"Tierra, agua, nubes, sol, niños, jóvenes, mujeres y hombres de todas las edades aparecemos cada día haciendo diferentes cosas, unos serios, otros tristes, enojados, alegres o concentrados, actuando nuestro papel en el escenario de la vida y aportando una minúscula parte a este gigantesco ser llamado humanidad, un ser tan grande que necesitamos alejarnos mucho para poder verlo completo, sin embargo nunca podremos verlo en toda su extensión: si nos alejamos demasiado solamente se aprecia el planeta Tierra flotando en el espacio, silencioso y aparentemente inmóvil."
Cada vez que nace un niño se vuelve a inventar el
mundo con un nuevo enfoque y otra visión, por eso siempre decimos que “cada
cabeza es un mundo”. Los niños crecen y mientras lo hacen conocen a la gente
con quien les tocó vivir; lo mejor es que al mismo tiempo comparan lo que
aprenden con todo lo que ya saben en su interior. Los adultos conocen primero
el llanto del niño y después su voz; los niños conocen antes las caricias y los
mimos de sus padres, y hasta que pasa un buen tiempo conocen en realidad su voz.
Sin embargo, todos empiezan conociendo el silencio, aunque después la mayoría
lo olvida.
Al principio siempre es el silencio y de ahí viene
todo lo humano... Del silencio nace la palabra y el murmullo y la música; del
silencio nacen los sueños, el gusto por ver y sentir y las ganas de hablar con
alguien; del silencio nace la verdadera comunicación, el diálogo interior y el
intento por conocer la vida sin hablar de ella, sin siquiera verla sino
simplemente estando en ella.
El silencio es el espacio y el momento para que cada
humano esté acompañado por su propia persona. Desde antes de nacer estamos
todos así; después cada uno va descubriendo ruidos, audios, nombres, sonidos y
con ellos encuentra las palabras para inventar un mundo que en toda una vida no
acabamos de descubrir.
Además, el silencio es la oportunidad de asomarnos al
vacío sin miedo, de no tener necesidad de hacer nada más que darnos cuenta de
que algo falta por hacer o por decir, solo cuando entramos y salimos del
silencio podemos descubrir ese algo y colocar, en el hueco justo, la palabra o
el hecho recién nacidos de esa nada, de ese vacío propio. No importa si alguien
más ha hecho o dicho lo mismo antes, lo importante es haberlo descubierto de
nuevo y saber que está creado al modo propio.
Esa es nuestra verdad, así la creamos, así va
naciendo. Algunas veces la verdad se trabaja, se pule, se cultiva y sobrevive
durante toda una existencia y más allá, en esos casos las verdades se convierten
en cimientos para que otros humanos sigan inventando el mundo; otras veces las
verdades se guardan como si fueran sagradas y ya no se trabajan, esas se van
oxidando hasta que ya no sirven y, si les va bien, se vuelven mitos. Las
verdades se vuelven falsas si no las actualizamos cada cierto tiempo.
Los humanos le hacemos caso al silencio y sentimos cuándo
es hora de regresar a nuestro interior para recrear nuestras verdades antiguas y
otras más recientes, puede ser que las más nuevas no parezcan tan creíbles pero
les damos el beneficio de la duda, así deben ser las verdades verdaderas.
Cuando los humanos entran a su silencio no importan
mucho las verdades de otros ni las propias, lo único real es el quieto mensaje
silente que siempre acompaña a cada uno, y que tiene la extraña cualidad de no
decir algo, simplemente nos ayuda a escuchar nuestro propio yo. Encontrarnos a
nosotros mismos. Buscar nuestra voz interior. Estas búsquedas son una aventura
que le da sentido a la vida, el motor que impulsa al mundo hacia adelante, y si
ponemos suficiente atención no encontramos una voz sino dos, tres y muchas más.
En cada ser humano hay también, por lo menos, un ángel
y un demonio que nos acompaña desde que nacemos y durante todo el camino de la
vida. Son testigos fieles de nuestros miedos y valores, de nuestros éxitos y
fracasos, conocen mejor que nadie nuestra forma de ser en el mundo que nosotros
mismos inventamos, también conocen el mundo que cada uno quisiera tener y
saben, sobre todo, los mundos que cada persona quiere evitar porque duelen.
Sabemos que algunos dolores se quitan al tocar su
fuente y que otros duelen más al hacer lo mismo, siempre se viven y no sirve de
nada razonarlos si no se sienten. Pero hay quien inventa su mundo con base en
el dolor creyendo que el sufrimiento forja a los grandes hombres; también hay
quien dedica su vida a ocultarse de las sensaciones dolorosas y cuando muere
dice que al fin inventó la felicidad, al final todos los humanos coincidimos en
querer ser felices al menos por un momento en la vida.
Lo realmente importante es que tanto el ángel como el
demonio que nos acompañan saben que mientras un niño crece puede conocer de
todo, incluido el dolor, pues él es simplemente una vía para apreciar el
bienestar, según lo invente cada quien. Cuando los niños crecen van conociendo,
viviendo e inventando más cosas. Sienten la superficie de los objetos que
forman el mundo y el contacto y el trato con la gente va despertando sus
emociones, sus sensaciones y su pasión. Con todo eso también inventan sus
verdades. Esta es una opción. También hay humanos que deciden vivir en la
mentira.
Para inventar una verdad hay que reconocer muchas
mentiras. Hacer una cosa es dejar de hacer todas las demás. Escoger a alguien o
a algo es desechar a todas las demás personas o cosas que pudieran estar ahí, a
nuestro alcance. Por eso es tan importante para cada humano saber inventar bien
la vida que quiere vivir. Por eso nuestros ángeles y demonios luchan desde lo
más profundo de nuestro interior por ser escuchados.
Aquellos que no aprenden a inventar su mundo terminan
creyendo que el mundo los inventó a ellos y pasan toda una vida tratando de
adaptarse a la gente, a las situaciones y a la vida porque viven pensando que
“así les tocó vivir”, sin llegar a enterarse de que todo lo que forma su
existencia no es más que su invención. Se puede vivir inventando la tristeza y el
conformismo sin siquiera darse cuenta.
También puede ser que el niño no aprenda a inventar.
Esto es más triste y más grave. Los humanos que no aprenden a crear se dedican
a destruir todo lo que pueden en un mundo que no alcanzan a comprender, que
sienten ajeno y, por lo tanto, se lo quieren adueñar para sentirse parte de él.
Son muchos los humanos que viven a la defensiva y en tensión simplemente por no
saber que se inventaron un mundo lleno de enemigos.
La muerte, el sufrimiento, la desolación, la
destrucción en todas sus formas, siempre están presentes en aquellos que no
saben crear. Es en verdad terrible lo que puede nacer de este tipo de personas
que, como ya sabemos, son bastantes en este planeta.
No saber, o no creer que uno mismo puede inventar una
buena vida es el mayor peligro que enfrenta nuestro planeta. La persona que no
sabe crear debe aprender a hacer algo, porque si no sólo podrá destruir los
sueños, los actos, las palabras, las vocaciones y el silencio de los demás. Las
personas que no saben inventar su vida le tienen miedo al silencio, a estar de
verdad con ellos mismos o con alguien más, tal vez por eso nunca se alcanzan a
conocer.
Pero los humanos tenemos un recurso renovable que nos
acompaña siempre: se llama amor. Al nacer, el bebé es recibido por un cuerpo
cálido y comienza a recibir cariño, caricias y muchas esperanzas, y automáticamente
empieza a descubrir el amor.
El amor es el mejor recurso de nuestra especie. Cada
vez que alguien reinventa el amor en un callejón, un edificio, una casucha, un
auto, una escuela, una casa, un parque o donde sea, el mundo se vuelve a mover.
Cada vez que alguien comparte su amor con otro alguien que también lo ha
reinventado, la vida se multiplica. El amor es uno de los pocos recursos que el
humano puede reinventar y regalar durante toda su vida, con la seguridad de que
siempre va a tener más para dar. Lo mejor de todo es que el amor no resulta de
la casualidad, el amor es una decisión.
Para nosotros todo viene del silencio, de la nada, del
simple hecho de estar con uno mismo y dejar entrar y salir a nuestros propios ángeles
y demonios. Más profundo entran al interior y más silencio tenemos, así encontramos
más vacío y tenemos más oportunidad para crear. Hay quienes vencen su propio
temor y llegan todavía más adentro, el vacío se vuelve enorme y el silencio
puede ser total. Sus cuerpos se vuelven entonces el mejor refugio para estar,
la mejor capilla para meditar. En ese momento aceptar el silencio, la nada, el
vacío, hará que nazcan las mejores creaciones del mundo, porque no hay nada que
obstruya los mensajes de su interior.
Así es como inventamos la paz. Así es como inventamos la unión con los demás. Así también es como inventamos el amor. Todo lo bueno de la vida está dentro de cada ser; quienes lo saben, entran en ellos mismos para sacarlo, para inventarlo y reinventarlo. Lo único que nadie inventa es el silencio, porque desde el principio estaba ahí.
Hasta luego.