregas a otra piel, calla a otros si la cubres con un dedo, y deja salir tu alegría, tu ira o cualquier otra emoción con sonidos bajos, medios y altos.

Por la boca viaja igual la risa, los gritos, los murmullos, las quejas, los suspiros, la pasión, el dolor y las palabras llenas de ideas, recuerdos, nombres, lugares, sueños, historias, planes y a veces también muletillas aburridas y mecánicas.

Es un importante órgano de placer y por eso es el centro del gusto para saborear otras pieles, otros sabores y las delicias de comidas y alimentos, que la acarician con distintas sensaciones.

La boca, centro del deseo o del rechazo, tal vez tiene más poder que los brazos para atraer o alejar a los demás.

domingo, 21 de febrero de 2021

Pies

Pies


Los pies son la parte más realista de una persona cuando están bien puestos sobre la tierra.

Allá en el extremo sur, los tallos de tu cuerpo terminan en un par de plantas que tienen grabado el mapa de tu interior y sostienen con humilde fortaleza todo el peso de tu ser.

Los pies, dueños de infinita sensibilidad y firmeza, igual son pilares que te sostienen o viajeros constantes que paso a paso imprimen en tus caminos más huellas de las que podrás contar. 

lunes, 15 de febrero de 2021

Esqueleto

 Esqueleto


Recordatorio de la muerte que habita dentro de tu cuerpo, calavera siempre sonriente sin importar lo que su dueño siente.

Colección de huesos acomodados en un rompecabezas bien armado.

El esqueleto es la estructura que da seguridad a la fuerza

de tus músculos y permite la soltura y movimiento de tu ser.

Protector discreto e invisible que cubre sin distinción a los órganos blandos en tu interior.

Es la dureza que sostiene tus carnes y al mismo tiempo se protege con su suavidad.


jueves, 11 de febrero de 2021

Cuento: La nueva tierra, parte 2

Ver Parte 1


Adiós, papá


 La nueva Tierra, parte 2


Vivo en Guadalajara, en la casa de mis tíos, una pequeña vivienda de fachada color blanco con rojo al sur de la ciudad con sus recámaras, un baño, sala comedor y lo que más me gusta: un patiecito lleno de macetas y plantas bien cuidadas para aferrarse con ellas a su anterior vida en el campo; en la parte de enfrente tiene una banca donde a veces salgo a tomar el sol mientras leo o me tomo un café y también tienen una tienda donde se vende de todo... al principio extrañaba mucho el patio grande que tenía mi casa del pueblo, pero pronto me acostumbré. Ellos me pidieron que me quedara a acompañarlos en esta casa, yo acepté y me sentí aliviado porque en realidad no tenía a dónde ir y no conozco a nadie más en este lugar, así mi vida se ha ido haciendo más tranquila con la rutina de estas buenas gentes. 

A pesar de estar en una ciudad, el mundo parece más pequeño ahora que cuando vivía con mi papá, de lunes a viernes todos los días son iguales: por las mañanas le ayudo a mis tíos trabajando en su tienda, por las tardes me voy a la escuela a estudiar y por las noches les ayudo otro rato en su tienda, después me voy a mi cuarto o a veces me quedo dormido en el sofá. Como, visto y vivo agradecido con mis tíos, les ayudo y sé que soy afortunado porque conozco muchas historias de parientes y amigos que llevan años vagando de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, y no consiguen establecerse. Familias enteras que un mes te pueden enviar una carta desde un domicilio en Michoacán y la siguiente, 2 meses después, te puede llegar desde Zacatecas, Nuevo León, Oaxaca o de otro país, ¡sabrá Dios qué problemas tienen que enfrentar todos esos pobres errantes! Entre tantos migrantes están mis hermanos, de ellos no he vuelto a saber nada. Pienso mucho en ellos, me preocupo y me pongo muy triste cuando los recuerdo y me imagino a todas esas personas que no tienen casa, ni trabajo ni comida, y tienen que salir hoy y mañana y todos los días que sea necesario a buscar en otro lugar su felicidad. Seguramente habrá quien llegue a morirse sin encontrarla, y eso me hace sentir peor, casi lloro de la tristeza, el coraje y la impotencia de no poder hacer nada.

Yo lo conseguí a la primera gracias a mis tíos, no sufrí nada para conseguir un lugar donde vivir con todo el apoyo de esta gente que me aprecia para hacer mi propia vida. A pesar de que me advirtieron desde el mismo instante en que me invitaron a quedarme en su casa que solo tendría techo y comida, me las he ingeniado para conseguir unos pesos trabajando y además respetaron mi decisión de seguir estudiando. Eso es muy importante, no quiero pasarme toda la vida pidiendo ayuda a la gente que conozco: algún día yo saldré adelante solo y también podré ayudar a otros. Me obsesioné con el ahorro, siempre ando con muy poco dinero en los bolsillos, solo el indispensable, pero sigo estudiando y mientras curso la prepa también consigo un trabajo mejor pagado que en la tienda de mis tíos. Claro que ayudo con los gastos de la casa, pero en realidad eso no representa mucho dinero y puedo ahorrar la mayor parte de mi sueldo, es una gran fortuna que la preparatoria y la licenciatura sean gratuitas en la Universidad de Guadalajara.

Y todo este tiempo he seguido en contacto con mi papá, me preocupa que él sigue aferrado al alcohol y varias veces he tratado de traerlo a vivir conmigo, tantas que mis tíos estuvieron de acuerdo en recibirlo aquí en su casa, pero él no es un hombre de ciudad y siempre que lo traemos encuentra el camino de regreso en el primer descuido que tenemos. En camión, en una bici prestada, de aventón y hasta caminando, no importaba la forma, él vuelve a aparecer en su casa a más tardar al tercer día, y cuando lo visito de nuevo él dice que no recuerda nada, no le interesa guardar ningún detalle de cómo escapa de Guadalajara y regresa al rancho. Creo que no le interesa guardar ningún recuerdo de nada. Al final desistimos, y me voy acostumbrando a venir cada 8 días sin falta a mi tierra, con mi papá.

Los fines de semana me voy al pueblo en camión. En auto eso significa 30 minutos, pero en camión el viaje desde la casa dura más de una hora, que de cualquier manera me parece poco, en comparación con lo lejos que estaba antes en el tiempo. Llego a casa a buscar a mi papá y casi nunca lo encuentro, entonces salgo a caminar, a visitar las casas de la familia y de los amigos, y si corro con suerte lo hallo con alguno de ellos y me quedo ahí por un buen rato, después lo saco como puedo y me voy con él a su vivienda. 

Pero si no hay suerte tengo que ir a los billares, a las cantinas y al quiosco y casi siempre ahí, entre los coloridos jardines llenos de flores y vegetación lo encuentro, sin duda tumbado en una banca o sobre el piso, a veces hasta bañado en su vómito y rogando con una vocecilla más miserable que su aspecto por otro trago para no parar, para no volver a este mundo. Cuando lo encuentro así, siempre me quedo con él, lo acompaño con un trago o dos, lo llevo a su casa, lo alimento, le platico y le hago el quehacer de la casa barriendo, sacudiendo y lavando, siempre hay algo que lavar y algo más qué hacer… ¡mi mamá siempre decía eso! y sonrío. Siempre sonrío cuando recuerdo a mi mamá y cuando estoy con mi papá, él no se da cuenta que vine a verlo, pero yo sí.

Antes de volver a la ciudad paso con algún hermano o hermana de mi papá y les dejo una parte de mis ahorros de la semana pidiéndoles que cuiden de él, les digo que de ahí compren su comida y a ellos les da risa:

-        ¿Cuál comida? Si este hombre no come, nomás parece esponja cuando le dan una botella.

Es cierto, rara vez encuentro a mi papá dentro de este cuerpo lastimado y lastimero, y cuando por alguna razón un breve instante de lucidez se abre paso a través de su mente alcoholizada, padre e hijo podemos coincidir y encontrarnos en una reunión efímera que es puro llanto: yo por el gusto, mi papá por la vergüenza, y ambos por amor.

El tiempo camina sin parar y sigo yendo cada semana, religiosamente, al pueblo para ver a mi papá que va empeorando poco a poco, hace tiempo que se dejó vencer por el alcohol y ya no lucha por nada, últimamente ya no quiere ni entrar a su casa, se queda abajo del tejabán que él mismo construyó hace muchos años en una orilla del patio. Cada sábado me siento junto a él, caminamos, comemos, le llevo parientes o amigos suyos a que le platiquen, lo animo a dormir dentro de la casa y yo me acuesto cerca de su cama, pero cada vez es más difícil que me reconozca. También vaga más que antes, hay semanas que no lo veo y nadie me sabe dar razón de él, me da mucha tristeza entender que mi papá no le importa a nadie más que a mí. Los días que puedo verlo mi papá no habla nada, ni una palabra, solo se queda viendo algo que yo no sé qué es, con su mirada silenciosa y su rostro inmóvil. Quiero pensar que su silencio también dice algo, pero la verdad no lo he podido entender.

También he notado que ya no me encuentro a toda la gente que conozco, el pueblo se va vaciando de a poquito y sus alrededores se están llenando de casitas miserables, pero yo no me había fijado por estar enfocado en mi papá. Es algo extraño: la gente que nació y creció aquí se está yendo porque ya no puede vivir pasando hambres y sin un trabajo bien pagado, pero al mismo tiempo está llegando gente de quién sabe dónde y se quedan en cualquier terreno que les parezca bueno… ¡y a ellos les parece bien estar aquí! ¿De dónde salieron? ¿De qué van a vivir?

 

- - - - - -

 

Es sábado otra vez, el camión me deja en la carretera. Caminando tardo unos 20 minutos en llegar a la casa de mi papá. Los primeros meses recorría esa distancia con gusto, disfrutando el largo camino perfumado con eucaliptos altísimos que lleva de la carretera al corazón del pueblo, pasando junto a una pequeña presa donde mis primos, mis amigos y yo acostumbrábamos nadar y pescar carpas cuando éramos niños; atrás de los eucaliptos que flanquean el camino como soldados había un campo abierto repleto de árboles, arbustos y plantas, cada paso me daba una sensación de libertad, me encantaba venir a donde están mis raíces y era mi orgullo presumir este pueblito con mis amigos de más confianza, incluso llegué a invitar a algunos a venir conmigo. Pero esa sensación de libertad fue cambiando, en su lugar ahora siento ansiedad cuando hago este recorrido. Rellenaron la presa con tierra, piedras y cemento y construyeron arriba de ella un mercado muy precario para vender fruta y chucherías a los viajeros que pasan por la carretera, la pequeña arboleda fue sustituida por casas y bodegas, talaron muchos eucaliptos, ahora el camino está flanqueado por altas bardas y frente a ellas se recargan varias casas de cartón y lámina ocupadas por incontables desconocidos de todas las edades y al parecer, de todos los países latinoamericanos.

Ahora hay más delincuentes anónimos, se extienden como las sombras que cada día van cubriendo la tierra hasta volverla noche y han ocupado las parcelas de siembra para cultivar mariguana, amapola y no sé qué más; así, sin pedir permiso ni recibir castigo, se adueñaron de las mejores parcelas y de las herramientas para trabajarlas. La gente que aún sigue en el pueblo es porque está muy encariñada con él o porque no tiene dinero suficiente para irse, son ellos quienes me cuentan lo que está ocurriendo, y sin embargo no les creo.

-        Mira Jacobo: El pueblo sigue siendo un lugar verde pero ya no es para nada tranquilo, los pocos conocidos que quedan en él nomás están al pendiente de sus casas porque en cualquier descuido se nos meten y nos roban lo que sea, igual nos desaparecen una licuadora, un caballo, una vaca o todos los muebles.

 

-        Sí, hasta hubo una temporada en que los bandidos quisieron secuestrar gente, pero la verdad aquí nadie tiene dinero para pagar los rescates que piden y se les quitó esa tentación, como que no están muy bien organizados, por suerte.

 

-        Pero nos da miedo que se roben a las muchachas, por eso casi ni las dejamos salir y los que pueden se van yendo para el norte o para otro lado con todo y sus familias. En otros lugares han desaparecido varias muchachas y no las han vuelto a ver, ¡sabrá Dios qué les harán!

Yo sonrío escuchando todo eso que para mí son exageraciones y se me alcanza a notar que no los tomo en serio.

-        Sí, cada vez se ve más despoblado el pueblo, pero es normal, ¿no? porque de verdad se nota más pobreza en el ambiente y es lógico que todos se vayan a buscar un mejor lugar, poco a poco pero sin detenerse. Yo hice lo mismo hace unos años y me está yendo mejor que aquí… además, nunca me ha pasado nada de lo que ustedes me cuentan, ni a ninguno de mis amigos.

No lo sé, a lo mejor yo ya me siento muy citadino y pienso que ellos, gente sencilla del pueblo, se dejan sorprender muy fácil con todas estas leyendas.

Y llega otro sábado, esta vez no llego tan temprano al pueblo, desde que me empezó a invadir la ansiedad cuando recorro el camino de entrada, prefiero caminarlo cuando el día ya está lleno de sol. La soledad y el polvo perezoso levantado a fuerzas por el viento y por el golpeteo de mis pasos, me acompañan hasta la vieja casa familiar, cada día más vieja y descuidada, “un día voy a venir a resanar esta fachada y a pintar las paredes con colores claros, más alegres” pienso al verla, igual que todas las veces que he venido antes. Toco 3 veces como es mi costumbre y también, como estoy acostumbrado, nadie me abre, vuelvo a tocar 3 veces más y después de dejar pasar un rato saco del bolsillo mi llavero y lo sacudo brevemente, revolviéndolo y buscando la llave de la entrada mientras escucho el desordenado tintinear de estos metales jugueteando en mis manos. Tomo la llave correcta y justo cuando estoy tratando de introducirla en la cerradura, la puerta se abre con un movimiento rápido.

-        ¿Qué quieres?

 

-        ¿Usted quién es?

El que abrió la puerta es un hombre mayor, tal vez de unos 35 años, sucio, pero con su barba y bigote cortados cuidadosamente, me llama la atención la cantidad de adornos que lleva encima: pulseras, relojes, anillos, collares, también trae unos lentes para el sol y un sombrero que adentro de la casa resultan inútiles. El tipo se ve muy despreocupado, pero recargado ahí en el marco de la puerta impone respeto. En la parte de atrás de su pantalón sobresale la cacha de un revólver y me asusto, ¿dónde está mi papá?

-        ¿Qué quieres? - Repite el hombre a la vez que cubre con su cuerpo la entrada de la casa, aun así, puedo distinguir más voces allá adentro, por lo menos debe haber otros 2 hombres y una mujer.


-        Esta es mi casa, ¿dónde está mi papá?

 

-        A mí me vale madre dónde está tu papá y esta no es tu casa. Mejor ya vete.

Quiero pensar que es una broma, pero el tono de voz seco y el gesto rígido en la cara del hombre me advierten que no debo reírme.

-        Esta casa es de mi papá, ¿dónde está?

 

-        Escúchame bien, pinche güey: Esta casa es de nosotros, nomás eso tienes que saber. Lárgate y no se te ocurra volver por aquí, te lo estoy diciendo por las buenas.

El tipo acaricia la cacha de su revólver mientras mira mi rostro como queriendo grabárselo, enseguida cierra la puerta y todavía me grita otra vez que me largue, yo también me quedo ahí gritando, pegándole y preguntándole a la puerta para que me dé razón de mi papá hasta que me canso, me tumbo un rato en la banqueta junto a la puerta, no sé qué hacer ni qué pensar.

Después de un rato noto que no pasa gente por la calle y me pongo de pie, pero no puedo levantar mi pena y me la llevo arrastrando como si fuera mi sombra, pero mi sombra es mucho más chica en el calor hirviente del mediodía. La tarde apenas está comenzando. Entonces reparo en las camionetas grandes y lujosas estacionadas en casi todas las calles, afuera de mi casa hay dos y obviamente no son los vehículos que se podrían comprar la mayoría de los habitantes de este pueblito.

Llego a la casa del hermano de mi papá que está más cerca, mi cuerpo se vuelve muy pesado, me siento como si hubiera estado caminando todo el día, apenas saludo y me voy a sentar bajo un árbol en el patio, me quedo viendo en silencio a mis tíos y ellos a mí, de pronto descubro que estoy llorando y no me quiero detener, lloro mucho, mucho tiempo. No puedo hablar, ni siquiera puedo pensar qué decir.

Mucho más tarde, después de comer, me siento más tranquilo y puedo platicar. Quiero saber qué pasó, quiero sacar el coraje, la rabia, la impotencia, el dolor y sobre todo, quiero ver a mi papá. Sin embargo, ni mis tíos ni mis primos pueden darme ninguna palabra de aliento, ni una esperanza. 

-        Vamos a estar al pendiente de él por si lo vemos, pero nada más mientras nos vamos, porque aquí ya está bien difícil seguirle. Mira a Juventino, el compadre de tu tío Octavio: Andaba bien gustoso porque acababa de poner su destilería de agave “El rincón” y le estaba yendo re bien con su negocio, pero llegaron estos hijos de la chingada y se la quitaron…

 

-        ¿Cómo que se la quitaron?

 

-        Así nomás. Primero le enseñaron fotos de su casa, de su esposa, de sus hijas... le dijeron que tenía dos semanas para salirse de la destilería. Pero no se esperaron, a los 3 días regresaron y a punta de balazos lo sacaron de la destilería y le quitaron su negocio, lo amenazaron con matar a su familia si volvía por ahí y pues ¿qué iba a hacer? Vendió lo que pudo y se largó a Guadalajara, pero ya iba bien enfermo, hasta le dio diabetes del susto… a los clientes no les importa de quién es “El rincón” mientras puedan comprar barato y como a los mañosos no les cuesta nada, venden todos los tequilas bien baratos.

 

-        ¿Y luego? ¿A poco así nomás se quedó el Juventino?

 

-        No, pues fue a denunciar y todo, pero nadie investiga nada. Juventino denunció primero aquí y también fue a denunciar allá en Guadalajara, ¿y qué se ganó? Luego el Refugio, que es jefe de la policía, le dijo que mejor ya no le moviera, ¿tú crees? Y lo peor que así como Juventino hay un chingo de gente. Aquí ya no se puede vivir.

Poco después voy a la comisaría para interponer mi denuncia con don Refugio, le cuento todo lo del allanamiento de mi casa y de la desaparición de mi padre. Refugio me escucha muy callado, como si me pusiera mucha atención y cuando termino de hablar con él, confirmo todo lo que me acaban de decir mis tíos y todavía más cosas. Aquí no existe la justicia, antes al contrario, en vez de darme confianza me sentí amenazado por el comisario.

Esa noche me quedo a dormir, o más bien a platicar en la casa de mi amigo Pepe y me entero de que él también se va a ir del pueblo, que piensa irse a Estados Unidos.

-      Me siento mal por irme así, la verdad yo sí quiero a mi país, pero está bien pesado el ambiente en el pueblo, vivimos con miedo, ¿tú crees? Los delincuentes están levantando a los chavos como nosotros para llevárselos a “trabajar” con ellos, y al que no quiere entrarle, lo matan y lo tiran. A cada rato encuentran cuerpos tirados en las orillas del pueblo y cada vez quedan menos chavos, así que el riesgo para los pocos que quedamos es más fuerte. Yo no me quiero ir, pero éste ya no es mi pueblo. En las noches a veces sueño que estoy en este lugar como era cuando estábamos chicos, ¿te acuerdas? Salíamos a la calle confiados, nos íbamos al cerro bien a gusto sin que nadie nos dijera nada y todos nos conocíamos, todos éramos amigos, casi familia. Pero cuando me despierto, luego luego siento al revés que antes: ahora no quiero salir de la casa.

 

-        Sí, ya sé de qué me hablas, yo también sueño a veces con el pueblito de antes. Y también me da mucha tristeza cuando despierto y veo que estoy en otro lado. Pero aquí está más feo que donde yo vivo…

El tema deprime y asusta a cualquiera, por eso mejor empezamos a hablar de otros tiempos, de cuando jugábamos (hace poco todavía jugábamos fut), de las chicas del pueblo que nos habían gustado mientras crecíamos, de las confidencias que nos compartimos antes y de cuando soñábamos despiertos. Así nos la pasamos platica y platica hasta que amanece. Allá en la calle se escucha de repente el ruido de motores y llantas patinando y rebotando en las calles empedradas, a los delincuentes les gusta salir de noche en sus camionetas, junto con sus ruidos y sus luces también entra el miedo a cada casa.

Por la mañana Pepe me acompaña a caminar por el pueblo para ayudarme a buscar a mi papá, pero no lo encontramos por ninguna parte y nadie sabe de él. Después de comer, recorro las casas de todos mis tíos y amigos que quedan aquí para encargarles que estén al pendiente de mi papá, todos me dicen que sí, que no me preocupe, pero a todos se les nota el miedo hasta en la voz. Me voy a tomar mi camión y me acompaña Pepe con su hermano menor y otros amigos, ya nadie sale solo en este pueblo.

Pepe jura que va a seguir buscando a mi papá y que en cuanto sepa algo me va a avisar, “pero nomás mientras me voy de aquí, ¿eh?”. Nos deseamos suerte, nos damos un abrazo de esos que nada más se dan los verdaderos amigos y entre bromas, risas y carrilla me voy de mi pueblo por última vez, triste y preocupado. Volveré a venir, pero este lugar nunca volverá a ser mi pueblo.

Todo cambia muy rápido… ¡cómo quisiera una máquina del tiempo! Muy a mi pesar, también guardo este instante doloroso en mi colección de momentos porque si no lo hago, con el paso de los años estos hechos van a parecer difusos y no quiero que se desvanezca todo lo ocurrido este fin de semana, no quiero que se vaya la esperanza de encontrar a mi papá.

- - -

Hasta luego.

Ver parte 3

domingo, 7 de febrero de 2021

Del otro lado del miedo (recomendación y cuento)

 "Soy amiga del monstruo que está bajo mi cama,

se lleva bien con las voces dentro de mi cabeza"

(Eminem y Rihanna)


"Del otro lado del miedo" es un libro que me gustó mucho y que resulta muy útil para saber lo que es el miedo, entender todos los disfraces que usa para que no podamos reconocerlo, qué efectos tiene en nuestra vida y qué podemos hacer con él, si a fin de cuentas va a seguir estando con nosotros todo el tiempo. Lo mejor de este libro es que el autor, Mario Guerra, se tomó el cuidado de redactarlo en un lenguaje sencillo y entendible, como si se tratara de un maestro de verdad interesado en que sus alumnos aprendan, y el resultado es una lectura interesante que a ratos parece una charla enriquecedora con un amigo que sabe explicar muy bien.

¿Para quién es éste libro? Para cualquiera que desee conocer y enfrentar sus propios miedos, o que desee ayudar a alguien más que tiene problemas para superar un miedo, o simplemente para quien quiera mejorar sus relaciones interpersonales... 


De este libro tomé el cuento que reproduzco a continuación, y que me parece una excelente metáfora, espero les guste:


"Alguna vez alguien me contó la historia de una princesa oriental que era conocida por su valor y su destreza en el manejo de las armas. Lo que recuerdo de esta historia es que aquella princesa una mañana se sintió abatida y con pesar. Es verdad que su valentía era grande, pero por más que lo había intentado una y otra vez, había un enemigo al que no había podido vencer y que en cada batalla la derrotaba. Muy frustrada fue a ver a su maestro, al que le contó todo lo que ella sentía.

-       ¿Quién es ese formidable contrincante que en cada ocasión te derrota? - preguntó el maestro.

-       Es el miedo. -respondió la princesa agachando la mirada.

El maestro guardó silencio por un momento mientras tomaba un poco de té y luego le dijo a la princesa:

-       No puedo ayudarte porque yo mismo no he encontrado la manera de derrotar a ese oponente, pero sé quién sí puede decirte el secreto para vencerlo.

-       Hable ya, se lo suplico, maestro – dijo la princesa.

-       ¿Recuerdas que alguna vez te hablé de la montaña maldita donde habita un ser terrorífico? Bueno, pues es ahí a donde debes ir si quieres saber el secreto, pero para que eso suceda debes ir sin espada y sin escudo, solo portando tu túnica, tus sandalias y una pequeña alforja donde lleves agua y comida porque el viaje es largo.

-       Pero, maestro – se quejó la princesa -. Usted mismo me ha contado historias de aquella montaña y el ser que la habita, me ha dicho que es muy peligroso y agresivo, y ¿ahora me dice que vaya allá sin arma alguna, escale la montaña y llame a la puerta de esa bestia?

-       Al parecer no estás tan motivada después de todo para obtener ese secreto. Olvida lo que te he dicho y sigue practicando, quizá, algún día, logres derrotar a tu oponente – concluyó el maestro mientras calmadamente se servía otra taza de té.

La princesa, que le tenía gran cariño y lealtad a su maestro, y pese a su propia resistencia, confió en su sabiduría y empezó el viaje tal como se lo ordenó, sin arma alguna. Caminó durante muchas noches hasta que al medio día de un día de esos, llegó a las faldas de la montaña maldita. Era imponente, y muy alta, en la cima había una fortaleza donde habitaba aquella criatura infernal. Suspiró y un poco contra su voluntad empezó el ascenso recordando las palabras de su maestro. El atardecer se estaba terminando cuando llegó al portón de la fortaleza. Era enorme, y con razón si la habitaba un gigante. Como pudo llamó a la puerta, de inmediato se arrepintió y pensó en huir, pero ya era tarde. La puerta se abrió con un crujido sepulcral y ahí, frente a ella, estaba aquel enorme personaje que resultó no ser otro que el miedo mismo en persona.

-              ¿Qué macabra broma es esta? – pensó la princesa-. ¿Cómo me envía mi maestro a enfrentar a mi más fuerte enemigo totalmente indefensa y sin aviso?

El miedo, que ese día usaba su armadura de la impaciencia, miró a aquella diminuta y “flacucha” princesa quedar congelada, absorta en sus pensamientos mientras sus ojos se hacían cada vez más grandes. Impaciente le gritó:

-            ¿Qué demonios haces aquí y qué rayos quieres?

La princesa estaba aterrada, no solo llegó desarmada hasta las puertas de la morada del miedo, sino que, para colmo, ya lo había hecho enojar. “Y eso que todavía no le digo a qué vengo”, pensó ella.

El miedo ya se había desesperado y estaba por cerrar la puerta de un portazo cuando la princesa le gritó:

-          Miedo, vengo con gran humildad y reverencia a que me permitas hablar contigo. No he traído armas ni escudo como prueba de mi buena voluntad.

El miedo la miró y confirmó que ciertamente no iba armada.

-            ¡Vaya, debes ser muy valiente o muy torpe para presentarte así ante mí! Pero es verdad que lo has hecho con respeto, así que di lo que tienes que decir y después márchate, que estoy muy ocupado – gritó el miedo.

La princesa aspiró profundo y respondió:

-          Vengo a que me digas cómo puedo derrotarte.

El miedo no podría creer lo que escuchaba.

-            ¿Qué vienes a qué cosa? – le preguntó asombrado -. Ahora confirmo mi sospecha de que estás loca de remate al venirme a preguntar eso a mí.

Miró fijamente a la princesa a los ojos y de pronto supo que en su corazón había un gran deseo que ni él mismo iba a lograr contener si pasaba más tiempo.

-            Está bien, no sé por qué voy a decirte esto, pero sólo lo voy a decir una vez, así que escucha bien porque después volveré a mi fortaleza y cerraré la puerta, ¿estás lista?

-            Sí – respondió la princesa emocionada.

-            ¿Sabes por qué te derroto en cada batalla? – le preguntó el miedo -. Te derroto porque hablo muy fuerte, con voz terrorífica y lo hago muy cerca de tu cara y eso sin duda te asusta, pero el verdadero secreto de mi victoria está en que te ordeno lo que tienes que hacer y tú haces lo que te digo. Así que escucha bien. Muy pronto nos volveremos a enfrentar en combate una vez más, así que volveré a hablar muy fuerte, con voz terrorífica y lo haré muy cerca de tu cara, después te voy a decir lo que tienes que hacer y ahí estará tu oportunidad; si tú no haces lo que te digo, entonces yo no tendré ningún poder sobre de ti y podrás por fin vencerme. Ahora, ya lo sabes. ¡Lárgate y déjame en paz! – vociferó el miedo con voz muy fuerte y terrorífica.

Cuenta la historia que en ese momento la princesa en vez de salir huyendo se quedó de pie frente al miedo feroz y su fortaleza y estos empezaron a desvanecerse lentamente. Al final la princesa pudo verlos por fin como lo que eran: una gran montaña y el feroz rugido del viento."


Hasta luego.

domingo, 31 de enero de 2021

El cuerpo físico

Soy yo, más no todo yo.

El cuerpo físico es lo más parecido a la persona que crees ser, es la máquina del tiempo que te lleva del placer al achaque, el vehículo para recorrer la vida y en algunos tramos del camino es tu única compañía. Además, es la parte más visible para ti y para los demás, y la única que algunas personas van a reconocer.

Tu cuerpo cambiante y demandante requiere mantenimiento frecuente de todas sus partes que son muchas, pero bien cuidado todas caben en él.

Al recibir tu cuerpo aceptas trabajar para él durante toda tu vida, asearlo, alimentarlo, curarlo, disfrutarlo, ejercitarlo y cuidarlo, a cambio él cargará todas tus partes: las que se ven, las que no se ven porque las cubre tu piel y las otras que no se ven pero se sienten por ti y por los demás.

El cuerpo físico es tu dueño y también es lo más tuyo.



Hasta luego.

miércoles, 27 de enero de 2021

Cuento: La nueva tierra, parte 1

 Todo cambia.


La nueva Tierra, parte 1



Me gusta mi casa, me gusta el lugar donde vivo y me gusta mucho salir a jugar con mis vecinos. En mi mente infantil siempre hay acción y gente como cuando estoy con mis amigos en la calle, sin saber ni querer enterarme que las calles están así de vivas nada más cuando salimos todos los niños a jugar, porque cuando estamos metidos en la escuela o en nuestras casas, en la calle solo hay algunos animales como gallinas y perros aflojerados, también hay tierra, piedras y polvo, mucho polvo que se mete en las casas y después ya no se quiere salir. Algunos adultos van de un lado a otro, pero esos no son interesantes en este pueblito aislado donde yo y todos los niños nos sentimos tan bien, lejos de todo. Mi pueblo es tranquilo y verde, sus habitantes crían animales y cada mañana los sueltan para que anden libres, confiados porque saben que regresarán a sus corrales y chiqueros antes del anochecer, cuando el hambre los llama de vuelta a casa. Son pocas las calles que cruzan este caserío, no es un pueblo grande y por eso es fácil recorrerlo completo, salir a caminar bajo los grandes árboles que lo adornan, ver los caballos amarrados a las puertas hechizas de las casas y algunos perros tumbados en cualquier sombra, testigos indiferentes de estas tranquilas rutas de tierra y sol.

La ciudad es una emocionante aventura aunque no pase nada, igual que aquí pero diferente porque allá en el centro todos los días hay ruido, olor a humo y mucha gente yendo rápidamente de un lado a otro, como que nadie se conoce pero todos saben a dónde van y tienen que llegar rápido… yo siempre me pregunto si en la ciudad la gente tiene prohibido estar dentro de sus casas porque siempre la veo afuera caminando, manejando sus carros o subidos en el camión. Y a mediodía, de repente las calles se llenan de niños uniformados con sus mochilas en la espalda, casi todos haciendo lo mismo que los adultos: de prisa, siempre de prisa sin ver a nadie, pero algunos niños avanzan despacio, riéndose entre ellos y jugando o deteniéndose a mirar cualquier cosa que les llame la atención, ¡menos mal! En la aventura de la ciudad lo que menos me gusta es esa impresión de que nadie se conoce y no debe hablar con los demás.

Cada tarde, por el viejo camino de terracería que baja del cerro se escucha el sonoro rugir del camión que viene de Chapala botando entre los baches y las piedras, de vez en cuando, el motor de alguna troca también suena con mucha fuerza tratando de romper la silenciosa barrera de la soledad, y tan solo en pasar por el pueblo se tardan mucho tiempo, las piedras y los hoyos parecen tener como única misión la de hacer que los camiones bajen su velocidad, sobre todo cuando es temporada de lluvias. A veces los hombres del pueblo van, tapan los hoyos del camino y también quitan las piedras, pero siempre el camino vuelve a quedar igual. Cuando esos ruidosos motores atraviesan las horas quietas y aflojeradas de nuestras tardes, todo el pueblo siente la soledad que cae como los rayos del sol o las gotas de lluvia y se queda flotando en el aire y envolviéndonos. Mi mente recibe todo esto con agrado, supongo que así se forman los recuerdos.

Cada vez que puedo me voy a las parcelas para trabajar en lo que sea, porque yo sé hacer muchas cosas: sembrar, deshierbar la milpa, cargar el rastrojo, lazar ganado, llevarle forraje y un montón de cosas más. Desde muy chico he trabajado en esto, cada año vengo con los grandes y los acompaño desde que hacen los surcos en la tierra hasta que muelen las milpas secas, y el momento más bonito de todos es cuando las plantas ya están tan altas que cubren a cualquiera que se meta al maizal, y si te asomas por cualquier surco puedes ver muy ordenadas a todas las milpas, como soldados de color verde oscuro y brillante, algunas con sus adornos dorados, las “muñecas” que les salen anunciando que pronto habrá elotes. No hay un momento más bonito y más esperanzador que ése. De la nada, en pocos días la vida nace, crece y se regala, donde había pura tierra y polvo todo se llena de frescura y verdor, yo quisiera que siempre se quedara así el campo, quisiera que no tuviéramos que venir el próximo año a remover la tierra seca pero fértil para pedirle que haga vida otra vez, sino que estas milpas no murieran nunca, pero eso no es posible y hasta un niño como yo lo sabe, aunque no lo entiende.

Todo cambia muy rápido: he sido testigo de esta historia muchas veces, tantas que casi no me di cuenta que mi cuerpo también cambia y ya casi estoy del tamaño de las milpas. Ahora soy un joven viviendo en el mismo pueblo que ya no es el mismo desde hace unos pocos años porque la civilización se lo está comiendo. Hay un nuevo fraccionamiento abajo, ahí no vive nadie, las casas están muy bonitas pero solas y nada más los fines de semana se llenan de gente, de familias que salen de la ciudad y se vienen dizque a descansar, pero todo el día se la pasan rondando en sus motos y sus camionetas por las calles del pueblo, donde por cierto ya no hay caballos, puercos ni gallinas porque nos prohibieron tener a los animales sueltos, así que ya todos viven encerrados en sus corrales y jaulas, como escondidos.

Antes, para ir a las parcelas bastaba con salir del pueblo y caminar hacia el cerro, todos los caminos llevaban hacia allá. Ahora no, porque a alguien del gobierno se le ocurrió que los campesinos ya iban a ser dueños de la tierra y en vez de ser terrenos de propiedad común administrados por el propio gobierno, empezaron a poner cada ejido a nombre de alguien. Bueno, hubo un tiempo en que toda la gente del pueblo tenía su propio terreno, sus propias parcelas, pero eso duró poquito, cuando fueron necesitando dinero comenzaron a vender su tierras a quien las pudiera pagar, por eso hoy unos pocos del pueblo tienen muchas tierras y en ellas trabajan los que ya no tienen, pero muchos terrenos los compraron personas que no les interesa sembrar y que no saben nada del campo, ellos construyeron casas, bodegas, fraccionamientos, fábricas, centros comerciales, restaurantes, moteles y otras cosas donde antes había tierra para sembrar.

Ya no puedes tomar cualquier camino para ir al cerro porque topas con la barda de un fraccionamiento, o de una bodega, o con una malla de alambre que te detiene avisando que el terreno es propiedad privada y no se debe pasar. Detrás de todo eso, más arriba en el cerro, quedaron las tierras de cultivo en las laderas y en algunos lugares complicados por estar llenos de piedra, de arena o de huecos. Ya no es tan buen negocio sembrar ni criar animales, a estos es difícil traerlos a pastar.

Y además resulta que la ciudad ya no está tan lejos. Antes estaba a 3 horas o más, pero ahora está como a treinta minutos, según el tráfico. Cuando íbamos a la ciudad teníamos que madrugar para bañarnos y nos arreglábamos como si fuéramos a una fiesta de esas grandes, aunque cuando llegábamos no había fiesta, nomás puras prisas. Se nos iba todo el día y a veces más de un día en dar una vuelta para ver al doctor, para visitar a algún familiar o para comprar alguna cosa que no teníamos en el pueblo, y de verdad nos faltaban muchas cosas. Pero a mí me gustaba ir, no le hace que nos asoleáramos mucho caminando de aquí para allá, o que no comiéramos bien por falta de tiempo y de dinero. Me gustaba caminar entre la gente y pensar cómo se sentirían ellos viviendo ahí, si se asombrarían también con tantas cosas o si ya nada les sorprende y viven aburridos.

Hoy en mi pueblo las calles ya están empedradas, las casas tienen electricidad y agua entubada, la mayoría ya tienen su propio baño y hasta ahí la civilización, todavía no hay doctores ni hospitales y yo creo que ni va a haber, con eso de que ahora está más cerca la ciudad, pero yo creo que para la ciudad nosotros estamos igual de lejos o hasta más que antes, las personas que pasan en sus autos no han de creer que en los pueblos y rancherías viven otras personas iguales a ellas.

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Todo cambia muy rápido, cuando me di cuenta de eso decidí coleccionar momentos y por eso guardo en mi memoria muchas escenas que me han impactado y otras que cuando ocurren no las alcanzo a asimilar. También en mi casa las cosas cambian, empezando por mis 2 hermanos mayores que de plano un día dijeron que aquí ya no se podía vivir y se fueron al norte para ver si encontraban algo mejor, hace varios meses que partieron y todavía no sabemos dónde están, ni cómo están, mi mamá reza todos los días y también en las noches por ellos, cada vez que los recuerda vuelve a rezar y a veces se le escurre una lágrima que baja despacito recorriendo los surcos de su cara y a nosotros nos dice que no lloremos, que es como pensar que ya les fue mal; entonces seca su rostro con su pañoleta y vuelve a rezar para que estén bien. Luego sonríe, se levanta y se mete a la cocina donde ella es la reina, al poco rato se asoma y nos ofrece alguno de sus guisos.

Hoy mi mamá amaneció enferma, así nada más, de repente. Desde temprano ha estado acostada sufriendo y delirando, en su delirio llama a mis hermanos y regaña a mi papá porque no los puede encontrar, yo me acerco a ella para consolarla y aprovecho para asomarme a sus ojos para que me vea y porque quiero reconocerla, pero solo veo que se le están apagando, así sigo mucho rato hasta que ya no la encuentro en esa mirada. Le hablo, la acaricio, le doy la medicina que nos dijeron que le hace bien y no reacciona. Al anochecer del tercer día ella vuelve, abre sus ojos y medio se sienta mirándome fijamente, entonces comienza a preguntar por cada uno de sus hijos, por mi papá, por sus hermanos y hermanas, por sus papás aunque ellos hace mucho que fallecieron y hasta por los vecinos; mi hermana Lily y yo, que estamos junto a ella, le contestamos a cada pregunta que “él está bien” o que “ella está bien” para tranquilizarla. Cuando termina de repasar a todos sus queridos ausentes nos pregunta a nosotros que cómo estamos y le respondemos igual:

-     - Estamos bien.

Entonces hace una curva con su boca, dibujando en su rostro la sonrisa más hermosa que he podido ver, nos mira un rato, suficiente para alcanzar a reconocer en sus ojos brillantes que ella está ahí adentro, después se acomoda sonriente en la cama y nos dice con su voz bajita y tranquila:

-     - Entonces puedo descansar.

-     - Claro que sí, -le decimos y todavía le ofrecemos algo de comer y de beber, pero no quiere nada, nos comenta que está muy contenta porque toda su gente está bien y que se siente cansada, que quiere dormir.

Cariñosamente la cubrimos con una sábana para que no la alcance el viento fresco que se asoma desde el patio, ella cierra sus ojos y nos quedamos a su lado escuchando su respiración. Mi mamá murió al amanecer, el cuarto día después de que enfermó y nos dejó muchas cosas buenas, pero también se llevó con ella una parte de nosotros

En cada hogar, el padre es la cabeza y la madre es el corazón, mi casa sigue en pie con mi hermana, mi papá y yo pero en todas partes se siente descorazonada: en el patio de la entrada, en la sala y el comedor, en los cuartos, en todas las paredes pero sobre todo en la cocina, ahí ni queremos entrar. Por si fuera poco, mi papá ha empezado a perder la razón, entregado como está al vino se le va olvidando lo que es importante para vivir, al principio creímos que era normal porque todos nos sentimos tristes y derrotados ante la muerte de mi mamá, pero cada día él se va consumiendo más en el alcohol y mi casa se está quedando sin cabeza también.

Es la primera vez que siento miedo de verdad. Ya estoy grande, casi termino la secundaria, pero aun así me da mucho miedo sentirme abandonado y no se me quita con nada… bueno, a ratos escondo mis miedos cuando veo a Lily, entonces me hago el valiente y platicamos de cuando estaban nuestros hermanos, y mi mamá, y de cuando mi papá también estaba entre los vivos y no en ese estado como vegetal que le provoca el alcohol, hablamos mucho de cuándo éramos felices. Comemos juntos, arreglamos la casa juntos y visitamos a los tíos juntos para hacerles cualquier chambita y juntar algo de dinero, yo ya no me animo a irme a pizcar ni a hacer nada allá en las parcelas, me da más miedo estar lejos y dejar a mi hermana sola porque mi papá no está con ella, aunque su cuerpo ocupa la mesa del comedor casi todo el día y la noche. Lily es mayor, es una mujer valiente y decidida pero yo sé que por dentro es una niña y que extraña a mi mamá más que yo.

Y reconozco que mis tíos son generosos, no ha habido un solo día en que nos quedemos sin comer, siempre alguno de ellos nos trae alimento y se preocupa por venir al menos una vez para saber si ya comimos y para preguntarnos con ese tono tristón e incómodo siempre lo mismo:

-     - ¿Ya comieron?

-     - ¿Están bien?

-     - ¿Cómo está su papá?

-     - ¿Y ahora qué van a hacer, muchachos?

Después nos platican un poquito acerca de su familia y sus quehaceres y luego nos dicen, igual todos los días:

-     - A ver si les gusta, su tía Fulanita preparó tal cosa y estuvo todo el tiempo pensando en que ojalá les fuera a gustar.

-     - Cuiden a su padre, el pobre no puede con su tristeza.

-     - Cualquier cosa nos avisan, ahí vamos a estar en la casa.

Y nosotros siempre escuchamos en silencio hasta la despedida, entonces decimos a coro un “gracias” muy sonoro, pero totalmente falto de entusiasmo. Han pasado como 3 meses desde que mi mamá se nos fue y desde que vivimos esta rutina.

Hoy fue un día igual a todos los demás hasta que acabamos de cenar, entonces Lily me pide que salgamos al patio a ver la noche, una noche tan fresca y con un cielo tan claro que se pueden ver las estrellas como antes, cuando no había luz eléctrica en las calles. Yo salgo con una taza de café en la mano, me siento en una piedra grande junto al huamúchil que tenemos a mitad del patio y la espero, ella apaga la luz de la casa y viene a donde estoy, durante un buen rato contemplamos en silencio a la luna colgada allá arriba en la tela de la noche oscura, tan vieja que su negrura está rasgada por miles de pequeños agujeros por donde se cuela el brillo de las estrellas tintilantes que viven más allá de nuestras noches. Me lleno por completo de este hermoso momento y por supuesto lo agrego a mi colección, después me vuelvo a mirar a Lily y le enseño mi taza vacía de café con cara de “ya hay que meternos”, pero ella solo sonríe y no dice nada, ni con su voz ni con sus gestos. Bajo mi taza y pongo cara de tonto, entonces ella, sonriendo, empieza a hablar:

Me dice que Toño, su novio, se va con su familia a Nuevo León y quieren llevarla con ellos, la familia de él la invita, siempre la han tratado muy bien y dicen que allá habrá trabajo para todos. Mi hermana quiere de verdad a Toño, y yo creo que él también a ella, además, ¿qué podemos hacer en esta casa? Yo nunca he sido cariñoso, pero esta noche le doy un abrazo muy apretado a Lily y le deseo que le vaya muy bien, que se cuide y que no deje que la traten mal. Ella dice que no me preocupe, que siempre va a tener presente todo lo bueno que le aprendió a mi mamá, que me quiere, que me va a extrañar mucho y jura que cuando esté bien y gane su dinerito me va a llevar con ella. Lloramos juntos el resto de la noche. De nuevo platicamos de cuando éramos felices y ya muy tarde, o muy temprano, según como se vea, ella entra a la casa prometiéndome que va a construir su vida poniéndole muchos ratitos de felicidad. Yo todavía me quedo un rato ahí, contento por ella y triste por mí. Y otra vez siento miedo.

Todo cambia muy rápido, no sé qué pasó con mi vida de hace un año, ni de hace seis meses… ¿La soñé o fue real? Tal vez sólo soy un producto de mi imaginación, y sí es así, debo imaginarme mi vida de una mejor manera. Lo bueno es que la ciudad está más cerca, nada más a media hora de aquí.

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En la ciudad todo es cemento o ladrillo: las calles, las banquetas, las paredes, yo salgo todos los días a caminar y me gusta llenarme de sol y viento mientras observo todo. A veces el aire trae cosas de muy lejos, como esas semillas que corren y brincotean por la banqueta, empujándose unas a otras por culpa del viento que las arrastra. Alguna que otra semilla se atora en las grietas del concreto y de repente una logra germinar, dejando crecer un tallo que se abre camino entre la piedra para convertirse en planta y recibir la luz del sol. No sé si es alegre o triste ver el éxito de esa planta que logra erguirse solitaria en el cemento, rodeada de pies que avanzan de prisa, rozándola al pasar.

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Hasta luego.

Ver parte 2


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