sábado, 10 de marzo de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 18


...para terminar con una relación que te está haciendo daño, y tal vez también está dañando a tu pareja.

...para identificar y romper el patrón autodestructivo que te hace sufrir una relación, en lugar de disfrutarla.

...para creer que el amor es posible, hacia ti y hacia otra persona.

viernes, 9 de marzo de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 17


...para creer en tus sueños, tomarlos en serio y decidir hasta dónde los quieres seguir.

...para dejar de vivir esperando el momento de "despertar" para empezar a actuar.

jueves, 8 de marzo de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 16


...para estar consciente de que cada palabra que sale de tu boca te compromete a actuar.

...para estar más en contacto contigo mismo antes de hablar con los demás.

miércoles, 7 de marzo de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 15


...para disfrutar las diferencias en la gente que quieres.

...para confiar y dejar de querer controlar a la persona que dices amar.

lunes, 5 de marzo de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 13


...para que dejes de esperar que algo pase para empezar a vivir.

...para que le des un espacio a tu alma y a tu necesidad de trascender.

...para que vivas sin miedo a la misma vida ni a la muerte.

domingo, 4 de marzo de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 12


...para aprender a confiar en ti y en la vida.

...para que conviertas tu felicidad en una meta alcanzable.

sábado, 3 de marzo de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 11


...para confiar en ti y en tu intuición.

...para reconocer que tienes algo bueno en tu interior y lo puedes compartir con quien tú desees.

viernes, 2 de marzo de 2018

Emociones viajeras

"La emoción es la personalidad secreta del sentimiento"
(hemebe)

Las emociones son un misterio cotidiano... Son reacciones biológicas, involuntarias e inconscientes y por lo mismo escapan al control de nuestros pensamientos.
Cuando las hacemos conscientes, nuestras emociones se convierten en sentimientos y a estos les podemos poner un nombre y hasta podemos decidir qué hacer con ellos. 
Nombrar, aceptar y decidir si reprimimos o dejamos fluir los sentimientos que hay dentro de uno mismo, es lo más parecido a actuar sobre nuestras emociones.
El sentimiento es la etiqueta o la cara pública que forma parte de nuestras actitudes diarias, es la mascota domesticada. Por su parte, la emoción es el animal salvaje, la personalidad secreta del sentimiento, y aparece siempre que es necesario para la persona.

Tus emociones viajan contigo de la casa al trabajo, de ahí a la escuela, a las reuniones de amigos, al taller o a cualquier lugar que vayas. Cada emoción expresa una necesidad diferente, así que debes tener cuidado para que cada una salga en el lugar y con la persona indicada. Para eso es que viajan contigo y si las reprimes en el momento adecuado, se te escaparán en el más inoportuno. Tus emociones viajan siempre contigo, ten presente eso y dales su lugar.


Las emociones reprimidas y que solo pueden expresarse explotando violentamente, crean estados de ánimo restrictivos, es decir que te limitan en tu capacidad de reaccionar a la realidad (resentimiento, indignación, vergüenza, culpa). Las emociones que fluyen y se expresan en el momento y con la gente adecuada te conducen hacia estados de ánimo expansivos, es decir que amplían tu capacidad de hacer contacto con el presente y por ende, de desenvolverte adecuadamente aquí y ahora (paz, estabilidad, serenidad, orgullo, entusiasmo).


Son tuyas. Todas las emociones que viajan contigo son las mismas siempre. Lo que cambia es la manera en que permites que se expresen.

Hasta luego.

jueves, 1 de marzo de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 10


...para que descubras la magia de soñar tus propios sueños.

...para que te atrevas a dejar de querer ser como alguien más y comiences a tratar de ser un mejor tú.

miércoles, 28 de febrero de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 9


...para que recuperes tus propias metas y decidas el rumbo de tu vida de acuerdo a tus circunstancias, sin importar si se parece a otro o no.

martes, 27 de febrero de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 8


...para entender que todos somos únicos. 

...para saber que aunque todos compartimos las mismas emociones, sentimientos, actitudes y pensamientos, cada quien los utiliza de acuerdo a su personalidad y a sus circunstancias.

...para aceptar que las demás personas pueden reaccionar de una manera distinta que tú, ante un mismo hecho.

lunes, 26 de febrero de 2018

Pláticas para sentirte mejor (Invitación)

Te invito a participar en las pláticas semanales

PARA SENTIRTE MEJOR
Un espacio para detenerte y hacerte caso

Juntos vamos a desarrollar habilidades para manejar mejor tus emociones y sentimientos, mejorar tus relaciones interpersonales y tu autoconcepto, tocaremos aspectos sobre elevar la autoestima, interpretar los sueños, conocer y manejar nuestras emociones y sentimientos, manejar conflictos, superar las creencias limitantes, empatía, y otros, con un enfoque individual, social y espiritual

NO ES PSICOTERAPIA
ES UNA EXPERIENCIA TERAPÉUTICA SEMANAL

Cada sesión tiene una duración de 1 hora 30 minutos.

Se abrirán 2 grupos para que asistas de acuerdo a tu disposición de tiempo, con 2 horarios:

Miércoles a las 6:00 PM, o
Jueves a las 7:00 PM

Costo: $100.00 por sesión

Domicilio: Circuito el Huamúchil No. 157
Fracc. Residencial del Parque
(Sobre Av. Héroe de Nacozari, a espaladas del Parque Héroes)

¡INICIAMOS EL MIÉRCOLES 7 DE MARZO!

Aparta tu lugar: 449 118 5378 y 449 199 1934

CUPO LIMITADO


Date tiempo para ti: Hablemos de lo que te preocupa, lo que no te deja dormir, lo que te hace estar intranquilo, con ansiedad, con estrés, lo que te hace padecer tristeza. Y hablemos también de temas propositivos que nos hacen entendernos mejor a nosotros mismos y a los demás.

¿Psicología? ¿Para qué? 7


...para que vivas en paz contigo, valorándote, queriéndote y honrando tu historia personal.

domingo, 25 de febrero de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 6


...para convertirte en tu mejor amigo y apoyarte en vez de tratarte mal.

...para quererte y mejorar tu propia persona de manera realista y amorosa.

sábado, 24 de febrero de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 5


...para dejar de compararte con cualquier otra persona y hacer caso a tus necesidades y tus posibilidades.

...para valorar y atender tu vida sin envidiar la de otra persona.

viernes, 23 de febrero de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 4


...para dejar de proyectar en los demás lo que no te gusta de tu propia persona.

...para atreverte a corregir en ti aquello que criticas en la gente que conoces.

jueves, 22 de febrero de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 3


...para vivir en el presente, de acuerdo a tu edad y a tu situación actual.

...para reconciliarte con tu historia personal, tus experiencias, tus atinos y desatinos. Reconciliarte contigo y aceptar tu historia te libera de vivir comparando a tu presente con tu pasado.

miércoles, 21 de febrero de 2018

¿Psicología? ¿Para qué? 2


...para tener la seguridad de que si la persona que quieres ya no desea seguir avanzando por la vida contigo, no es obligatorio que te rechaces y te escapes de ti: puedes valorarte y aceptarte tal como eres en este momento. Tal vez termine tu relación de pareja, pero la relación contigo se puede fortalecer.

martes, 20 de febrero de 2018

lunes, 19 de febrero de 2018

Visita al niño interior (cuento)

"Let your children play..."
(Jim Morrison)


Apenas cerré los ojos me encontré ante un camino largo y sinuoso, muy iluminado en su interior pero fuera de él no podía ver nada, me imagino que al caminarlo iba recorriendo un campo abierto o tal vez un bosque, porque en ningún momento cruzamos con otro camino o calle. A pesar de que hacia afuera todo era oscuridad, me sentía en paz y me gustaba ver los colores cálidos sobre los que se desplazaban mis pies levantando algo de polvo rojizo, aunque no mucho, me daba la sensación de que había algunas ramas y árboles a ambos lados, pero no puedo asegurarlo. 


No sé en qué momento ni de dónde exactamente aparecieron más personas pero ya no iba solo, mis hermanos y hermanas avanzaban conmigo y platicaban cada quien de las cosas que le interesan, mi papá apareció también y enseguida pude ver a mis tíos, a mis sobrinos, a mi pareja y a mis hijos, a muchas personas que me han compartido su amistad y entre esa multitud distinguí a mi mamá, que dejó este mundo hace 10 años y aquí vino a hacer compañía junto a todos los demás. Algunos amigos y amigas que vienen a nuestro lado también murieron hace tiempo, no me había fijado en eso, pero ahorita eso no importa: todos vamos por el mismo camino y al parecer nos llevamos muy bien, porque todos platican y se escuchan con interés y simpatía.

En algún recoveco o curva el camino se ensanchó tanto que parecía un gran salón y ahí nos detuvimos, era un lugar muy iluminado y seguían predominando los colores claros y cálidos, mi piel tenía una sensación muy refrescante y me sentía feliz de estar aquí con toda la gente que quiero… De pronto se abrió una puerta, sorprendiéndonos tanto que se hizo un silencio gigantesco y pesado en el lugar, era la primera vez que veíamos algo fuera del camino y teníamos inquietud por lo que pasaría entonces, y lo que pasó fue que empezaron a entrar muchos niños y niñas pequeñitos, algunos apenas podían caminar y otros parecían de preescolar, pero todos lucían radiantes y contentos, hasta me pareció que el lugar estaba más iluminado con su presencia. Cada niño o niña buscaba a una persona de las que habían caminado conmigo hasta aquí y cuando la identificaba se paraba con mucha seguridad delante de su elegida o elegido, y ante mi sorpresa, ambos comenzaban a jugar con mucha, muchísima confianza. Todo era felicidad, risas, travesuras, juegos, pláticas, abrazos… en algunas caras se dejaban caer algunas lágrimas y yo creí entenderlo, pues a veces la felicidad nos desborda y se convierte en llanto de tanta emoción.


Pero en realidad no entendía nada, y solamente comencé a entender cuando un pequeñito disfrazado de soldado con chaqueta roja y un brillante peto dorado se paró frente a mí sonriendo y mirándome fijamente con sus ojitos un poco tristes… ¡era yo! Recuerdo muy bien ese disfraz de soldado, lo utilicé en tercero de preescolar para un festival con motivo de no sé qué festejo patrio y por ahí debo tener todavía una foto donde aparezco en posición de firmes tratando de aguantarme la risa, aunque no recuerdo si me daba risa de satisfacción o de nervios, porque me daba vergüenza seguir usando ese ridículo disfraz cuando ya se había terminado el evento. Mi yo pequeño me tomó de la mano y me invitó a sentarme con él a armar un rompecabezas, yo sé cuánto le gusta hacer eso, así que me dio mucho gusto acompañarlo y ayudarle a armarlo, mientras lo hacíamos me estuvo contando sus cosas de niño y reía sin mirarme mucho; yo sé lo tímido que es, así que no lo forcé a mirarme pero sí traté de hacerlo sentir en confianza. Me enternecía mucho ver a este pequeño ahí, frágil y sincero, jugando a hacerme caso y justo en ese momento entendí: cada uno de los que llegaron hasta aquí conmigo fue encontrado por su yo pequeño, por eso había tanta emoción en el ambiente.

Fue uno de los momentos más hermosos y agradables de mi vida, disfruté muchísimo jugar y estar con mi pequeño yo y a eso me dediqué mucho, mucho rato, no sabría decir cuánto, después mi niño y yo dedicamos otro momento bastante largo a observar a todos los demás y eso también fue una experiencia inolvidable y muy gozosa, pues cada uno se divierte a su manera y mientras lo hacen se olvidan de todos los demás, no sé si había más alegría en los rostros de los pequeños o en los adultos, pero todos estábamos felices y relajados. En algunos casos era muy fácil reconocer que tanto el adulto como el niño eran la misma persona, pues solo de verlos resultaba obvio el parecido en su físico y en sus actitudes, pero había muchos casos en que necesitaba poner más atención para descubrir el parecido, pues hasta los gestos y expresiones cotidianas del niño habían cambiado radicalmente en su versión adulta, ¡así de distanciadas están algunas personas adultas de su propia historia!


Lo importante es que ningún niño se quedó con ganas de reencontrarse con su etapa adulta, y cada uno pudo jugar con su otro yo. Brillando de alegría y contagiándome esa felicidad se acercó mi mamá y colocándose a mi lado me dijo con voz muy clara que así es como ella siempre nos vio a mis hermanos y a mí, y que aún ahora cada vez que nos recuerda lo hace de esta manera: mirando a sus hijos adultos que piensan mucho haciéndose los interesantes y al mismo tiempo a sus hijos pequeños llenos de curiosidad y espontaneidad. Ella prefiere nuestras versiones infantiles porque es más fácil creer en los niños que en las explicaciones rebuscadas de los adultos. Alguna fibra infantil debió tocar en mí mientras me decía todo esto, yo la escuchaba con la misma fascinación que despertaba en mí cuando era niño y me acercaba a ella buscando respuestas y explicaciones. Este día fue mágico porque volví a entrar al refugio que solo ella sabe crear con su amor y sencillez. Mi pequeña mamá también transmite una sensación de paz y alegría mientras me mira con sus ojos grandes y brillantes envueltos en su cabellera china y esponjada, es una niña juguetona, curiosa, bonita y discreta… Nunca me imaginé ver a mi mamá de pequeña, pero se ven felices estando juntas las dos y eso a mí también me hace feliz.

Se escuchó un ruido fuerte aunque no ensordecedor, fue de corta duración y en ese momento todos los pequeños y pequeñas se encaminaron de regreso a la puerta abierta y aunque no entraron, nos hicieron entender que ya se había acabado la hora de jugar, de estar con ellos. Todos nos sentimos desalentados y algunos de nosotros tratamos de seguir con los niños y hasta los invitamos a irse con nosotros. Yo, por ejemplo, trataba de convencer a mi niño de que me acompañara diciéndole que lo iba a cuidar muy bien y que le haría caso todos los días. Pero él ya no me habló, solamente me señaló hacia su pie y entonces vi que estaba atrapado: tenía una larga cadena que rodeaba su pie y llegaba hasta allá adentro, más allá de lo que se alcanzaba a ver detrás de esa puerta. Me asusté y me recorrí un poco hacia atrás sintiendo una especie de escalofrío, entonces vi que todos los niños y niñas estaban encadenados igual que el mío y que todos los adultos estábamos confundidos, mirando a nuestro yo infantil con ojos de tristeza, miedo, sorpresa, incredulidad y no sé qué tantas emociones más…


Creo que a todos nos dio miedo terminar encadenados aquí igual que nuestros niños y niñas, y no alcanzamos a reaccionar cuando ellos comenzaron a encaminarse hacia adentro de aquella puerta misteriosa, todavía volteando hacia nosotros y regalándonos esas encantadoras sonrisas que cada uno de nosotros sabía reconocer. Sonriendo se volvieron a perder en la orilla del camino que volvió a ser pura oscuridad y entonces, a pesar de estar rodeado de toda la gente que quiero, percibí una profunda soledad en todos los que ahí estábamos.

Cuando quise seguir avanzando me di cuenta que el camino llegaba hasta aquí y la única forma de seguir caminando era regresar por donde habíamos entrado, y eso hicimos, siguiendo el sendero de cálida luz. El ambiente era distinto, un tanto confuso, fue muy hermoso encontrar a esas pequeñas criaturas que cada uno de nosotros conoce tan bien, y fue impactante saber que están presas ¿Dónde? ¿En la memoria? ¿En el olvido? ¿En lo que quisiéramos que hubiera sido? ¿En nuestro miedo a crecer?


Pensando en esto seguí caminando y casi al terminar de recorrer el camino de regreso me di cuenta que ya no estaba con nosotros mi mamá ni mis demás amigos y familiares que han dejado este mundo, ¿dónde habrán quedado? Hace ya varios días de este viaje y aún tengo varias dudas, pero también una certeza: Voy a ir más seguido a ver a mi niño, tal vez en una de esas visitas encontremos la forma de quitarle las cadenas.

Hasta luego.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Yiyo está en el orfanato (Cuento)

"...le encantaba sentir que le ayudaban por el puro gusto de ayudar..."
(hemebe)

Yiyo se sienta en una banquita a la sombra de un árbol viendo cómo llegan los papás y los tíos para llevarse a sus niños. Regados en las demás bancas y en los pasillos hay muchos niños más, todos muy limpios y arreglados para salir, hoy no se ve a ningún pequeño jugando ni corriendo, porque tienen miedo de ensuciarse. Es el fin de semana en que los papás o familiares pueden venir a ver a su niño y algunos de estos hasta pueden salir e irse a pasar unos días en casa para regresar el lunes todavía con su carita de ilusión a platicar, casi presumir, su aventura fuera del orfanato. Algunos otros no salen pero ven a su familia y pasan con ellos la tarde.

Yiyo mira el desfile de adultos que salen con un niño de la mano mientras la tarde se va y después él también se va pero hacia adentro pensando que no importa tanto, porque al cabo que siempre se queda algún otro niño y tienen todos los juegos para ellos solos. Esta vez se quedaron 3 niños, con él ya son 4 y más tarde, cuando se hayan apagado las luces, se juntarán en el dormitorio a platicar sus cosas en voz baja como cómplices que son, porque esa noche los cuatro son “quedados”.

Al siguiente lunes me platica cómo estuvo su fin de semana, como hace siempre, y lo que más me gusta es que siempre que me cuenta cómo estuvo su tarde del viernes esperando ver llegar a su tía, se le iluminan los ojitos y sonríe con mucha alegría diciendo “¡Esta vez casi llegó! De veras, algo le pasó y no pudo, pero casi llegó…”.

Yiyo tiene un álbum de fotos muy bien cuidado, de todas sus páginas, las primeras 4 lo muestran como bebé rodeado de otras caras sonrientes en una casa muy iluminada, “Ella es mi mamá y el de la camisa azul es mi papá” dice, “yo no los conocí, cuando mi mamá murió mi papá se fue a trabajar bien duro para mantenerme, que porque un hombre no puede criar solo a un niño. Y se fue”. En otra foto una chica lo tiene abrazado, “es mi tía, es hermana de mi mamá y con ella estuve hasta que cumplí 6 años… es muy buena y me trataba muy bien”.

Luego se acaba el recreo y regresamos al salón, a las clases. En el salón casi no platico con él, me junto con Juan y Francisco el “Gringo”, que le dicen así porque tiene los ojos azules. Nos conocemos desde hace mucho tiempo porque somos vecinos. Nosotros no vivimos aquí, solamente nos dejan venir a la escuela y cuando terminan las clases nos vamos a la casa a comer y a hacer otras cosas. Es lo normal. Salimos y nos vamos, caminamos media hora o más hasta que cada quién se queda en su casa. Yiyo siempre se queda en el orfanato porque ahí vive, esa es su casa.

Un día, cuando mi hermana me estaba ayudando a hacer la tarea, le conté que existía Yiyo y que vivía en el orfanato y también le dije que él siempre esperaba que su tía fuera a verlo y que hasta ahorita nunca había ido por él, ni siquiera a visitarlo. Mi hermana no me quería creer, pero cuando vio que era cierto me dio un paquetito de dulces de los que mi mamá vendía en su fonda y me encargó que se los diera a Yiyo. Al otro día, en el recreo le di sus dulces y Yiyo nada más se comió uno y guardó todos los demás, ¡ni siquiera me convidó uno!

Otro día Yiyo me preguntó por mi hermana y yo le pregunté que cuál hermana porque tengo tres. A Yiyo le dio mucho gusto saber que yo tenía más hermanas y me preguntó que si todas eran iguales a la que le dio los dulces. Después de pensarlo un rato no encontré mucha diferencia entre mis hermanas y le dije que sí, que eran iguales. Les mandó saludos a todas y me dijo que le gustaría conocerlas. Cuando le conté a mi hermana, ella me prestó un álbum de fotos que todavía no estaba lleno y me dijo que se lo mostrara pero con mucho cuidado de no perder ni una foto ¡y que no se diera cuenta mi mamá! Al siguiente día nos pasamos todo el recreo viendo el álbum. Mi familia es grande, en las fotos donde estamos todos los hermanos y hermanas parece que ahí está una pandilla completa y eso era algo que Yiyo no podía entender. Decía que yo debería ser muy feliz con tanta gente de mi propia familia alrededor. Y yo pensaba que “Pues sí, claro. ¿Por qué se le ocurren esas cosas?”

Una tarde Yiyo nos alcanzó cuando iba con mis amigos a la puerta de salida y me preguntó si lo podía llevar conmigo. No le vi mayor problema y le pedí que nos acompañara, pero él me recordó que era interno y no podía salir más que acompañado de un adulto de su familia y con autorización del director, “¿Y entonces? ¿Qué hacemos?”. Yiyo ya tenía un plan, le pidió a Juan y al Gringo que se llevaran mi mochila y que se esperaran en la esquina del orfanato pero en la banqueta de enfrente, y a mí me pidió que lo acompañara porque sabía cómo salir a escondidas pero le daba miedo ir solo, así que me fui con él. El orfanato era un lugar muy grande, con unos campos llenos de pasto y árboles que me gustaban mucho; en un extremo de ese pedazo de campo estaba la escuela, la iglesia, el auditorio y los juegos, al otro lado del campo estaba el edificio de los dormitorios, a donde nunca me metí porque según lo que decían, si entrabas ahí te tenías que quedar a vivir con los niños internados, ¡no manchen! Eso me asustaba. Total que alrededor de todo el orfanato había una reja de alambre, y casi en la esquina opuesta al camino que nos llevaba a casa, había un agujero grandísimo disimulado con unos arbustos. Pasamos como si fuera una puerta, nos aseguramos que las plantas cubrieran ese pasadizo y comenzamos a correr a donde estaban Juan y Gringo esperándonos.

La primera vez que llegó Yiyo a la casa fue como una fiesta. Mis hermanas estaban preparando lonches de jamón, de salchicha, de huevo y de frijoles para vender a la hora de la cena, y le dieron a Yiyo el más grande y sabroso de todos, con su refresco ¡a mí no me dejaban tomar refresco entre semana! Pero ese día sí tomamos todos, y a cada hermano que iba entrando yo le decía “mira, él es Yiyo” y lo saludaban como si ya lo conocieran acariciándole los cachetes o diciéndole algo chistoso. Estábamos felices. A las siete Yiyo se levantó asustado y dijo que ya se tenía que ir porque a las 8:00 pasaban lista antes de cenar y el orfanato estaba muy lejos, le dije que yo lo acompañaba y mi hermano mayor decidió ayudarnos llevándonos en su bicicleta “¡qué lujo!” pensó Yiyo. Y todavía más, mi hermana salió con un muñeco grandote de “Topo Yiyo” que tenía desde hacía mucho tiempo y se lo regaló a Yiyo diciéndole “se parece a ti, llévatelo”. En la bici no tardamos mucho en llegar, Yiyo se metió corriendo y nosotros regresamos a casa callados pero contentos.

Esa fue la primera, después hubo muchas veces más. 2 o 3 veces por semana Yiyo llegaba conmigo a la casa y aunque no siempre le daban su lonche sí comíamos algo y jugábamos, pero lo que más le gustaba era sentarse a hacer la tarea porque mi hermana se sentaba con nosotros a ayudarnos. A Yiyo le encantaba sentir que le ayudaban por el puro gusto de ayudar. Los días que Yiyo iba a la casa mi hermano nos esperaba afuera de la escuela en su bici. Era un campeón de la bicicleta: llegó a pasear a 5 niños al mismo tiempo sin que ninguno se cayera, y sin cansarse.

Nunca nos visitó durante un fin de semana, los lunes yo le platicaba lo que habíamos hecho en mi casa o con mi abuelita y Yiyo se emocionaba como si hubiera estado ahí. De repente, muy de vez en cuando, me platicaba que su tía no había ido por él.

Sería mayo o junio, ya casi para terminar el año, cuando mi papá nos dijo que nos íbamos a cambiar de casa a una colonia alejada de nuestros rumbos y que íbamos a estar mejor. La idea no me entusiasmó mucho, ¿para qué cambiarnos de casa? Yo aquí vivía muy a gusto, tenía mis amigos, salía a jugar, iba a la escuela… ¿Qué me hacía falta? ¡Nada!

El siguiente domingo mi hermano mayor me pidió que lo acompañara y salí con él. Esta vez no fuimos en su bici, tomamos un camión y nos fuimos sentados. Yo casi nunca me subía a un camión porque no tenía ningún lugar a dónde ir, así que iba contento y emocionado, era como una aventura ir solo con mi hermano viendo las casas, los parques, los carros, la gente ¡esas ventanas parecían una tele! Se veía de todo asomándose por ellas. Al final nos bajamos frente a un parque muy grande y lleno de plantas y árboles. Me gustó y seguí a mi hermano caminando por fuera de este parque, lo fuimos rodeando y de pronto se detuvo y yo junto a él. Me mostró una casa blanca con adornos rojos y ventanas muy grandes y me dijo con orgullo “aquí vamos a vivir”. ¡Qué hermosa casa! Nada que ver con el techo de lámina y la sala con un gran hueco en vez de ventana que había en la casa donde estábamos viviendo todavía… ¡esta sí era una casa! Y con ese parque tan grande enfrente ya no hubo duda: era urgente mudarnos a esta casa.

Regresando a mi casa comenté con mis hermanos más chicos de la casa imaginándomela como un palacio por dentro, ya que solamente conocí la fachada. Mis hermanos más chicos estaban igual de emocionados que yo y los mayores, un poco más tranquilos, también estaban contentos porque ese cambio de casa significaba cambiar nuestra forma de vernos a nosotros mismos, aunque en ese momento no lo entendíamos así, simplemente nos gustaba y punto.

En el recreo del lunes siguiente Yiyo y yo estuvimos platicando, le platiqué muy gustoso acerca de la nueva casa. Esta vez yo era el que tenía los ojitos brillantes y la sonrisa con esa esperanza que dice “¡ya casi!”, estaba tan feliz que no me di cuenta que Yiyo nada más me escuchaba sin hablar ni decirme nada. Y aunque me hubiera dado cuenta creo que hubiera seguido diciéndole lo emocionado que estaba con ese cambio. Cuando se acabó el recreo, antes de regresar al salón, Yiyo se animó a preguntarme “¿y está lejos tu nueva casa?” “¡Huy, sí! Ni siquiera sé cómo llegar, pero ya que sepa te digo, ¿va?”. Yiyo no dijo nada, seguramente pensó “¿Para qué? Si está lejos no voy a alcanzar a ir y venir en el rato que puedo salirme en la tarde”.

Las semanas que faltaban para que terminara el año fueron muy raras, a mí me parecía que el tiempo avanzaba muy, muy lento y Yiyo al revés, decía que se le estaban yendo muy rápido los días. Iba más seguido a la casa, casi todos los días, pero ya no jugaba tanto como antes. Prefería platicar con nosotros, a veces con todos y a veces de a uno por uno. Mi mamá siempre estaba en la cocina y él se sentaba junto a ella a preguntarle cosas secretas de sus comidas, de su familia y de sus recuerdos. Cundo se arriesgaba más se quedaba casi hasta las ocho para platicar un rato con mi papá, y mi papá siempre tenía una palabra cariñosa para él. Después lo llevábamos al orfanato y él ya no corría hacia el comedor como antes, se quedaba parado muy serio viéndonos hasta que llegábamos a la esquina o hasta que los carros que pasaban por la calle nos impedían vernos. Lo queríamos.

Se acabó la escuela y dejé de ir, el orfanato daba vacaciones a los niños que tenían la suerte de ser recogidos por sus familias y a los externos como yo. De vez en cuando íbamos a ver a Yiyo, a veces nada más mi hermano mayor y yo, a veces con alguien más. En cada visita programábamos la siguiente porque en aquellos días no había celulares para ponernos de acuerdo desde lejos. Él también se escapaba cuando podía y llegaba de sorpresa a la casa, se quedaba un buen rato y después lo llevábamos. Mi casa se veía distinta, muchas cosas ya no estaban a la vista porque las teníamos guardadas en cajas de cartón y en bolsas muy grandes. Así estuvimos hasta que un día le avisamos que el viernes de esa semana nos mudaríamos. Yiyo se echó a llorar y se sentó en la sala hecho bolita, no supimos qué hacer y ahí lo dejamos hasta que mi mamá llegó y le ayudó a levantarse para llevarlo a la cocina y darle de cenar. Platicaron, hablaron mucho rato no sé de qué, ninguno de los dos me contó.

La siguiente vez que fue con nosotros Yiyo llevaba su álbum de fotos con sus 4 páginas llenas, se las enseñó a mi mamá y a todos, nosotros le mostramos fotos nuestras, lo dejamos escoger las que quisiera y lo vimos acomodar con mucho cuidado sus fotos en las hojas vacías. Cuando se fue ya tenía más de la mitad de su álbum llena de imágenes. También llevaba fotos de nuestra gata y del perro.

Yiyo dijo que ya no lo íbamos a ver, que no quería vernos partir. El viernes se quedó en el orfanato haciendo sus quehaceres y mirando las fotos de su álbum. Toda la mañana estuvo imaginando cómo estaríamos guardando nuestras cosas y dejando vacía la casa, eso lo ponía muy triste y aunque trataba de distraerse no podía dejar de preguntarse si nos estaríamos acordando de él.

Prácticamente no había nada en la casa, a mí me agarró un poquito de nostalgia cuando vi los cuartos solos de muebles y gente, pero antes de ponerme triste escuché a mis hermanos gritando muy contentos y saludando a Yiyo, que siempre sí se animó a venir, cuando me asomé afuera, mi papá lo estaba abrazando y Yiyo levantaba en su mano derecha el juguete de Topo Yiyo que le había regalado mi hermana aquel primer día que se vieron, después vi que también traía su álbum de fotos. Se quedó a ayudarnos mientras cada uno le escribía algo en su álbum y en su muñeco. Antes de irnos mi hermano iba a bajar su bici para llevarlo pero Yiyo no quiso, quería estar ahí cuando el camión de la mudanza saliera y se llevara a su familia amiga. Nos despedimos muchas veces, no podíamos terminar hasta que mi papá dijo muy serio que ya era la hora, así que nos dimos un abrazo y nos prometimos que nos volveríamos a ver.

Mi última imagen de Yiyo es la de un niño llorando de pie frente a la casa vacía, con un Topo Yiyo de juguete en una mano y un librito de fotos en la otra, no lo vimos moverse de ahí y durante el viaje íbamos tristes, pensando cómo estaría él en su camino de regreso al orfanato. Pero al llegar a la nueva casa se nos olvidó.

Por las noches a veces me ponía muy triste acordándome de Yiyo. Lo peor es que en la nueva casa también hubo otros cambios, por ejemplo mi hermano empezó a trabajar y no tenía tiempo para llevarme al orfanato. Empezó el cuarto año y entré a una escuela cerca de mi casa, ahí no había internos, todos los niños salíamos y nos íbamos cada quien con su familia gritando y jugando. Y eso me hacía acordarme más de Yiyo. Apenas entonces empecé a entender lo solo que él estaba allá internado, y me daban muchas ganas de ir a verlo. Pero no fui.

Habrían pasado 10 años tal vez cuando me detuvo a la salida de mi trabajo un chavo que estaba parado junto a su bicicleta y al verme me gritó por mi nombre, yo me sorprendí porque no lo reconocía aunque me veía con su cara sonriente, con barba y unos brillantes ojos azules, entonces se presentó todavía riendo “soy el Gringo, ya vi que no te acuerdas de mí”. ¡El Gringo! Uf, ¡cuánto tiempo y cuántos recuerdos!, me platicó que Yiyo siguió escapándose del orfanato durante un tiempo y llegaba a la casa abandonada donde antes viví con mi familia, que a veces él y Juan salían y estaban un rato con él y que después los desalojaron y derribaron las casas para hacer un centro comercial. Según él, si yo voy a ese centro debo ubicar la sección frutas y verduras, porque ahí es donde estaban nuestras casas. A partir de ahí le perdió la pista al Yiyo, pero me contó que hace 3 años empezó a trabajar y que se hizo el propósito de regalar algo a los niños del orfanato cada fin de año, para la Navidad, y desde el primer año volvió a encontrar a Yiyo ahí adentro.


No debe haber internos de 18 años o más, pues se supone que los preparan para que salgan a hacer su vida, pero en una de sus escapadas a Yiyo lo atropelló un carro en la Av. Tepeyac y le fue muy mal. Estuvo mucho tiempo en un hospital sin que nadie lo buscara, en el orfanato pensaron que se había escapado y no se imaginaban que se hubiera accidentado. Pero llegó un día en que pudo hablar y fue así como pudo regresar al orfanato, nada más que no puede caminar. Gringo se calló un momento, yo estaba sollozando y creo que le pareció prudente dejarme sacar eso antes de seguir. Después me dijo muy serio “Tiene su muñeco de Topo Yiyo y sus fotos en su cuarto, pregunta por ti cada vez que lo vemos, porque han ido otros amigos de nuestra generación. ¿Quieres ir a verlo?”. ¡Por supuesto que quería ir a verlo! Ahora no tenía la excusa de que no tenía quién me llevara, el tiempo me había enseñado a moverme solo y ahí estaba Gringo sonriente y diciendo con tranquilidad “La verdad es que Yiyo no quería salir de ahí, estaba muy a gusto como interno. Cuando quieras vamos, o vas tú solo. Yiyo está en el orfanato”.

Hasta luego.

En el presente

  Si buscamos la felicidad en el pasado el presente pierde sentido y el futuro asusta, la vida está en el presente. Es gratificante haber ...